Sánchez rechina en China
La política exterior española se ha convertido en una comedia de equívocos donde el presidente confunde el telón con el escenario. El último acto, protagonizado por Pedro Sánchez, se representó en Pekín y tuvo aires de teatro kabuki: mucho gesto, mucho silencio y ninguna verdad incómoda. Viajó a China como quien se proclama árbitro moral del mundo y regresó como figurante de una escenografía ajena, cuidadosamente iluminada por Xi Jinping.
[–>[–>[–>Hay que tener una fe casi mística para aterrizar en la capital del principal sostén de Putin y hablar de paz con la solemnidad de un catequista sin citar asuntos incómodos. El mismo líder que en Bruselas se envuelve en la bandera de Ucrania, en Pekín optó por ponerse en modo avión.
[–> [–>[–>Moncloa venderá la excursión como “autonomía estratégica”, ese eufemismo elegante para justificar la amnesia selectiva. Pero la escena fue otra: banquetes solemnes, banderas disciplinadas y un invitado convencido de codearse con iguales mientras hacía de atrezzo en la liturgia del régimen. China no concede honores sino utilidades. Y Sánchez, tan dado a la épica de sí mismo, ofreció justo lo que se esperaba: silencio, docilidad y cierta ilusión de relevancia que en realidad fue reverencia.
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La diplomacia española, que en China rechinó, avanza a golpe de ocurrencia, errática y narcisista, creyendo mover el tablero cuando apenas logra jugar de peón. No fue liderazgo; fue rendición estética. En política exterior, como en el teatro, el público siempre distingue entre el protagonista y el muñeco. Entre el liderazgo y la ventriloquia.
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