Racismo religioso
Parto de la base de que, más o menos conscientemente, todos somos racistas. Incluso cuando nos hacemos de almíbar al tratar a un extranjero (o español) de piel oscura, incurrimos, mal que nos pese, en racismo, ya que no nos comportamos con la misma naturalidad que usamos al conversar con quienes compartimos similar coloración cutánea. Ese racismo involuntario y bienintencionado es también sumamente dañino, porque se asemeja a la condescendencia y autoglorificación del fariseo.
[–>[–>[–>El nacionalismo, un veneno letal para la convivencia, eleva el racismo al máximo nivel: el de la identidad colectiva. En la sociedad de masas, el nacionalismo engaña a los individuos anodinos haciéndoles creer que, a pesar de las diferencias de clase (algo pretendidamente secundario), pertenecen al mismo estatus racial o étnico que las élites del dinero y del poder público. Debemos, pues, combatir a los nacionalistas de cualquier pelaje y catadura –ya de derechas, ya, sedicentemente, de izquierdas– con plena determinación, y nunca pactar políticamente con ellos, que además, como demagogos manipuladores de las emociones, jamás son de fiar.
[–> [–>[–>Por supuesto, no debe confundirse el nacionalismo racista o etnicista, intrínsecamente perverso, con el patriotismo: una alta cualidad cívica que reconoce a todos los compatriotas, independientemente de su origen étnico, como conciudadanos, sin ninguna desigualdad jurídica. Esa patria plural es la que debemos amar con plena lucidez y completa voluntad de integración. Es una patria de derechos, no de mitos fundacionales construidos por historiadores mercenarios. Más todavía: es una patria de personas, cada una de ellas dotada, en cuanto ser único, de una dignidad inalienable. Ello hace que la misma noción de patria trascienda la propia idea de ciudadanía. Así, lo que la Constitución denomina como «la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles» es, por encima de todo, una comunidad de derechos y un gobierno de las leyes, dimanantes de los representantes de la voluntad popular.
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Ningún tipo de racismo puede, en consecuencia, hallar legítimo acomodo entre nosotros. Tampoco, pues, el racismo de motivación religiosa, que viene a ser un equivalente sociopolítico de los pecados contra el Espíritu Santo, imperdonables según el Evangelio por su especial malignidad. En la agenda de estos tiempos convulsos está de moda, sin embargo, la islamofobia, totalmente incompatible, desde luego, con nuestra Carta Magna. Esa intolerancia religiosa procede, a veces, de personas cultivadas que, nacidas allende nuestras fronteras, han hecho suyo el paradigma de la Ilustración europea. Tal es el caso, por ejemplo, de la excelente escritora y columnista hispano-marroquí Najat El Hachmi, que se opone con fiereza a que la Justicia proteja el derecho de una alumna de instituto a llevar el hiyab o pañuelo islámico por considerar que representa su identidad como musulmana, siendo así que se trata realmente de «una marca de misoginia». «Lo que está en juego», aduce El Hachmi en «El País» del 17 de febrero, «es un concepto de libertad del que hoy parecen desconfiar incluso los demócratas de esta parte del mundo». Y se indigna ante la resolución judicial tuitiva del derecho fundamental de la estudiante a la libertad religiosa. Su razonamiento falla, sin embargo, en su confesión de ateísmo que ampara plenamente esa misma Constitución de cuya garantía quisiera privar a la alumna del pañuelo. Por cierto, ¿no usan toca y hábito las miles de monjas que existen en España, sin que nadie ose indignarse públicamente por ello?
[–>[–>[–>La islamofobia está también, sin duda, detrás de iniciativas parlamentarias de Vox, PP y Junts para prohibir el uso público del burka y el niqab. La proposición de ley de Vox ya ha sido rechazada por el Congreso. Veremos qué pasa con las otras dos. Políticamente, no parece esta una cuestión prioritaria, habida cuenta del mínimo uso (sobre el 0,1%) de tales prendas en el espacio público, pero a las derechas les viene bien pasar al contraataque en las guerras culturales e identitarias, hasta ahora patrimonio de las izquierdas a través del feminismo y de la lucha por los derechos de las personas LGTBI. En todo caso, PP y Junts están muy pendientes de sus adversarios electorales más inmediatos, que son Vox y Aliança Catalana, respectivamente.
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