Nos queda la palabra
El 2026 ha comenzado de forma patética. La cadena de acontecimientos espeluznantes nos deja sin resuello y nos hace perder las ganas de afrontar una situación perversa a todos los niveles. Pero después de comprobar de verdad que todo esto está pasando y que no es un mal sueño, llega el redoble de conciencia, que diría Blas de Otero, y tenemos que reaccionar. Por ello, he elegido el título de su poema para encabezar este texto. El poeta vivía una situación semejante en la postguerra y en el exilio. Y se agarró a la palabra como tabla de salvación ante las tinieblas que lo rodeaban. Nosotros ahora como testigos conscientes de un tiempo adverso necesitamos iluminar la realidad con mensajes certeros sobre lo que se nos viene encima.
[–>[–>[–>La primera premisa sería reivindicar los derechos humanos como el último tren para evitar la catástrofe planetaria, porque su promulgación el 10 de diciembre de 1948 por Naciones Unidas supuso el más lúcido aprendizaje de lo que las dos guerras mundiales, que los precedieron, nos dejaron como rastro de inspiración por una nueva humanidad.
[–> [–>[–>Ahora bien, cómo implementar su cumplimiento efectivo. Naciones Unidas requiere una reforma consistente que la superponga a la fuerza bruta de algunos, nada proclives a la aceptación de las mayorías y que usan el veto para frenar cualquier solución que les moleste. Pero hay que tener claro que solo desde esos consensos internacionales podremos abordar los conflictos.
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La democracia real, más que la formal, sería otra vertiente imprescindible para garantizar la convivencia pacífica, dentro y fuera de los países. Si bien precisamos entender la democracia, no solo como una regla de juego formal, sino como un modelo social igualitario, que implique una protección efectiva de las capas más vulnerables de la población, para conformar un modo de vida digno para toda la ciudadanía. Por tanto, democracia y estado del bienestar deben ser dos caras de la misma moneda. Esto cortaría las alas a una extrema derecha voraz, que aprovecha la desigualdad para confundir con su mensaje populista, aunque puede crecer si no hay una ofensiva social contundente y eficaz, que proteja a las capas más débiles de la población. «Con la inmensa mayoría» nos decía Blas de Otero, como punto de referencia para toda acción social y política.
[–>[–>[–>La solidaridad es también un concepto humanista profundo tan válido para el ámbito internacional como para las cuestiones internas. Ya no hay motivos para el aislamiento, todo se intercomunica y se influye dinámicamente. Pero solo un enfoque colaborativo real puede construir unas nuevas relaciones internacionales positivas. Más aún, para la izquierda mundial quedan aquellas palabras luminosas de Dolores Ibárruri: «la solidaridad es la ternura de los pueblos». Por eso, un mundo nuevo debe fundarse en esa premisa para oponernos a las dominaciones y a la explotación de otros pueblos. En esta coyuntura, solo una solidaridad bien armada servirá para consumar un orden internacional justo y cooperativo para ganar el futuro.
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Y finalmente la paz, como objetivo irrenunciable, sabiendo que nace de la justicia y que no significa únicamente la negación de la guerra, sino la afirmación del entendimiento como medio predilecto de conducta para vivir de otra manera. Teniendo presente la bella frase bíblica: «La justicia y la paz se besan». Estas palabras y otras muchas que signifiquen concordia y respeto nos valdrán para abrir camino a la esperanza frente al caos reinante.
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