por qué es urgente y cómo abordarlo
Una dura realidad de nuestro tiempo es que los efectos del cambio climático ya se están haciendo sentir. Los inviernos son cada vez más clementes, pero los veranos, más extremos. En España, una parte significativa del territorio se encuentra en riesgo de desertificación.
[–>[–>[–>Incluso si fuéramos optimistas sobre la capacidad de nuestras sociedades para ponerse de acuerdo e implementar políticas ambiciosas de reducción de emisiones, estas llevarán tiempo y exigirán grandes proyectos de infraestructura. Mientras tanto, el planeta seguirá calentándose, con la esperanza de no superar el umbral de los dos grados recogido en el Acuerdo de París hace más de 10 años.
[–> [–>[–>Dos grados pueden parecer poco, pero se trata de un promedio global. En la práctica, ese aumento implica fluctuaciones mucho mayores en tierra firme, entre el día y la noche y entre estaciones. Así, un incremento medio de dos grados puede traducirse en picos, por ejemplo de cinco o seis grados, en las temperaturas máximas diarias en varias ocasiones.
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Hoy, estos efectos nos afectan a todos. Científicos y economistas tratamos de entender cuál es el daño real para las personas, la sociedad y la economía. Numerosos estudios muestran que las temperaturas extremas, tanto el frío como el calor, influyen directamente en nuestra vida cotidiana, desde cómo organizamos nuestro tiempo hasta cómo trabajamos o nos desplazamos.
[–>[–>[–>La salud es especialmente vulnerable a estos extremos. En invierno, aumentan las enfermedades, incluidas dolencias graves y potencialmente mortales como la neumonía. En verano, el riesgo no se limita a la hipertermia (el efecto directo del calor extremo): el organismo debe realizar un esfuerzo adicional para funcionar, lo que se traduce, entre otras cosas, en un aumento de las enfermedades cardiovasculares.
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En un estudio liderado por la Universidad de Oxford, con la participación de la Universitat de Barcelona, analizamos por primera vez el impacto de las temperaturas sobre un sistema sanitario en su conjunto. El análisis abarca desde las visitas a centros de atención primaria y las pruebas clínicas realizadas hasta las prescripciones médicas y, cuando el problema lo requiere, la atención hospitalaria: consultas con especialistas, hospitalizaciones y, en situaciones de emergencia, la intervención de los servicios de urgencias.
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[–>En el caso de Inglaterra, encontramos que alrededor del 3 % de todos los costes del sistema público de salud se deben a temperaturas excesivamente frías o cálidas. A nivel de un sistema sanitario, esta cifra, que puede parecer pequeña, representa miles de millones de libras cada año.
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Como cabría esperar en un país mucho más frío que España, cerca de dos tercios de estas intervenciones y costes están asociados a bajas temperaturas. Sin embargo, también observamos repuntes significativos de problemas sanitarios vinculados al calor durante los meses de verano, incluso en Inglaterra.
[–>[–>[–>Dos elementos claves
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Estos repuntes responden a dos factores principales. En primer lugar, las temperaturas máximas alcanzan cada vez con mayor frecuencia, o incluso superan, los 30 grados en el sur del Reino Unido. Durante la ola de calor de 2022, en algunas zonas se llegaron a rebasar incluso los 40 grados.
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En segundo lugar, existe un claro déficit de adaptación frente al calor. Las viviendas británicas están diseñadas para conservar el calor y, cuando el sol incide con fuerza, tienden a sobrecalentarse. En muchos barrios, además, la escasez de zonas verdes intensifica el llamado efecto isla de calor: el hormigón y el asfalto acumulan la radiación solar y, como en un horno de piedra, elevan aún más las temperaturas.
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Factores sociales
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Estos efectos no son solo un problema de ingeniería. Factores sociales como las desigualdades, la precariedad y la falta de acceso a una vivienda adecuada los agravan considerablemente. En el Reino Unido, décadas de crisis habitacional se combinan con un parque inmobiliario de baja eficiencia energética. A ello se suman otros determinantes sociales de la salud. Dietas de baja calidad y la falta de ejercicio, especialmente entre las poblaciones más vulnerables, aumentan el riesgo de enfermedad, en particular de problemas cardiovasculares, que las altas temperaturas tienden a intensificar.
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Por ello, la adaptación al cambio climático es un desafío del presente, no del futuro, y exige un amplio abanico de actuaciones. Muchas de ellas comienzan a nivel individual. Por ejemplo, cada vez más hogares consideran instalar bombas de calor, que pueden utilizarse como sistemas de refrigeración con mayor eficiencia energética.
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Sin embargo, la adaptación no puede depender únicamente de decisiones individuales. También son necesarias actuaciones a escala local, como la incorporación de zonas verdes para reducir el efecto isla de calor, así como una visión de largo plazo que facilite iniciativas tanto del sector público como del privado. Esto puede materializarse a través de distintos canales que podrían encontrar amplio apoyo ciudadano en España, como la simplificación administrativa de permisos de obras o un acceso más ágil a financiación para mejorar la eficiencia energética.
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Esta adaptación va más allá de la simple provisión de vivienda. Incluye el acceso efectivo a la atención sanitaria y la capacidad de responder con flexibilidad a necesidades diversas. No todas las personas ni todos los territorios enfrentan los mismos riesgos, y las estrategias de adaptación deberán reflejar esa heterogeneidad.
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