Listas de faltosos
En las sextaferias, los faltosos son aquellos vecinos que no acuden a cumplir con sus obligaciones de trabajo comunitario. Y ni lo justifican, ni mandan a alguien en su nombre. Se ha ocupado de este tema una joven promesa del derecho asturiano, Marina Arias, al coronar con brillantez sus estudios de postgrado en la Universidad de Oviedo. La autora conoce al dedillo el funcionamiento de esta lista de faltosos, que el pedáneo se encarga de leer en público con ocasión de la cita convocada. Aunque haya una «sextaferia de faltosos» posterior para los que no acudieron a la primera, no es infrecuente la nueva ausencia de estos, lo que derivará el asunto a la imposición de multas u otras penalidades.
[–>[–>[–>En América, llaman faltosos a los que no tienen en regla los papeles de su coche, acumulan multas o no se personan en las mesas electorales con motivo de unos comicios. En ocasiones, he escuchado también ese término para referirse a los fichajes que fracasan estrepitosamente en el fútbol profesional, sobre todo de los que han costado un dineral y por hache o por be no dan la talla.
[–> [–>[–>Por faltosos nos referimos, asimismo, a aquellos que, como suelen decir mis hijos con más humanidad que los de mi generación, «tienen un problema». Un viejo amigo siempre me insistía que en su pueblo había mucha gente así porque el agua que pasaba por su saneamiento era «demasiado ferruginosa». Y me recordaba que una de las hipótesis de la caída de Roma era precisamente la contaminación por plomo de sus cañerías, lo que provocaría una pérdida de papeles colectiva en sus habitantes.
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Como se puede apreciar, el término admite una notable polisemia, lo que no impide ampliarla a otros ámbitos, como el político, aunque ligándola a la figura del derecho tradicional asturiano, a pesar de la eventual existencia de algunos ejemplos en las demás variantes citadas.
[–>[–>[–>Al igual que en la sextaferia, el faltoso político es aquel que, estando convocado para su trabajo en beneficio de la comunidad, ni está ni se le espera. Nótese que, en este supuesto, no hablamos de una ausencia física, sino de su parca o nula eficacia en tal labor. En esta categoría entran los que evitan ocuparse de lo que urge, prefiriendo dedicarse a otros menesteres. Estos son los que no hacen lo que tendrían que hacer, sino que prefieren perder miserablemente el tiempo propagando cortinas de humo o abusando de una puesta en escena que tantas veces parece dirigida a una sociedad poblada en su totalidad por menores de edad. Esta lista la engrosan los que no han hecho caso a Tarradellas cuando sentenció que «en política se puede hacer de todo, menos el ridículo». Son, en fin, los que anteponen su exposición permanente a los resultados concretos derivados de un esfuerzo discreto y riguroso.
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En el mundo rural acostumbran a detectar de lejos a los faltosos. Tanto a los que no están como a los que se les ve a leguas que solo aspiran a figurar. A aparentar que hacen. Y el mismo malestar provocan en política los que han sido elegidos para echar una mano en la cosa pública y gastan su tiempo en contarnos en directo cómo lo pasan o en compartirnos a todas horas por las redes sociales sus alegres cogitaciones mientras los asuntos importantes continúan donde los habíamos dejado.
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[–>Un pueblo sin faltosos está como los chorros del oro. Y una región o un país sin ellos, qué les voy a contar.
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