tutela de EEUU, nueva gestión petrolera y amnistía general, pero con un futuro incierto
«Secuestro», dicen unos. Otros hablan de «captura» o «extracción». La disputa semántica es un punto lateral. Los hechos del 3 de enero que desembocaron en el descabezamiento de Nicolás Maduro y su inmediato traslado a Estados Unidos dejan a la par dos comprobaciones irrefutables: Donald Trump derrumbó los endebles cimientos de las normativas internacionales que rigen los conflictos entre estados. Pero, lo más importante tiene que ver con lo que dejó la acción consumada, más allá de las protestas de China, Rusia, Brasil y otros países: Venezuela ya no es la misma que hace un mes atrás. Aunque el futuro sea incierto y la «transición», otra palabra fetiche de este momento, se muestre todavía nebulosa, el proceso político iniciado en 1999 con Hugo Chávez, continuado en 2013 por su controvertido albacea, ha tenido una interrupción tan dramática como anunciada.
[–>[–>[–>El nombre de la nueva fase política es por ahora irrelevante, y lo será en la medida de no se resuelvan las tensiones y agravios acumulados como capas tectónicas, ni se vislumbre una solución frente a los riesgos derivados de las nuevas relaciones de fuerzas o, surjan otras imprevisibilidades que atañen a la supervivencia del madurismo tal como se lo ha conocido.
[–> [–>[–>«Venezuela, llegaron los gringos». La frase se volvió viral en la madrugada del 3 de enero, según el portal Efecto cocuyo. Maduro alguna vez imaginó concentraciones ciudadanas alrededor de los cuarteles para ocupar un lugar en la resistencia. Las aglomeraciones tuvieron lugar frente a supermercados, farmacias y estaciones de servicios. Desde que se conocieron las primeras y sorprendentes novedades, los hombres y mujeres de a pie buscaron provisiones, combustible y medicinas. A la escasez preexistente se le sumó el miedo a un desabastecimiento mayor.
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A partir de la hora cero Trump se permitió darle consistencia a su actualización de la «Doctrina Monroe», llamada por él «Don Roe», para autocelebrarse. Habló como si fuera el verdadero administrador del país sudamericano. Se presentó como el «garante» de la «presidenta encargada». La encomió por su sigilosa diligencia sin olvidarse de agitar la espada de la amenaza de una nueva incursión ante cualquier desacato. Se olvidó del narcotráfico e incluso el déficit democrático de Venezuela. Habló de lo que iba a hacer con el crudo y, en un retorno al siglo XIX, cómo la renta petrolera venezolana redundaría además en compras de productos norteamericanos.
[–>[–>[–>Primeros cambios
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Conforme pasaron los primeros días de estupor, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, se presentó como el diseñador de la hoja de ruta de la Venezuela post-Maduro. La apertura económica al capital extranjero, preferentemente de EEUU, la libertad de los presos políticos y, cuando se den las condiciones, una institucionalidad diferente surgida de comicios libres. «El objetivo final es que tengamos una Venezuela amiga, estable, próspera y democrática».
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Rubio funge de arquitecto. La oposición, escucha, asiente o calla. Pero no participa. Trump ha pasado de descalificar a María Corina Machado a prometerle algún rol en un mañana indefinido después que pagó su gratitud con la medalla del Premio Nobel de la Paz. Los sectores moderados son apenas espectadores de una fiesta a la que tampoco son invitados. Rodríguez, en tanto, se desdobla entre la estadista provisional que no deja de exhibir las heridas nacionales y proclamar su apego a los ideales de origen, y, a la vez, una mandataria contingente que, por el momento, responde en los hechos a las exigencias generales de Washington. La «presidenta encargada» ha aceptado un acuerdo petrolero con EEUU, reformado la Ley de Hidrocarburos que aumenta la tasa de ganancia de los futuros inversores. También ha remozado su gabinete de ministros, renovado parte de la cúpula militar y, lo más relevante, acaba de proponer una amnistía general para los disidentes desde que comenzó la era bolivariana, en 1999. Las excarcelaciones siguen siendo noticia diaria. También fue noticia rutilante el aterrizaje de Laura Dogu, la encargada de abrir la embajada de EEUU después de siete años. «Mi equipo y yo estamos listos para trabajar».
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[–>Ocupación
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Elías Jaua fue vicepresidente venezolano. Se dijo en 2013 que iba a ser el heredero de Chávez. No sucedió y se puso temporalmente al servicio de Maduro, de quien terminó distanciado. Su diagnóstico del presente fue descarnado y enfureció a algunos antiguos compañeros de ruta. «Aunque suene duro, somos un país ocupado militarmente. No vemos los marines en las calles, pero tenemos una ocupación naval, aeroespacial y electrónica». El Gobierno provisional solo se mantiene por «razones de estabilidad». Debe, de acuerdo con Jaua, «garantizar la necesidad muy urgente de energía» para Estados Unidos. Rodríguez, por lo tanto, se encuentra condicionada. Tiene que trabajar «según las directrices de la potencia ocupante».
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El reconocido periodista televisivo Vladímir Villegas coincide con esa radiografía: «La capacidad del Gobierno venezolano de tomar decisiones autónomas en este contexto es muy limitada«. Óscar Murillo, coordinador general de la oenegé Provea, implacable en su crítica al Palacio de Miraflores a lo largo de los años, es, por estas horas, otra de las voces del desaliento. «Estamos ante una pérdida de soberanía. Es decir, no somos los venezolanos los que tomamos las riendas de la conducción y de las líneas programáticas de lo que es un Gobierno». Y esto ocurre en medio de una situación social desesperante. «Hay estados del país que tienen un índice de ausentismo escolar que roza el 50%». Y subraya: «No hay tiempo que perder. Aquí no podemos retrasar, dilatar más, la necesidad de transformaciones profundas».
[–>[–>[–>Horizonte incierto
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Pero Rubio, el hombre que, en nombre de EEUU asegura manejar el reloj de esta historia, pide paciencia, especialmente a los históricos adversarios del Gobierno. Esgrime como ejemplos virtuosos, aunque sin calendario preciso, las transiciones políticas de España y Paraguay. Otros recuerdan los casos de Nicaragua y Chile, en 1990. El horizonte solo dibuja preguntas. «Los actores que quedan al mando no garantizan una verdadera transición democrática, ya que su naturaleza es aferrarse al poder», dijo la promotora de Ideas por la Democracia, Griselda Colina. Pero los otros «actores» internos todavía no tienen lugar en el libreto ni lo han reclamado en las calles.
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Mientras, la vida de millones de personas gira alrededor del abastecimiento. Los precios de algunos productos como la carne y el pollo no han subido. Venezuela ha comenzado a recibir dinero por sus ventas petroleras bajo control norteamericano. ¿Rodríguez puede ser la administradora de un eventual ciclo de bonanza? «La gente no se conformará con un supuesto bienestar económico sin democracia», cree Colina. Hay algo que une por estas horas a humillados por el ataque militar, las variopintas expresiones que han expresado alivio o júbilo con lo sucedido e, incluso a los millones de migrantes que no saben si armar las maletas de regreso. El temor a otra frustración irreversible.
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