Los cuartos luminosos
Permitan hoy que salga por la tangente y explique la rareza de un titular que, de entrada, no conduce al territorio del comentario al uso en esta columna. Un cuarto luminoso es un recinto lleno de luz, un espacio gobernado por una luminosidad brillante y asombrosa. Tal es el Palacio de los Deportes de Oviedo, un lugar donde da gusto presenciar baloncesto. Jugar en el Palacio es como pasar de la oscura caverna de Platón (polideportivo de Pumarín) a la ilustrada claridad de la razón de Kant (sede actual del Oviedo Baloncesto). Como de la noche al día, pero sin cambiar de filosofía.
[–>[–>[–>Hay una segunda acepción del titular: el cuadro local se ha acostumbrado a sujetar los partidos durante tres cuartas partes de su desarrollo y se desata en los últimos diez minutos. El de ayer fue otro último cuarto luminoso, como días atrás en Melilla, en el que despachó a un equipo rocoso como Gipuzkoa, bien armado, que llegó con opciones hasta ese tramo final, en el que resultó aplastado sin piedad.
[–> [–>[–>Y aún cabría una tercera. En terminología militar se llama cuarto al tiempo que está de centinela cada uno de los miembros de la tropa. El cuarto luminoso, el vigilante siempre alerta, lo protagonizó esta vez Robert Cosialls, un jugador que, sin destacar en nada, lo hace bien todo. Ayer se hinchó a coger rebotes, varios de ellos de ataque… en el primoroso último cuarto.
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Y un último apunte: la defensa no se aprecia en los resúmenes y en los highlights, pero gana partidos. El equipo crece y sueña. ¡Ay, si hubiera aquí tantos cuartos (en la cartera) como en otros clubes de la categoría!
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