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¿Recuerdas la quemadura que te hiciste de niño en la playa? Tu piel sí

¿Recuerdas la quemadura que te hiciste de niño en la playa? Tu piel sí
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  • Publishedjulio 7, 2026


Puede ocupar hasta dos metros cuadrados, pesar unos 4 kilos, renovarse constantemente y alertar sobre enfermedades internas, pero también conserva el rastro de las agresiones que recibe a lo largo de la vida. Cuatro especialistas de Quirónsalud explican por qué la piel es mucho más que una simple cubierta corporal.

Una compleja red neuronal

Puede que apenas conserves un recuerdo borroso de aquel día de playa en el que te pasaste horas jugando en la arena, entrando y saliendo del agua o huyendo de tu madre para que no te pusiese de nuevo protector solar. Quizá ni siquiera recuerdes la quemadura en la espalda y los hombros con la que amaneciste al día siguiente y te acompañó durante días. Sin embargo, tu piel sí lo hace.

Porque la piel tiene memoria. Conserva la huella de buena parte de las agresiones que recibe a lo largo de la vida, desde las quemaduras solares sufridas en la infancia hasta el impacto del tabaco, la contaminación o determinados hábitos cotidianos. Pero su capacidad de recordar es solo una de las muchas características que convierten a la piel en un órgano sorprendente.

Con una superficie que puede alcanzar los dos metros cuadrados y un peso aproximado de cuatro kilos, la piel es el órgano más grande del cuerpo humano. Y, aunque solemos percibirla únicamente como la envoltura que recubre nuestro cuerpo, los especialistas recuerdan que sus funciones van mucho más allá.

Una frontera inteligente con el mundo

“Funciona como una verdadera barrera contra todo aquello que puede hacernos daño. Más que una simple cubierta, es un órgano activo que nos protege del sol, pero también de infecciones, traumatismos y sustancias externas”, explica el doctor Leandro Martínez, especialista del Servicio de Dermatología del Hospital Quirónsalud Málaga. Además, gracias a la enorme red de receptores y terminaciones nerviosas distribuidas por su superficie, nos conecta con el entorno a través del tacto, la percepción del frío y el calor, el dolor e incluso el placer. “Podemos decir que literalmente es casi nuestra frontera inteligente con el mundo”, resume.

El doctor José Carlos Pascual, especialista del Servicio de Dermatología del Hospital Quirónsalud Torrevieja, centro que ha sido reacreditado con el sello de la Joint Commission International, señala además que “la piel participa en procesos tan esenciales como la regulación de la temperatura corporal, gracias a mecanismos como la sudoración y la vasodilatación, evita la pérdida excesiva de agua y contribuye a la síntesis de vitamina D. A ello se suma su importante “función inmunológica”, que ayuda a protegernos frente a numerosos agentes externos.

Anatomía de un órgano vivo

Todas estas tareas son posibles gracias a una estructura compleja. La piel está formada por tres capas principales. La epidermis es la más superficial, la que vemos y tocamos, y actúa como primera barrera de protección. En ella se encuentran los melanocitos, responsables de producir melanina, el pigmento que aporta color a la piel y ayuda a protegerla frente a la radiación ultravioleta. Esta capa está en constante recambio celular.

Debajo se sitúa la dermis, una capa rica en colágeno y elastina donde se encuentran los vasos sanguíneos, las glándulas sebáceas y sudoríparas, las terminaciones nerviosas y los folículos pilosos. Es la encargada de proporcionar firmeza, elasticidad y resistencia a la piel.

Por último, la hipodermis o tejido subcutáneo, compuesta principalmente por grasa, funciona como aislante térmico, amortiguador y reserva energética.

A pesar de esta estructura común, no existe una única piel. Aunque comúnmente hablamos de pieles secas, muy secas, mixtas, grasas o sensibles, lo cierto es que “una misma persona puede tener zonas con características diferentes”, señala la doctora Monserrat Salleras, jefa del Servicio de Dermatología del Hospital Universitari Sagrat Cor, en Barcelona. Además, el especialista de Quirónsalud Málaga considera que encasillar la piel en estas categorías puede resultar reduccionista y recuerda que “una piel sana es una piel normorregulada y equlibrada que mantiene todas sus funcionales”. Además, la piel tampoco permanece inmutable. El clima, los cambios hormonales o el propio paso del tiempo modifican progresivamente sus características, hasta el punto de que, como recuerda, “no podemos decir que tengamos la misma piel a lo largo de toda nuestra vida”.

El envejecimiento es uno de los procesos que mejor ilustran esa capacidad de transformación. Aunque solemos asociarlo a la aparición de arrugas o manchas, los dermatólogos explican que el envejecimiento cutáneo es un proceso continuo que acompaña a la piel desde el nacimiento. No obstante, es alrededor de los 25 años cuando “empieza a disminuir progresivamente la producción de colágeno y elastina, un proceso que suele hacerse más evidente entre los 35 y los 40 años”, señala el dermatólogo de Quirónsalud Torrevieja. Y “podría decirse que a partir de la quinta o sexta década es cuando mayor daño solar se ha podido acumular y donde sus efectos van a ser más visibles en forma de manchas o arrugas de expresión”, apunta el doctor Basilio Narváez, especialista del Servicio de Dermatología del Hospital Quirónsalud Clideba, en Badajoz.

Este proceso de envejecimiento no sigue el mismo ritmo en todas las personas. Junto a factores intrínsecos como la genética o los cambios hormonales -que pueden hacerse especialmente evidentes en determinadas etapas de la vida, como la menopausia-, intervienen otros muchos relacionados con el estilo de vida y el entorno, desde la exposición solar acumulada hasta el tabaco, la contaminación, el estrés o la calidad de la alimentación y del descanso.

Memoria solar: la factura del pasado

No se trata solo de flacidez o arrugas. “El daño producido por la exposición solar acumulada puede dar problemas años después de haberse producido”, explica el especialista de Quirónsalud Torrevieja. La Dra. Salleras coincide y recuerda que, aunque “la piel dispone de mecanismos de reparación capaces de mitigar parte de ese daño, las alteraciones inducidas por la radiación ultravioleta pueden permanecer en las células durante décadas”.

Precisamente por ello, las quemaduras solares sufridas durante la infancia y la adolescencia se consideran uno de los principales factores de riesgo para desarrollar cáncer de piel en la edad adulta.

Los especialistas alertan además de que la incidencia de estos tumores continúa aumentando. El Dr. Narváez señala específicamente que “el número de tumores malignos como el melanoma o el carcinoma escamoso se ha disparado, posiblemente por el aumento de la esperanza de vida y cambios en los hábitos de exposición solar, siendo la exposición solar intermitente e intensa más perjudicial para el melanoma que la crónica, como ocurre en los trabajadores que faenan al aire libre”. Por su parte, el Dr. Leandro Martínez advierte que estamos “ante la verdadera epidemia cutánea del siglo XXI, hasta tal punto que, según algunas estimaciones, aproximadamente la mitad de los mayores de 65 años desarrollará algún tipo de cáncer de piel en su vida”.

Frente a estas previsiones, la detección precoz sigue siendo una de las herramientas más eficaces para mejorar el pronóstico. Los especialistas recomiendan consultar ante cualquier lesión que cambie de aspecto, sangre, pique de forma persistente o no cicatrice adecuadamente. Para facilitar la identificación de posibles melanomas, los dermatólogos recuerdan la conocida regla ABCDE: asimetría, bordes irregulares, presencia de varios colores, diámetro superior a seis milímetros y, sobre todo, evolución o cambios recientes en la lesión. El Dr. Narváez añade además otro criterio sencillo pero útil: prestar atención a aquellos lunares nuevos que resulten claramente diferentes al resto, lo que los especialistas conocen como el signo del “patito feo”.

La piel: reflejo del presente

Pero la piel no solo es capaz de recordar agresiones pasadas. Como destaca el Dr. Leandro Martínez, “la piel habla de todo lo que nos ocurre porque somos piel” y, por ello, en función de su color, textura o lesiones, puede ofrecer pistas sobre lo que está ocurriendo aquí y ahora en nuestro organismo: anemia, alteraciones hormonales, problemas de vesícula biliar, enfermedades digestivas, etc.

“Lo primero que mira el médico es la cara del paciente y, con un simple vistazo, podemos sospechar si una persona puede estar anémica, por la palidez de la piel, o si existen indicios de una patología hepática, que pueden reflejarse en una coloración amarillenta, explica el Dr. Narváez. El Dr. Pascual añade además que patologías como la diabetes pueden favorecer infecciones recurrentes y dificultar la cicatrización, mientras que enfermedades autoinmunes como el lupus suelen manifestarse con lesiones especialmente sensibles a la exposición solar.

No obstante, la Dra. Salleras introduce un importante matiz: “Se puede tener una piel perfecta y estar gravemente enfermo, y tener una piel alterada y estar en muy buen estado de salud general”. Por ello, los especialistas insisten en que estos signos deben interpretarse siempre en un contexto clínico adecuado y entenderse como señales de alerta, pero no como herramientas diagnósticas en sí mismas.

Proteger hoy para agradecerlo mañana

El paso del tiempo es inevitable y hay enfermedades cutáneas que no siempre podemos evitar. Sin embargo, la manera en que nuestra piel envejece, se defiende frente a las agresiones externas y mantiene sus funciones a lo largo de los años depende, en gran medida, de las decisiones y hábitos que adoptamos en nuestro día a día.

Entre ellos, la relación que mantenemos con el sol sigue siendo una de las más determinantes. No se trata de renunciar por completo a él, pues los dermatólogos recuerdan que desempeña un papel importante en la producción de vitamina D. En la mayoría de las personas, la radiación ultravioleta necesaria para mantener unos niveles adecuados se recibe de forma espontánea durante las actividades cotidianas, por lo que “una persona que haga vida normal no requiere ninguna exposición solar adicional específica a lo largo de la semana”, explica la Dra. Salleras. Y si se busca una exposición intencionada, unos diez minutos dos o tres veces por semana, preferiblemente fuera de las horas centrales del día, suelen ser suficientes”, señala el especialista de Quirónsalud Clideba.

Lo importante es no confundir esta necesidad fisiológica con una invitación a exponerse sin protección. De hecho, la Dra. Salleras considera que uno de los errores más frecuentes es “priorizar la limpieza e hidratación frente a la protección solar diaria, que es el cuidado más importante de todos”. Igualmente, el Dr. Pascual recuerda que “la prevención sigue siendo el mejor tratamiento antiedad” y destaca que la fotoprotección es una de las herramientas más eficaces para prevenir el envejecimiento prematuro y reducir el riesgo de cáncer de piel y recomienda utilizarla de forma habitual en las zonas fotoexpuestas, incluso cuando no acudimos a la playa o la piscina.

La alimentación y el descanso también desempeñan un papel importante en el cuidado de la piel. Una dieta equilibrada, rica en frutas, verduras, proteínas de calidad y grasas saludables, favorece el buen funcionamiento de la barrera cutánea, mientras que el exceso de azúcares y ultraprocesados puede favorecer procesos inflamatorios.

Dormir adecuadamente resulta igualmente esencial. El Dr. Pascual insiste en que “durante el sueño se producen procesos de reparación y regeneración celular”, por lo que la falta de descanso favorece la aparición de ojeras, inflamación, piel apagada y signos de envejecimiento prematuro. “Una mala noche también da lugar a una mala cara”, resume gráficamente el Dr. Leandro Martínez.

El tabaco, el estrés crónico, la contaminación o el sedentarismo tampoco pasan desapercibidos para la piel. Los especialistas recuerdan que estas circunstancias favorecen el estrés oxidativo, aceleran el envejecimiento y pueden empeorar otras patologías dermatológicas como la psoriasis, la dermatitis, el acné, la urticaria, la alopecia o la rosácea.

Por último, la limpieza diaria continúa siendo una de las asignaturas pendientes. “Es imprescindible tanto en hombres como en mujeres”, sostiene la Dra. Salleras, porque “no solo elimina el maquillaje, sino también restos de sebo, sudor, contaminación y células muertas”, y debe realizarse con productos adaptados a cada tipo de piel y evitando excesos.

Precisamente, los dermatólogos alertan sobre otro error cada vez más frecuente: dejarse llevar por las tendencias de las redes sociales y copiar rutinas complejas o utilizar numerosos cosméticos sin asesoramiento profesional. El especialista de Quirónsalud Málaga recuerda que muchas pieles jóvenes no requieren grandes cuidados y que el uso indiscriminado de sérums, limpiadores o productos hidratantes puede incluso favorecer la aparición o el empeoramiento de patologías como el acné o la rosácea. “En el cuidado de la piel, menos es más”, concluye.



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