Rufián y el «no pasarán»
Si la política española fuese un teatrillo de variedades, Gabriel Rufián ejercería el papel de aquel actor que siempre entra en escena con el mismo monólogo, tratando de convencer al auditorio que lo suyo va de estreno. El plan —vender como gesta antifascista lo que no pasa de maniobra de supervivencia— es naftalina retórica envuelta en celofán: un Frente Popular cañí; un “No pasarán” de trampantojo y cartón piedra que confunde ideas con decibelios; pragmatismo con reyerta.
[–>[–>[–>Rufián no propone: interpela. No construye: apunta. Su currículo es un listado de bravatas inflamadas de escasos caracteres en X, una carrera fabricada a base de consignas recicladas. El espantajo es Vox, al que se invoca como coartada universal para cualquier ejercicio de izquierdismo. El miedo ajeno como trampolín propio: una vieja técnica con envoltorio nuevo.
[–> [–>[–>La pirueta mayor consiste en proponer a ERC como pegamento estatal y aunar en una misma papeleta a Sumar y Podemos, dos siglas que se detestan por los siglos, que pleitean a cucharadas por idéntico plato de lentejas, por las sobras de la mesa del PSOE.
[–>[–>[–>
Lo que se nos venden como estrategia es trilerismo; lo que se anuncia como épica, fullería; lo que se disfraza de compromiso histórico, simple picaresca parlamentaria. Gabriel Rufián no juega a gobernar países, sino a sobrevivir en el escenario, moviendo el cubilete del miedo para distraer la bola. Rufián pretende elevar el apellido a categoría política: truhan de la consigna, pícaro del eslogan, baladrón del estrépito.
[–>[–>[–>
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí