Los derechos humanos, para los culpables también
Marta Rodríguez es activista de Amnistía Internacional
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La Jornada Internacional de Ciudades por la vida, contra la pena de muerte se conmemoró en noviembre. Amnistía Internacional (AI) y, entre otros, los Ayuntamientos de Oviedo, Gijón y Avilés convocaron a la ciudadanía a concentraciones el sábado 29. AI se opone a la pena de muerte en todos los casos, ya que vulnera el más básico de los derechos humanos, el derecho a la vida, y constituye una sanción cruel y degradante. Todavía queda mucho camino por recorrer y las movilizaciones de la ciudadanía se muestran esenciales para que no se produzca una involución en conquistas ya asentadas en Europa y que pueda erradicarse en otras zonas donde continúa en vigor.
[–>[–>[–>Aunque resulta imposible desde estas líneas desgranar cada argumento abolicionista, sí remarcamos que los sistemas judiciales son imperfectos y pueden arrebatar la vida a inocentes. Muchas ejecuciones se consuman tras juicios con pruebas obtenidas bajo tortura o sin asistencia jurídica. Además, este castigo se usa con frecuencia contra las personas más vulnerables de la sociedad, incluidas las minorías étnicas y religiosas, los pobres, los menores de edad y las personas con discapacidad psíquica. También algunos gobiernos la utilizan para silenciar a sus oponentes o para castigar delitos como el tráfico de drogas. Por otro lado, tampoco se evidencia que se reduzca la criminalidad por su aplicación. En 2024, AI registró al menos 1.518 ejecuciones repartidas en 15 países, lo que supuso un incremento del 32% con respecto a 2023.
[–> [–>[–>Pero tal vez para entenderlo mejor, tengamos que humanizar las cifras y para eso, la propuesta de hoy, como un ejercicio de colegio, es la de volver los ojos al cine. Este medio resulta muy didáctico, ya que recrea situaciones que permiten ponerte en la piel de otro, que es de lo que se trata. Nos basta ver a Henry Fonda en la película «Falso culpable» para compartir su angustia ante una errónea acusación que lo lleva a la cárcel. También en «Doce hombres sin piedad» asistimos a un voluble jurado en su toma de decisiones de condenar a un hombre; observamos cómo los prejuicios raciales en «Matar a un ruiseñor» afloran en un proceso contra un joven afroamericano o presenciamos los trastornos psíquicos que se generan a los ejecutores en «El verdugo».
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Quizás si les ponemos rostro y nombre a los casos seamos capaces sentar los cimientos de sociedades más sanas, en las que no se normalicen las prácticas violentas de las instituciones hacia las personas. La Jornada de Ciudades por la vida contra la pena de muerte pretende ser un llamamiento al compromiso ciudadano y al afianzamiento de valores que permitan sustituir venganza por reparación y justicia.
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