¿Las ONG de Asturias, agentes sociales de verdad?
En la presentación del estudio sobre la situación del Tercer Sector de Acción Social en Asturias se dijo algo que pasó casi desapercibido. Cuando se pregunta por el “tercer sector”, no pocos creen que se habla del sector servicios. Puede parecer una anécdota. No lo es. Es un síntoma.
[–>[–>[–>Porque si una parte de la ciudadanía confunde sociedad civil organizada con una categoría económica neutra, algo hemos dejado de explicar bien. O quizá algo hemos permitido que se desplace. Las organizaciones sociales no son una pieza más del engranaje productivo. Son sociedad organizada, ética en acción y ciudadanía que no delega su responsabilidad.
[–> [–>[–>Quiero afirmarlo con serenidad y convicción. Creo profundamente en las organizaciones sociales de Asturias. No es una opinión: es experiencia. Las conozco desde dentro. Las he visto sostener realidades complejas con profesionalidad, con presencia territorial y con una humanidad poco frecuente. Son eficaces. Son cercanas. Son valientes.
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Y sí, además, son extraordinariamente eficientes en términos económicos. Tan eficientes que, vistas solo desde una lógica de coste, podrían parecer un “chollo”. Y ahí empieza el problema. Porque tratar a las organizaciones sociales como soluciones baratas para problemas estructurales no es un elogio. Es una forma de injusticia.
[–>[–>[–>Las organizaciones sociales no son necesarias porque funcionen bien, ni porque pongan corazón, ni siquiera porque sean eficientes. Todo eso es cierto, pero no es lo esencial. Son necesarias porque sostienen algo que ninguna administración puede producir por decreto: tejido comunitario y libertad organizada.
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Una sociedad civil débil no es solo un problema organizativo. Es un problema democrático. Cuando las organizaciones sociales no son fuertes, la ciudadanía se vuelve más dependiente, más administrable y más vulnerable a la tutela del poder.
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[–>Aquí aparece la cuestión decisiva. ¿Qué ocurre cuando estas organizaciones sobreviven en precariedad permanente? ¿Cuando la urgencia sustituye a la estrategia y la fragmentación impide la cooperación? Ocurre algo inquietante. Dejan de incomodar y se vuelven gestionables. Dejan de ser actores sociales y pasan a ser ejecutores.
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Y ahí está la línea roja.
[–>[–>[–>Las ONG no están para hacer la política social. Para eso existen estructuras democráticas. Pero sí están —y deben estar— para hacer incidencia, formular propuestas, señalar límites y ofrecer alternativas. Su legitimidad no nace de la obediencia, sino de su identidad.
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Cuando una entidad sustituye su ética por marketing, cuando renuncia a la discrepancia para asegurar encargos, cuando se limita a ejecutar lo que otros diseñan, puede seguir funcionando. Pero deja de ser imprescindible. Se convierte en una subcontrata. En cambio, cuando una organización tiene discurso propio, cuando es capaz de cooperar sin dejar de incomodar, cuando combina lealtad institucional con pensamiento crítico, entonces sí: entonces es verdaderamente útil. No como ejecutora, sino como actor estratégico, generador de esperanza, de innovación y de comunidad.
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Y aquí conviene ser claros. Las organizaciones sociales no son empresas ni deben aspirar a serlo. Existen para cumplir una misión comunitaria. Si una organización hace lo que debe, con verdad y con rigor, y aun así no sobrevive, eso es triste. Pero no es indigno. Lo indigno es sobrevivir renunciando a la verdad. Porque entonces no solo se equivoca. Traiciona la confianza pública que la sostiene.
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Asturias tiene una red social poderosa y comprometida. Tiene una sociedad que la valora, al menos en el discurso, y un gobierno que camina —aunque despacio— en la buena dirección. La acción concertada, aún incipiente, es un camino iniciado que apunta bien: ofrece estabilidad, reconoce trayectorias y abre la puerta a una relación más madura entre lo público y lo social. No es una solución mágica, pero sí una vía correcta y posible.
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Los datos ayudan a mirar sin autoengaño. El Tercer Sector de Acción Social en Asturias representa aproximadamente el 1,15 % del PIB y unas 6.700 personas voluntarias organizadas (aproximadamente el 0,67 % de la población). Son cifras relevantes. Dignas. Que hablan bien de nuestra tierra.
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Pero comparar es aprender.
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Si miramos a Euskadi —con poco más del doble de población que Asturias— el sector alcanza el 2,4 % del PIB, y una base de 168.000 personas voluntarias (en torno al 7,6 % de la población). No estamos hablando de una sociedad de mayor virtud moral. Estamos hablando de una sociedad más estructurada comunitariamente.
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Y ahí está el punto.
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El voluntariado organizado no es solo ni principalmente ayuda. Es estructura. Amortigua las crisis, acompaña las dificultades y prepara el futuro. Que casi ocho de cada cien personas participen activamente en Euskadi, frente a menos de una en Asturias, obliga a una reflexión colectiva honesta.
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Nuestro reto no es la falta de valores. Es la debilidad de nuestra arquitectura comunitaria.
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Y aquí quiero ser claro. No se trata de mirarnos en otros espejos para imitarlos, sino de mirarnos en el nuestro y superarnos. Creo que podemos hacerlo. Pero lo decisivo no es poder. Es querer. Y querer implica asumir, como sociedad, que fortalecer nuestra estructura comunitaria no es opcional: es una responsabilidad histórica.
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Para exigir excelencia, innovación y valentía a las organizaciones sociales, primero debemos ofrecer condiciones estables, reconocimiento estratégico y espacios reales de cogobernanza operativa. No se puede pedir élite manteniendo precariedad.
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Las ONG no son el problema. Tampoco son la solución única. Son una de las herramientas más potentes que tiene una sociedad para no deshumanizarse, para no depender y para poder responder.
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Asturias tiene mimbres. Tiene historia, compromiso y talento. Ahora necesita decidir si quiere convertir todo eso en poder social organizado.
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La pregunta no es si nuestras ONG son valiosas. Lo son. La pregunta es si queremos que sean verdaderos agentes sociales… o solo ejecutores baratos de lo que otros deciden.
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Y esa, en el fondo, es una decisión colectiva.
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