Me gustaría tener liquidez para coleccionar más arte
Carmen Thyssen apenas ha dormido este martes. Tenía que estar temprano en Barcelona, procedente de Andorra. Ha viajado en coche, porque, al no marearse, trabaja durante el trayecto y lee lo que cae en sus manos, catálogos de subastas incluidos. Los analiza con precisión y cálculo, como quien prepara una operación quirúrgica.
[–>[–>[–>La baronesa combina estos días los trabajos de su nuevo museo con la gestión de una colección que es un activo estratégico en el mercado del arte. Recibe a El Periódico de Catalunya en un paréntesis de una jornada en la que ha intentado comprar un cuadro de un pintor catalán. Si finalmente lo ha conseguido o no, continúa siendo un misterio. Como casi todo en una negociación que rara vez trasciende.
[–> [–>[–>-A pesar de la discreción que rodea a los grandes mecenas, usted suele aparecer entre los 50 mayores coleccionistas del mundo, junto a casas reales, fortunas familiares y empresas. Se le atribuyen obras valoradas en más de 1.000 millones de euros. ¿Cuántas piezas tiene su colección hoy?
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-Esto lo sabe mi sobrino, pero hablamos de 1.500, las más destacadas. En total, llegan a 4.000. La tengo gracias a que el dinero permite comprar obras maestras y a que mi marido, el barón Heinrich Thyssen (1921-2002), tuvo suerte. Porque los grandes coleccionistas nos arruinamos y lo seguiremos haciendo. Crees que, cuando por alguna razón un cuadro tiene calidad y te hace sentir algo especial, debes evitar que se pierda en un desván.
[–>[–>[–>-¿Recuerda cuál fue la primera obra que adquirió usted?
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-Compré varios cuadros americanos con Lex Barker, mi primer marido. Eran buenos, los entendíamos y nos hicimos con ellos para uso personal, decorativo, en nuestras casas. Pero la primera adquisición importante fue ya con Heinrich, en un viaje a Jamaica, donde él tenía una casa maravillosa a la que íbamos todos los años. Vi un catálogo pequeño, con fotos, que era como se hacían entonces. Me atrapó un cuadro que reproducía la luz del sol tal cual yo la recordaba de muy niña. Y lo compré. Luego supe que era de un americano muy bueno, al que llamaban el Murillo del siglo XIX. Era maravilloso. Todavía lo tengo.
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[–>«Los grandes coleccionistas nos arruinamos y lo seguiremos haciendo»
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-¿Y el último?
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-Esta misma tarde, espero. Participo en una puja y a ver si lo puedo comprar en directo. A veces voy a las subastas físicamente. No me gusta estar en la primera fila. Siempre pido un sitio más atrás para que no me vean levantando la mano. Pero no es fácil. Además, los autores internacionales están a unos precios inalcanzables y tampoco hay mucho cuadro bueno en el mercado. Hace tiempo que no veo una obra y pienso que no la puede tener otra persona que no sea yo. En todo caso, me fijo más en arte español.
[–>[–>[–>-Habla usted de los precios. ¿Cómo sabe cuándo acierta con el importe de la compra?
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-Nunca sabes el precio justo. Cuando el cuadro es bueno, nunca lo hay. Pero tienes que escuchar a tu bolsillo. A mí me gustaría tener más liquidez para poder coleccionar más arte. Pero hay que ser serio con lo que puedes gastarte. Es cierto que a veces dejas pasar algunos y luego te arrepientes de no haberlos adquirido, porque además el dinero se deprecia tanto. Eso ocurre sobre todo cuando piensas que el cuadro que te ha atrapado no suele aparecer otra vez para la compra. Luego puedes encontrártelo colgado en un museo y te quedas…
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«Tienes que escuchar a tu bolsillo. Hay que ser serio con lo que puedes gastarte en un cuadro»
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-También ha tenido que desprenderse de algunas obras por necesidades de liquidez. ¿Duele? ¿Prevé volver a hacerlo?
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-Sí, lo he hecho y me ha sabido muy mal. No contemplo repetirlo más. Nadie quiere, de hecho. Es, quizá, la diferencia entre el coleccionista y el inversor. Yo jamás he comprado una pieza como una inversión, aunque sí veo que algunos cuadros pueden revalorizarse con el tiempo.
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-Forbes le atribuye un patrimonio de 1.500 millones. ¿Cuenta usted el dinero que tiene?
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-No, nunca lo he hecho. Y me han querido comprar mi colección entera varias veces. Jamás se me ha pasado por la cabeza, porque, además, pienso que soy eterna. A ello hay que añadir que, si me deshiciera de ella de golpe, como intentaron algunos herederos de mi marido en el pasado, el valor de la colección se desplomaría al poner tanta obra buena de golpe en el mercado.
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«Me han querido comprar mi colección varias veces. Pero nunca se me ha pasado por la cabeza vender»
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-¿Le preocupa su legado y lo que suceda con la colección cuando ya no esté?
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-Mira, mi marido se pasó la vida haciendo testamentos desde que era muy joven. Pues a mí me ha pasado lo mismo. Sin entrar en interioridades, te diré que estoy atenta para que las cosas estén en orden. Soy bastante seria y responsable con eso.
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-¿Qué le diría a sus herederos si quisieran vender?
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-Yo les aconsejo que, con papeles y documentos en regla, por lo menos tarden unos 20 o 30 años en vender. Para que se den cuenta de lo que tienen hecho.
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«Mi marido se pasó la vida haciendo testamentos»
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-Dicen que usted pinta cuadros, que lo hacía con su hermano pequeño y con el barón en Jamaica.
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-Me encanta pintar y dibujar. Es algo que aconsejo a todo el mundo, lo haga bien o mal. Yo soy autodidacta. Churchill ya viajaba con sus lápices y acuarelas. Cuando lo haces, te olvidas de todo. Es maravilloso y me hace feliz. Tengo unos 30 cuadros.
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