Los límites del libre albedrío
Cuando John Knowles publicó su famoso libro en el que argumentaba que las enfermedades que asolaban a la sociedad de la segunda mitad del siglo XX se debían a las malas elecciones que realizaban las ciudadanos, subtituló su publicación «la responsabilidad del individuo». No en vano era el presidente de la Fundación Rockefeller, un templo del individualismo. Somo responsables de nuestras acciones y elecciones, aunque admite que hay que erradicar la pobreza, desempleo y la ignorancia. Pero no se preocupa de investigar cuáles son sus causas, como si ser pobre fuera consecuencia de elecciones o actitudes equivocadas, entre otras, la vagancia, un vicio que para la sociedad occidental está en la raíz de todos los males . Hay un aroma calvinista en esta percepción de la libertad individual. Realmente, está en casi todas la religiones. Uno se salva o se condena solo. Es como uno conduce su vida lo que determina si va a tener que reencarnarse una y otra vez. Unos pocos logran librarse. Entonces ya no necesitará aplacar esos deseos que lo arrastran cíclicamente a la tierra, a renacer para purgarlos y así encontrar el camino de la purificación. Gozamos de libre albedrío y esa es nuestra condena o nuestra salvación.
[–>[–>[–>En contraste con esa visión está la que argumenta que el código postal influye más que el código genético en la salud. Uno no elige de manera libre: el medio determina qué hacemos y cuándo lo hacemos. Facilita unos comportamientos y dificulta otros.
[–> [–>[–>Knowles, y muchos otros, estaba preocupado porque mientras la medicina era cada vez más técnica y científica, las enfermedades mortales, como el cáncer y la cardiopatía isquémica, eran inabordables. Entonces ya se había demostrado, con estudio que aún hoy son de referencia, que ciertos hábitos eran los responsables de la mayor parte de las enfermedades: beber, fumar, comer muchas grasas y azúcares refinados, no hacer ejercicio, ganar peso… ¿qué podía hacer la medicina? ¿Aconsejar?
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El consejo médico, bien estructurado puede ayudar al abandono del tabaco, a moderar el consumo de alcohol, puede mejorar la dieta, ayudar a controlar el peso y desde la consulta se puede promover el ejercicio. Las pruebas de su efectividad varían según cómo se realice, el tipo y situación clínica del paciente y el entorno. Pero más importante que esa estrategia de cambio individual es la que propone poner barreras a los comportamientos dañinos y ruedas a los beneficiosos. Y esa es una política de salud pública que compete a todos las instancias gubernamentales y a todos los niveles.
[–>[–>[–>Sabemos que la oferta de alimentos no es igual en los barrios pobres que en los ricos. La industria alimentaria ha desarrollado alimentos calóricamente muy densos, palatables, adictivos y baratos. Es buena parte de lo que llamamos comida basura. Se ha visto en repetidos estudios que en los barrios pobres abunda esta comida, paralelamente a un mayor índice de obesidad, diabetes, hipercolesterolemia e hipertensión. Mientras en los ricos la oferta principal es de comida saludable: cereales enteros, frutas y verduras. En esos barrios la obesidad está representada por los trabajadores que viajan desde los barrios pobres. Decía Vicente Navarro, un famoso profesor de salud pública en Johns Hopkins de Baltimore, que el hospital era como una plantación, no en vano estaba en el sur esclavista, que se nutría de trabajadores de los arrabales. Barrios donde la contaminación suele ser más alta, donde no abundan espacios verdes y los que hay están mal cuidados y pueden ser peligrosos, donde apenas hay otros alicientes que satisfacerse con un chute de azúcares y grasas, de nicotina, de alcohol o de otras drogas.
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Entonces, cuando Knowles escribía, los infartos de miocardio segaban la vida de los más ambiciosos ejecutivos. Era su estilo de vida. Basta ver «Mad men»: el alcohol y el tabaco ayudaba a soportar esa vida de permanente alerta y lucha. Cuando se supo que fumar era peligroso para la salud, fueron las clases educadas las que lo dejaron mientras los trabajadores, sometidos cada vez a más estrés, se refugiaban en esa droga que tiene la maravillosa capacidad de regular el ánimo, de ayudar a soportar la fatiga y a manejar la tensión nerviosa.
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[–>Claro que el individuo es responsable de las elecciones que hace. En el modelo epidemiológico agente-medio-huésped, el agente sería el tabaco, la comida basura, el sedentarismo etc. Si solo dependiera de las elecciones individuales, la exposición sería consecuencia de la acción libre del huésped: no hacer ejercicio, fumar, comer alimentos ultraprocesados, muy calóricos y cargados de azucares y grasas. Pero ese huésped no elige libremente, como no elegiría estar expuesto a agentes de enfermedad respiratorias si viviera hacinado en una habitación insalubre. Nadie lo culparía de sufrir una neumonía o una bronquitis. Se culparía al ambiente, al bombardeo de virus, bacterias y contaminantes respiratorios. Un bombardeo como el que recibe de la oferta de su entorno para elegir. Y no olvidemos que el ambiente en el que se crio conformó su cerebro y en su desarrollo se incrustaron hábitos y expectativas que moldean su capacidad de elección. Un huésped más o menos vulnerable dependiendo de su crianza; agentes que no se distribuyen igual y un medio que favorece o dificulta su acción.
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