Peor que un virus
Los virus se propagan por contacto. Las mentiras, por interés. Y cuando una enfermedad real se convierte en munición política, el contagio más peligroso ya no es el biológico sino el cívico. El episodio del hantavirus en el crucero Hondius comenzó con desconcierto, siguió con indignación hiperventilada cuando se conoció el destino español para desembarcar a los pasajeros, y con tendencia al silencio, el día de ayer, cuando la operación se desarrollaba con normalidad. Durante las primeras horas circularon versiones contradictorias, dudas sobre el traslado de los pasajeros y un alivio improvisado cuando se confirmó que los afectados pasarían brevemente por Canarias. El «a Canarias no vienen» sonó casi como una consigna de tranquilidad. Pero ese reflejo inicial pronto derivó en algo más preocupante y habitual en las últimas crisis, grandes o pequeñas, la utilización política del miedo.
[–>[–>[–>El presidente canario, Fernando Clavijo, llegó a expresar su inquietud por la posibilidad de que las ratas infectadas alcanzaran las islas. Los expertos tuvieron que recordar la obviedad de que los roedores portadores del virus no iban a echarse al mar y nadar hasta la costa. La imagen era absurda, pero reveladora. En una crisis sanitaria, los responsables públicos y los debates interesados pueden contribuir por estulticia o perfidia a amplificar temores infundados.
[–> [–>[–>Mayor fue la reacción de Santiago Abascal, que señaló a Pedro Sánchez como responsable político del episodio, sugiriendo que el Gobierno aprovechaba la situación con fines espurios. Cuando un dirigente convierte una enfermedad en arma arrojadiza, la salud pública deja de ser un asunto de protección colectiva para transformarse en un capítulo más de la confrontación partidista. A ese clima se sumaron los bulos habituales, que Pfizer preparaba una vacuna secreta, que el hantavirus era consecuencia de las vacunas contra la covid o las vitaminas podían curarlo. Nada de eso sabemos que es cierto pero la mentira tiene una ventaja decisiva porque ofrece explicaciones simples a problemas complejos y culpables inmediatos a temores difusos.
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La desinformación sanitaria no prospera solo por ignorancia, responde siempre a un cálculo consciente. El miedo genera clics, audiencia y rédito político, y en ese mercado, la verdad compite en clara desventaja. Cuando circulan los datos falsos y las acusaciones sin fundamento, se debilita la confianza en las instituciones, en los científicos y en los medios de comunicación que trabajan con rigor. Y sin esa confianza, es difícil que la sociedad responda con calma y de forma eficaz ante una crisis de salud pública, y ya ni siquiera sirve la prioridad nacional.
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