Sánchez y Trump
Creo que el «no a la guerra» es en estos momentos menos rentable electoralmente para Sánchez que la confrontación directa con Trump, aunque conceptualmente Sánchez y Trump sean menos distintos de lo que cualquiera podría pensar cuando uno se presenta como la némesis del otro. Me explico, los dos ejercen la misma pulsión del autócrata asediado frente a los jueces; desde diferentes posiciones, ambos han cuestionado los contrapesos institucionales cuando no les favorecen. No hablo ya de la megalomanía y el narcisismo que comparten, la capacidad de utilizar la polarización en la sociedad para crear bandos irreconciliables. O la imaginación para denunciar bulos sobre el odio, cuando ellos los alimentan y difunden siempre que tienen oportunidad. Otra conducta que les asemeja es la populista para dirigirse a sus simpatizantes. Y, de todas ellas, la que mejor define tanto a uno como a otro es el interés particular de situarse por encima de cualquiera o de cualquier problema. A escala son dos pájaros de cuidado. Pero esto es probable que, por la propia polarización que ellos cultivan, confunda. Uno es un halcón de la ultraderecha, el otro aparentemente una paloma de la izquierda. Ambos han hecho de la política una cuestión personal. En sus respectivos ecosistemas mediáticos, el debate rara vez gira en torno a cuestiones públicas concretas; gira en torno a ellos. Sánchez ha construido su trayectoria sobre una narrativa de la resiliencia —el dirigente que resiste a su propio partido, a la oposición y a los poderes establecidos— mientras Trump convirtió su presidencia en un espectáculo de confrontación directa con enemigos reales o imaginados. Diferentes estilos, mismo principio.
[–>[–>[–>Trump y Sánchez responden a una idéntica lógica del siglo XXI, de liderazgos personalistas, comunicación permanente y una política que se alimenta de la confrontación. La verdadera pregunta no es por qué chocan Sánchez y Trump, sino por qué nuestro tiempo produce líderes tan parecidos y disparatados.
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