Microbiota, el ejército invisible que te defiende desde dentro
La española María Branyas falleció el 9 de agosto de 2024 a la edad de 117 años. Tuvo el honor de ser la mujer más anciana del mundo y vivió más de un siglo sin enfermedades y con la mente despejada. Además de … Genéticamente privilegiada, tenía una microbiota “excepcional”, propia de una niña, que la protegía de enfermedades. Así quedó reflejado en el estudio internacional liderado por Manuel Esteller, una de las principales autoridades mundiales en epigenética, que profundizó en los genes de la supercentenaria para descubrir el secreto de su envejecimiento saludable.
La microbiota es un conjunto de microorganismos (bacterias, hongos y virus) que se encuentran en diferentes partes de nuestro cuerpo, pero donde más abundan es al final del intestino, en el colon. No todas las bacterias, virus y hongos son enemigos. Miles de millones de estos pequeños seres viven dentro de nosotros como un ejército invisible que nos protege. «En nuestro cuerpo hay más microorganismos que células humanas. Podemos decir que hay una simbiosis entre todos estos microorganismos distribuidos por nuestro cuerpo y nuestro propio organismo. «Ellos pueden sobrevivir gracias a nosotros y nosotros sobrevivimos gracias a ellos», explica a ABC Rafael Valdés, investigador principal del grupo de Microbioma y Fisiología Clínica de la Universidad del Cima de Navarra.
No es estático. Es una población viva. Millones de microbios evolucionan constantemente en función de lo que comemos. “Hay bacterias a las que les gustan unos nutrientes u otros y producen diferentes moléculas. Estas moléculas las absorbemos y pueden llegar a cualquier parte del cuerpo (cerebro, hígado, corazón, etc.). Estos metabolitos llegan al torrente sanguíneo y afectan el proceso que se lleva a cabo en zonas que nunca hubiéramos pensado, como el cerebro”, explica el Dr. Valdés. Y eso es lo que muestra la evidencia. El experto recuerda un artículo científico publicado en la revista “Nature” en el que investigadores comprobaron en ratones que la disbiosis (desequilibrio) de la microbiota puede favorecer un deterioro cognitivo más acelerado. conexión intestino-cerebro“, dijo.
La microbiota no es un simple pasajero, es imprescindible, y donde cobra más importancia es en el sistema inmunológico. “Nuestras defensas se entrenan gracias a la microbiotaque interactúa con el sistema inmunológico. Lo entrena, poniéndolo en forma. Esto significa que una microbiota sana ayuda a que nuestro sistema inmunológico esté mejor preparado”, explica el experto.
Pero así como nos protege, nos influye negativamente cuando está desequilibrado. El doctor Valdés recuerda otros estudios en los que encontraron que determinadas especies de la microbiota, como la Escherichia Coli, dependiendo de lo que comemos, son capaces de producir una genotoxina llamada colibactina, que induce daño genético en nuestro tejido intestinal. Si se acumulan, pueden aumentar el riesgo de cáncer de colon a largo plazo. Para evitarlo, “podríamos desarrollar una terapia con fagos (utilizando virus llamados bacteriófagos para destruir las bacterias patógenas) que ataque sólo a estas bacterias y deje sanas al resto porque la microbiota no se puede perder, esa es la clave”, sugiere el experto del Cima.
Precisamente este tipo de terapia dirigida se está probando en ratones, en los que se induce una inflamación intestinal imitando la producida por la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa en humanos. Se ha observado que en estas patologías, cepas de la bacteria proinflamatoria Klebsiella pneumoniae proliferan de forma anormal en el intestino. “Gracias a ello hemos desarrollado una nueva terapia basada en bacteriófagos y al administrarlos a un ratón con esta bacteria proinflamatoria conseguimos eliminarla, reduciendo así la inflamación intestinal”, recuerda. Su seguridad ya ha sido demostrada en humanos y actualmente se están realizando ensayos clínicos para comprobar su eficacia.
El creciente número de diagnósticos de enfermedades inflamatorias intestinales no es una coincidencia. «Esto demuestra que el factor ambiental puede tener un impacto en la microbiota. Si fuera solo nuestra genética, no podríamos ver un aumento tan rápido en la proporción de pacientes. Lo que ha sucedido en los últimos 100 años es que hemos cambiado mucho en la forma en que consumimos alimentos, hay más diversidad de alimentos que pueden afectar la composición de la microbiota. Lo que estamos tratando de ver es cómo el cambio de nuestra dieta cambia la microbiota y su interacción con nuestro sistema inmunológico», dijo el Dr. Chaysavanh. Manichanh, jefe del grupo de investigación en microbioma del VHIR e investigador del CIBER Enfermedades Digestivas y Hepáticas (CIBEREHD), explica a ABC, recordando que también pueden influir otros factores como el estilo de vida, el tabaquismo o la exposición a sustancias químicas.
El grupo que lidera llevó a cabo un estudio sobre la microbiota de la población española, con miles de participantes, y descubrió que lo que realmente cambia su composición o diversidad son las frutas y verduras, que contienen fibra que luego es metabolizada por las bacterias intestinales.
Longevidad
Si una microbiota sana nos protege de las enfermedades, ¿podría ser entonces la clave para la longevidad? El Dr. Valdés estudió, en colaboración con el célebre bioquímico Carlos López Otín, la microbiota de personas y ratones con progeria, centenarios sanos e individuos control para compararlos. Descubrieron que los pacientes con progeria carecían de la bacteria beneficiosa Akkermansia muciniphila, mientras que los centenarios conservaban signos de esta especie. «A los ratones les dimos Akkermansia progeria y pudimos prolongar significativamente su vida útil. Esta bacteria puede favorecer procesos fisiológicos que favorecen un envejecimiento un poco más saludable», subraya.
La alimentación no es el único factor que influye, pero sí uno de los más importantes desde que nacemos. Se sabe que la lactancia materna ayuda a establecer una microbiota saludable. Luego, para seguir cuidándolo, los expertos recomiendan la dieta mediterránea. “Todo lo ultraprocesado, enriquecido con grasas y azúcares, degenera la microbiota”, advierte el doctor Valdés, quien alerta de que no existen superalimentos, ni siquiera probióticos, que compensen un mal estilo de vida. No sólo lo que comemos, sino también el estrés, el ejercicio y el sueño son factores clave.
Los probióticos son microorganismos vivos específicos, que se encuentran naturalmente en alimentos fermentados como yogur, kéfir, chucrut, kimchi o miso. También se pueden adquirir en cápsulas.
Si bien una recomendación tradicional para evitar el impacto del consumo de antibióticos en la microbiota es la suplementación con probióticos, dos estudios en los que participó el doctor Rafael Valdés, uno publicado en “Nature Microbiology” y otro en “Cell”, ponen en duda este procedimiento. «Estamos comparando tres escenarios: recuperación espontánea, trasplante de microbiota sana del mismo individuo y uso de probióticos. Y vimos que la opción más eficaz era el trasplante de la propia microbiota, seguido de la curación espontánea. Por otro lado, los probióticos han retrasado considerablemente la recuperación de la microbiota original porque se genera competencia interna para recolonizar este terreno», explica el investigador de la Universidad Cima de Navarra. Para este experto, los prebióticos (un tipo de fibra presente en los alimentos vegetales, que actúa como «alimento» para las bacterias beneficiosas) son más recomendables para repoblar la microbiota.
Si tuviera que dar consejos dietéticos para una microbiota saludable, la Dra. Chaysavanh Manichanh optaría por aumentar la cantidad de frutas y verduras y reduzca el consumo de alimentos prefabricados que contienen mucha más azúcar o sal. «En pacientes con enfermedad de Crohn y colitis ulcerosa hemos comprobado que tienden a evitar el consumo de alimentos que contienen fibra por miedo a sufrir síntomas. En estos casos, podríamos intentar introducir de forma más guiada el consumo de verduras y frutas para mejorar su microbiota», concluye.
alimentos fermentados
La súper centenaria María Branyas tenía un alto nivel de “bifidobacterias” en su microbiota, un tipo de probiótico que vive en los intestinos. Su dieta rica en lácteos (consumía unos 3 yogures al día) podría ser la causa, pero sólo en parte. El hecho de que tenga bacterias antiinflamatorias en su intestino también se explica porque su genética la predispuso a este tipo de microorganismos que se desarrollan allí.
El doctor Valdés considera que los alimentos fermentados tienen su base de beneficios, “pero al tomar un producto fermentado no todo está hecho”, advierte. Según él, tienen sentido si se integran en una dieta equilibrada y no para compensar malos hábitos.
Uno de los productos más de moda actualmente es el kéfir. “Su consumo se asocia a restaurar y mejorar la salud de la microbiota del sistema digestivo, facilitar la correcta digestión y la tolerancia a la lactosa, ayudar al control de la glucemia al reducir significativamente el azúcar en sangre en ayunas, combatir eficazmente las bacterias patógenas del organismo, mantener la densidad ósea, reducir los marcadores de inflamación sistémica o ayudar a controlar las concentraciones de colesterol total en sangre”, explica a ABC el nutricionista y divulgador Luis Zamora. Pero es importante elegir la que indica en la etiqueta que contiene levadura de kéfir porque esto es lo que la diferencia de otras leches fermentadas.
La nutricionista, que participó en la Cumbre Activia Microbiota, considera una opción óptima combinar el kéfir con alimentos prebióticos, que aportan fibra a estos fermentos y levaduras: “Podemos añadir plátano verde, avena, semillas de lino, arándanos o frambuesas, nueces o un poco de cacao puro en polvo”, concluye.
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