Malditas sean las guerras
Me dan mucha envidia esas personas que lo tienen tan claro. Esos que dicen que ya era hora de que la tiranía del régimen islámico recibiera su merecido y que todos esos misiles que vemos caer sobre Teherán bien empleados están. O esos otros que sostienen que con violencia no, que con los ayatolás hay que conversar, convencerles de que están equivocados y de que tienen que dar libertad a su pueblo.
[–>[–>[–>Ante un acontecimiento tan terrible, como lo es una guerra, se nos exige que nos pronunciemos. Que nos decantemos hacia un contendiente o hacia su enemigo. «¿Tú con quién estás?». Como si fuera un juego de niños ante una confrontación deportiva: «¿Y tú con quién vas?». Tienes que elegir bando. No vale responder «con ninguno».
[–> [–>[–>Es muy fácil decir ahora, tantos años después, pronunciarse a favor de los aliados. Es muy fácil dejar al canciller Chamberlain como un cobarde por su política de apaciguamiento y por sus baldíos intentos de negociación cuando ya sabemos que terminaron en guerra. En cambio, no era tan fácil, en los años 70 y 80, tomar partido contra la revolución islámica. Hasta nos la tomábamos a broma. Cantábamos «Gran ganga, gran ganga, gran ganga… soy de Teherán» o «Ayatolá no me toques la pirola».
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Ahora nos encontramos con una disyuntiva especialmente difícil. Aquí el dilema no es si se está con Irán o se está con Estados Unidos. El dilema es si se es pro-Trump o anti-Trump. Al fin y al cabo, Trump es Occidente, cultura a la que queramos o no, pertenecemos o, por lo menos, nos resulta más próxima que la del islamismo radical.
[–>[–>[–>Pertenecemos a Europa, aunque últimamente no parece que nos sintamos muy ligados a sus decisiones. Europa tampoco parece tenerlo muy claro y, cada vez más, se demuestra como un actor insignificante en las grandes cuestiones mundiales. Se pone de perfil, dicen sus detractores. No les falta razón. No hay más que ver cómo está abandonando a Ucrania a su suerte.
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La eterna cuestión moral es si es lícito el uso de la fuerza. En suma, si hay guerras justas y guerras injustas. Para que una guerra sea justa, dice la tradición, ha de cumplir ciertos condicionantes: que la causa por la que se libra sea justa, por ejemplo la defensa propia o los motivos humanitarios; que sea declarada de acuerdo con la legislación internacional; que sea el último recurso; y que, además, tenga como finalidad última la paz.
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[–>Parece de justicia castigar a un régimen inhumano, que, solo en los últimos meses, ha asesinado a decenas de miles de sus ciudadanos. No parece, en cambio, que la orden de Trump de abrir fuego haya respetado los principios mínimos del derecho internacional. Ni cuenta con el visto bueno del Congreso de Estados Unidos y ni siquiera ha intentado el respaldo de Naciones Unidas. Sólo cuenta con el beneplácito de su aliado Netanyahu.
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No sabemos las verdaderas razones de la guerra. Es dudoso que el desafío nuclear iraní o las causas humanitarias hayan sido el motivo real. Todo lo que ocurre en Oriente Medio –ya pasó con las dos guerras del Golfo–, esconde oscuros motivos económicos, relacionados con el control del petróleo o de las rutas comerciales que unen oriente y occidente.
[–>[–>[–>Es muy fácil para nosotros, a miles de kilómetros de distancia y una vez comprobado el alcalde de los misiles iraníes, opinar sobre la guerra. Pero, en este mundo global, todas las guerras nos afectan. Y no solo por la que ya parece inevitable subida de precios.
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No recuerdo a quién se atribuye aquello de que las guerras se sabe exactamente cuándo comienzan, pero no cuándo y cómo terminan. En menos de una semana, el conflicto actual ha cambiado de forma radical. La postura que ayer parecía más razonable hoy resulta insostenible.
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Las guerras han acompañado al ser humano a lo largo de la historia. Son inevitables como las catástrofes naturales o las muertes. Por algo es uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Nadie expresó mejor la frustración que Julio Anguita, cuando le notificaron la muerte de su hijo periodista en Bagdad durante la invasión de Irak en 2003: «Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».
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