Remendando a Frankenstein
Frankenstein vuelve a estar de moda en Hollywood, pero el monstruo de la película de Guillermo del Toro no campea por el ártico: va dando tumbos por España del brazo de Pedro Sánchez, que lleva años interpretando al doctor obsesivo que, contra toda lógica, se niega a dejar morir a su criatura. Si consigue mantenerla en pie sin presupuestos, sin mayoría clara y desoyendo al Parlamento, Sánchez debería optar al Oscar a la perseverancia, por insistir en que un cadáver político puede gobernar hecho unos zorros.
[–>[–>[–>La camilla sanguinolenta está instalada en el Congreso, a modo de tanatorio; y la criatura se recompone con aguja de sutura ideológica. El cerebro es del PSOE, con capacidad para sobrevivir al electroshock de las corruptelas. El corazón lo aporta Sumar, blando y sometido a arritmias. Los pulmones proceden de ERC, que administra oxígeno con bombonas de butano. La médula espinal es de Junts, cuyo quiropráctico opera mediante videollamada desde Waterloo. El hígado lo pone el PNV, que filtra los excesos del cuerpo mientras cuida con esmero su propia digestión presupuestaria. Los brazos tienen la apariencia de Bildu, cada vez más musculados para levantar una supuesta normalidad que hasta hace poco provocaba náuseas. Y los pies, del BNG y Coalición Canaria, son tan minúsculos que no llevan a ninguna parte, pero evitan que el cadáver político se desplome por su propio peso. El resultado es un engendro remendón que avanza a trompicones. Una película de miedo, en fin, en sesión continua.
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