La victoria que Putin nunca podrá arrebatarnos
La guerra que se suponía terminaría en unas semanas celebra esta semana su cuarto aniversario. 1.461 días que nadie calculó, porque nadie pudo adivinar la resistencia de un pueblo que el mundo daba por perdido, ni la revolución silenciosa de un nuevo modelo de guerra con drones que equiparaba a los débiles con los fuertesy tampoco la solidaridad de un continente europeo que muchos creían incapaz de actuar con unidad, pero que demostró tal firmeza que ha dado la victoria moral a Occidente. Putin contaba con una victoria rápida. Pero chocó contra el muro de la Unión Europea.
Cuatro años después, el tirano del Kremlin ha encontrado una posición relativamente cómoda en el conflicto. El descrédito de la pérdida de vidas y apoyado económicamente por China, Putin ahora tiene tiempo. La batalla por Ucrania –que es también la batalla por la libertad– ha entrado en una nueva fase de resistencia en la que las trincheras ahora son tanto militares como mentales. Y ese tiempo es lo que le permite a Putin alimentar su narrativa imperialista, confiando en que Europa se desintegrará internamente ante su propio ejército. Pero comete el mismo error de cálculo que cometió en febrero de 2022 cuando invadió Ucrania: confundir resistencia con rendición.
Porque Europa ha entendido desde el primer minuto que esta guerra no es un conflicto lejano: es la antesala de lo que puede ocurrir en suelo europeo si la agresión queda impune. Y de esa conciencia ha nacido algo que muy pocos esperaban: una Unión Europea que no sólo ayuda, sino que se transforma. Los 19 paquetes de sanciones contra Moscú, el congelamiento de activos rusos y una ayuda militar y humanitaria a Kiev mayor que la de Estados Unidos —a pesar de toda la desinformación— son sólo la parte visible. La parte menos cubierta, pero igualmente decisiva, es que la Unión ha reformulado sus propios mecanismos internos para que los vetos nacionales interesados no paralicen la acción común en materias críticas como la seguridad y la defensa. Si Orbán o Fico anteponen sus intereses económicos a la seguridad colectiva, la Unión ya no detendrá su estrategia. Todo bloqueo interno es oxígeno para Moscú. Y Europa ha aprendido esa lección.
Pero si algo está inclinando la balanza es que la respuesta de Europa no ha sido sólo política. Ha sido moral. Y eso es lo que obliga a que la paz que surja de este conflicto se construya en un contexto geopolítico radicalmente nuevo y sea justa y duradera. La invasión rusa no sólo violó una frontera: destruyó el Acta de Helsinki de 1975 que también firmó Moscú, y con ella el sistema de garantías en el que se basaba el orden europeo desde el fin de la Guerra Fría. La firma de Rusia ya no tiene valor, ni legal ni político. Y ahora, violando el derecho internacional, ha caído en su propia trampa, condicionando cualquier resolución de paz, ya que ninguna frontera nacida de una agresión puede ser reconocida como legítima y ningún acuerdo tendrá valor definitivo. En resumen: ya nadie creerá en Rusia. Nadie confiará jamás en Putin.
En Ucrania, Rusia no sólo quería invadir un país. Quería destruir el derecho internacional, la democracia como modelo y la autonomía de Europa como actor global. Pero Europa ahora está dispuesta a condicionar una solución justa para Kiev y con Kiev. No nos rendiremos. Nunca nos rendiremos ante la tiranía. Este continente llega al quinto año de guerra más cohesionado, más decidido y con una claridad de valores que no exhibía con tanta fuerza desde hacía décadas. Eso es lo que nos ha enseñado esta invasión: la certeza de quiénes somos y qué estamos dispuestos a defender.
El camino hacia la paz seguirá siendo largo y difícil. Pero Europa llega a esta fase de la guerra habiendo demostrado algo que nadie podrá borrar jamás: que su autoridad moral no es retórica. es real. Y esa autoridad, construida día a día durante cuatro años de guerra, es lo único que puede garantizar una paz que no sea simplemente un armisticio con fecha de caducidad. Ucrania resistió. Respondimos. Y juntos hemos escrito algo que ninguna mesa de negociación puede deshacer: que la libertad no se puede defender sólo con armas. Se defiende, sobre todo, con la firmeza de quien sabe por qué lucha. Ésa es la lección de estos 1.461 días. Y es también nuestra victoria como europeos.
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