Profesiones indecorosas
Salvo que se disponga de un patrimonio exuberante, una necesidad inherente al ser humano es trabajar, puesto que no puede subsistir sin tener unos ingresos mínimos que le permitan una vida digna. En ocasiones, la exigencia puede llevarnos a elegir menesteres que detestamos, ya que no todos son apetecibles por igual.
[–>[–>[–>La valoración de las profesiones impuras ha variado con los tiempos. En casi todas las civilizaciones de la Antigüedad persistió el consumo lujurioso aunque, con distintos grados, las prostitutas y las cortesanas eran despreciadas por una mayoría. Asimismo, las acciones relacionadas con el contacto del cuerpo eran estimadas indecorosas (verdugos, sepultureros…), al igual que los oficios considerados sucios (curtidores, recogedores de basura, limpiadores de letrinas…) o los asociados con el dinero y el engaño (usureros, prestamistas, recaudadores…).
[–> [–>[–>En la Grecia clásica, el proxenetismo era legal y tolerado dado que cumplía una función social; se repartía entre las féminas que ejercían en lupanares o en la calle (pornai) y las cortesanas cultas (hetairas). Persistía el rechazo del contacto con los muertos y la sangre, en razón a que se vinculaba con una contaminación espiritual, al que se unían los servicios serviles y manuales.
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En la antigua Roma, con una sociedad caracterizada por su clasismo, se diferenciaba entre funciones dignas e indignas. Las primeras tenían como meta el bien común: medicina, arquitectura, derecho, enseñanza e incluso la política. Las segundas comprendían una serie de tareas juzgadas como infames, que implicaban el deshonor de quienes las desempeñaban: meretrices, gladiadores, artistas e incluso camareras.
[–>[–>[–>Durante el Medievo los empleos procaces eran un espejo de la mentalidad religiosa imperante. Sin embargo, la impudicia no significaba necesariamente ilegalidad, ni torpeza, pues muchas de las labores aludidas eran indispensables, a pesar de que se conceptuasen vergonzantes. Las tradiciones precedentes seguían en vigencia, quedando bajo sospecha cualquier oficio ligado con el cuerpo, la sangre, el dinero o la muerte.
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Al llegar la Edad Moderna se produce un cierto cambio, pero conservando un mismo fondo deontológico. No obstante, determinados trabajos ineludibles, manchaban el honor y eran contrarios a la moral cristiana o al decoro comunitario. En general, la nobleza despreciaba los oficios manuales suponiendo degradantes o inferiores a los zapateros, curtidores, basureros, aguadores, lavanderas o limpiadores de cloacas. En esencia, la ética religiosa se erige preponderante, con una Inquisición que perseguía a cualquier sospechoso de brujería, adivinanza o hechicería.
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[–>En el momento actual, los estudios sociológicos amplían bastante las misiones con peor reputación. Ocupa un lugar prominente la política que se lleva el trofeo de la profesión más odiada, a la que se inculpa de corrupción, promesas incumplidas, clientelismo y falta de transparencia, aprovechándose del poder en beneficio propio. Le siguen en el denostado ranking gremial los banqueros, que solo se preocupan de atesorar riqueza, a los que se asocia con crisis financieras, especulación y desigualdades. A continuación, se encuentran cometidos que sorprenden por su negativa valoración: abogados (defienden lo indefendible por dinero) y periodistas (acusados de sensacionalismo, manipulación informativa, subordinación ideológica a su empresa y falta de objetividad). En el listado no faltan los especuladores inmobiliarios (usan prácticas abusivas con una necesidad básica como es la vivienda), los influyentes o «influencers» (en base a su superficialidad y adulteración de tendencias) y los jueces (en tanto que la justicia no parece ser igual para todos), con utilización abusiva cada vez más habitual de las instancias judiciales con fines políticos y estratégicos, lo que se conoce como guerra jurídica o «lawfare».
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Causa extrañeza que prestigiosas encuestas internacionales ―documentadas en variables como la estabilidad laboral, la proyección de futuro, el salario o los niveles de estrés― sitúen en el pelotón de cola a los escritores, al creer que practican una actividad poco rentable, a no ser que se pertenezca al grupo de los superventas («bestseller»). Estos análisis demoscópicos colocan entre los destinos peyorativos el de cronista de los medios de comunicación.
[–>[–>[–>En el sentido inverso, se enmarcan entre las profesiones más admiradas la medicina y la enseñanza, al realizar quehaceres muy respetables por su significativo interés social y tienen en común ayudar a los demás, amén de una alta responsabilidad de gestión.
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