relatos de una vida en cuenta atrás
Una pareja de Valladolid llegó hace años a Madrid: con trabajo, planes, con idea de quedarse. Hasta que el precio del alquiler cruzó esa línea invisible que separa lo difícil de lo imposible. Entonces tuvieron que tomar una decisión: regresar a Valladolid. Continuar trabajando en Madrid. Ir y venir todos los días en tren. Una hora. A veces algo más. Está bien, se dicen a sí mismos. O eso intentan.
No es un caso aislado. En Ibiza, un ocupante del Ayuntamiento atraviesa una separación. Busque vivienda. No puedo encontrar. Lo único disponible: Habitaciones compartidas por 600, 700, hasta 800 euros al mes. Tiene un hijo. Y eso lo condiciona todo.
Aceptar una de esas habitaciones supondría perder la custodia compartida. No es un entorno con el que pueda vivir. La solución: mudarse a casa de sus padres en Mallorca. Trabajar en una isla. Él reside en otro.
Otra historia. Otra generación. Una pareja que siempre ha vivido alquilada. Nunca pudo acceder a una casa de su propiedad. Ahora, a sus 80 años, se ve obligada a abandonar Barcelona. No puedes soportar el costo de permanecer allí.
No son anécdotas. Son historias que se repiten, que cambian de rostro pero no de fondo, y que afloran una y otra vez cuando alguien habla tras la presentación de ‘Un metro cuadrado’.el último libro de Llucia Ramis y el Premio Libros de No Ficción Asteroid.
Son, sobre todo, las voces de los inquilinos –muchas veces relegadas en el debate sobre la vivienda– las que el autor sitúa en primer plano desde la primera página. Voces que ya se condensan en la dedicatoria, casi como una advertencia: ««A aquellos que no saben dónde vivirán el próximo año».
No es un tema nuevo en su obra. La periodista mallorquina -afincada desde hace años en Barcelona- explora desde hace un tiempo en sus libros ‘Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes 30’ y ‘Las posesiones’, como en su obra periodística, acceso a la viviendael mercado del alquiler y una precariedad que durante mucho tiempo se interpretó como algo transitorio.
«Se suponía que nos acercábamos a la edad adulta, pero todavía vivíamos como si tuviéramos 20 años y estábamos empezando a tener una crisis de la mediana edad».. ¿Cómo puede ser que haya hecho todo lo que se esperaba? Empecé a trabajar en el segundo año de la carrera, estudié y trabajé al mismo tiempo. Compartí piso pensando que era algo temporal…», afirma en una entrevista con laSexta durante su visita a Madrid.
Pero ese «mientras tanto» nunca terminó.
Lo que parecía un fenómeno generacional ha terminado consolidándose como una condición estructural. Y en este desplazamiento hay algo más que una dificultad económica: el problema se profundiza, afecta la identidad. «Las casas determinan nuestro presente y nuestro futuro. Ellos determinan quiénes somos. La casa lo es todo: está nuestra privacidad, está nuestra vida».él explica.
La pregunta entonces es inevitable: cómo construir esa identidad cuando el lugar donde se vive está sujeto a una lógica de caducidad.
«Se vive con una provisionalidad constante. Todo lo contrario de lo que debería ser un hogar»
Ramis lo describe con la misma inercia con la que sucede y con la que ella misma lo ha vivido. «Desde el momento en que se firma un contrato de alquiler –tres años, cinco como máximo– comienza una cuenta atrás. Una fecha de caducidad que no se olvida. A medida que se acerca el final, aparece la ansiedad: habrá que buscar de nuevo, empezar de nuevo. Y casi siempre en peores condiciones. Pisos más caros, más pequeños y más precarios. Mientras tanto, los salarios siguen siendo los mismos.
Este ciclo –buscar, moverse, adaptarse, empezar de nuevo– termina instalando una lógica de inestabilidad permanente. Es difícil proyectarse a largo plazo. Es difícil imaginar una vida. Y, poco a poco, todo empieza a tener fecha de caducidad: la casa, el barrio, incluso las relaciones. Se vive con un sentimiento de constante provisionalidad, de inminencia. Todo lo contrario de lo que debería ser una vivienda.«. Respirar.
En este intento de comprender lo que queda cuando todo se mueve, Ramis en su libro mira hacia atrás a través del trabajo arqueológico. Recorre los lugares donde ha vivido, los diez pisos que han marcado diferentes etapas de su vida. Habla con quienes los ocupan ahora, mira lo que queda, lo que ha cambiado, lo que ha desaparecido.
Es una manera de preguntarte de dónde eres cuando ya no puedes quedarte en ningún lado. Un ejercicio de memoria, sí, pero también de pertenencia. «Para mí era divertido encontrar, por ejemplo, la misma grieta que ya había en mi época, o pequeños secretos del apartamento que sólo conoces si has vivido allí»él relata.
Lo que la gentrificación ha dejado a su paso
En este recorrido también aparece otra capa del problema: la transformación de los barrios. Lo que la gentrificación ha dejado a su paso. «Han perdido parte de su función social para convertirse en espacios más comerciales«, explica.
Los espacios cambian de manos, de uso, de significado. Ya no están diseñados para quienes viven en ellos y pasan a responder a quienes llegan de paso, a quienes los consumen.
Así, barrios como Gràcia, donde vivía, se vuelven inaccesibles. «Ahora no podía permitirme vivir allí», se lamenta. o como Sucede con Mallorca, la isla donde nació, convertida poco a poco en un recuerdo empaquetado: un souvenir, un cenicero, una postal.
Dejan de pertenecerle. Y, al mismo tiempo, también deja de pertenecerles.
La revelación es incómoda: el hogar deja de ser el hogar. «Estamos convirtiendo lo más humano que existe en un producto de inversión»él revela. Lo mismo ocurre con las ciudades, que dejan de ser lugares de convivencia y se convierten en espacios de consumo.
«Si la democracia es el gobierno del pueblo, el pueblo deja de tener poder sobre el lugar en el que vive o viaja»
Las consecuencias no se detienen en los aspectos urbanos o económicos. Llegan a la democracia. Porque el idioma cambia. La lógica cambia. Donde alguna vez pudo haber colaboración, aparece la competencia. El otro deja de ser vecino y se convierte en rival, sobre todo a la hora de encontrar vivienda.
Esta tensión constante –marcada por los precios, las condiciones y la escasez– termina erosionando el tejido social y reforzando el individualismo.
«Estamos cada vez más expulsados del mercado del alquiler. Cada vez es más difícil acceder a él. Y todo esto desgasta el tejido social, hasta el punto de que perdemos el control de la ciudad. Y si la democracia es el gobierno del pueblo, el pueblo deja de tener poder sobre el lugar en el que vive o viaja.»explica Ramis.
«Un final resignado»
Tras la secuencia de casas a lo largo del paso de Llucia Ramis, aparentemente se produce un cierre. Llegar a una hipoteca. Firma. Él se queda. Podría leerse como un final feliz, una casilla marcada en el itinerario esperado. Pero ella no lo cuenta de esa manera. Él lo llama de otra manera: «Un final resignado».
Como si no fuera precisamente una elección, sino lo que queda.
Porque tampoco cree que ese deba ser el destino. No para todos. No por regla general. Endeudarse durante décadas para ahuyentar el miedo. Convertir la estabilidad en deuda. «No puede ser que la única solución sea hipotecarse en un país que ya ha vivido una crisis inmobiliaria. O que todo depende de la herencia. O poder regresar a la casa de tus padres.»
A la hora de proponer soluciones, su mirada se vuelve seca. No oculta su escepticismo. «No parece haber una verdadera voluntad política«, dice.
Existen alternativas, pero están muy lejos. Cita, por ejemplo, las propuestas de Jaime Palomera: el modelo de Viena, basado en un gran parque público de alquiler que garantiza precios asequibles, o el de Singapur, donde el acceso a una primera vivienda está asegurado y la carga fiscal aumenta progresivamente a partir de la segunda.
Y sin embargo, en medio de ese panorama, Hay algo que ha conmovido y que considera «muy valioso»: los sindicatos de inquilinos. La posibilidad de decir “esto no me pasa solo a mí”, de reconocer la misma grieta en los demás.
«Antes el inquilino se sentía muy solo», explica. «Pensé que su caso era un caso aislado. Y de repente alguien le dice: tienes derechos, puedes quejarte. Hasta entonces, simplemente aceptaste lo que dijo el propietario».
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