Más truhanes que señores
Donjuanes, casanovas, «latín lovers», «play boys», galanes, rompecorazones, ligones, calaveras y picaflores. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que atesorar conquistas sexuales, mejor a miles que a cientos, no estaba mal visto. Las familias advertían a sus hijas de los peligros de dejarse enredar por aquellos seductores, por aquello de la honra perdida y por no verlas sufrir en vano, pero, siempre que se mantuvieran en terreno ajeno, los conquistadores eran vistos, ahí es nada, con cierta admiración y envidia por sus congéneres. En cuanto a las mujeres, muchas admitían encontrar en ellos un libidinoso atractivo.
[–>[–>[–>Siempre caballerosos, envolventes, lobos camuflados entre las ovejas, tan encantadores, aduladores, ensimismados y despreocupados por las consecuencias de sus actos. Aman tanto a las mujeres, así, en plural, que no pueden querer solo a una. Eso dicen, así se excusan. Desafectos al compromiso, eternos adolescentes, caprichosos, siempre insatisfechos.
[–> [–>[–>Poco que envidiar a los donjuanes. El psicoanálisis y la psicología moderna se han interesado a menudo por una conducta que, si bien no puede ser descrita como un trastorno ni una patología, denota severos traumas, traumas que no disculpan el menosprecio y la crueldad ejercida sobre la víctimas.
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La psicología describe al donjuán como a un individuo que confunde amor con deseo, con una compulsión narcisista que le empuja a satisfacer ciertas carencias afectivas, con apego evitativo, incómodo en situaciones de intimidad y cuya autoestima, más endeble de lo que aparenta, se sostiene en el deseo ajeno. Le gusta gustar, se reafirma siendo admirado, y evita establecer vínculos profundos porque teme perder el control y le da pánico mostrarse tal cual es. Incapaz de entregarse.
[–>[–>[–>Otto Rank, estrecho colaborador de Sigmund Freud, sostenía que un donjuán no es tanto un libertino hedonista como una figura trágica, un personaje patético atrapado en una dinámica psicológica de afirmación y huida permanente, encadenado al deseo, eterno insatisfecho.
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Con todo y eso, a los donjuanes, ya sean empresarios de éxito, estrellas de la pantalla o de los escenario o políticos influyentes, se les reían las bravuconadas y las babosadas, incluso se les aplaudían públicamente las frecuentes salidas de tono. Envalentonados por la condescendencia y la estupidez general, estos tipos suelen acabar convertidos más en truhanes que en señores.
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