Silencio
He vuelto a Hamlet, y lo he hecho a través de Hamnet, la magnífica novela de Maggie O’Farrell que la cineasta Chloé Zhao ha convertido en película, coescrita con la propia autora, onírica y trascendente, hermosa como solo pueden serlo las historias que parten de la tierra sabiendo que todos somos espíritu y materia, siendo conscientes de ello y, en consecuencia, de nuestra fragilidad, profundamente humana. Pero también lo he hecho gracias a Bella Freud, diseñadora de moda (debutó de la mano de Vivienne Westwood, para la que trabajó a finales de los 80 en Londres), bisnieta del padre del psicoanálisis, una de los ¡14! hijos (reconocidos) del pintor británico de nombre Lucian y conductora, creadora, del pódcast Fashion Neurosis, cuya escucha recomiendo al que se desenvuelva en inglés con fluidez suficiente para poder entender, comprenderla, una conversación. De eso se trata, de una charla, de periodicidad semanal y una duración de una hora, entre Bella y una figura relevante del mundo de la cultura, la moda, la literatura, el cine, la música. El invitado se sienta en un diván para hablar, a partir de algo tan prosaico como la ropa, de la identidad, el pasado, la familia, el amor, el trabajo, la creación… de la vida, en definitiva, aflorando de su subconsciente reflexiones y confesiones inéditas. Uno de los últimos episodios lo protagonizó, hace un par de semanas, el escritor, miembro del staff de la revista The New Yorker, Hilton Als, cuya mirada, inteligente, crítica, brillante, es de las pocas que ha logrado acercarse a Joan Didion sin dejarse deslumbrar por el mito (fue el comisario de «Joan Didion: What She Means», exposición que pasó por el Hammer Museum de Los Ángeles y el Pérez Art Museum de Miami). En un momento de la conversación en el que Als está hablando de su relación con sus padres, se invierten los papeles y, entonces, es Bella quien, a partir de una pregunta de él que no es tal, sino una sugerencia, una invitación a participar de la atmósfera confesional, comienza a recordar su niñez: los años que vivió en Marruecos y el tiempo que, a su regreso a Inglaterra, pasó en una caravana de gitanos con hippies aristócratas, una de las épocas más felices de su infancia. Bella también evoca una etapa concreta, a sus 11 años, cuando, ya instalada con su madre, Bernardine Coverley, y su hermana, la hoy novelista Esther Freud, en una casa en East Sussex, su padre llamaba, cada día a la misma hora, y ella descolgaba el teléfono. Sabía que era él, lo mismo que él sabía que ella estaba al otro lado de la línea, pero ninguno hablaba. No porque no tuvieran nada que decirse, sino porque su relación, cercana aunque construida en la lejanía, cálida a pesar de la frialdad a la que puede condenar la distancia, no podía articularse mediante palabras, quizá no las necesitaban. Era el silencio, cómplice y comprensivo, el hermoso silencio filtrado en las respiraciones de esa llamada, lo que sostenía el intenso amor que se tenían. Al escuchar ese recuerdo de Bella Freud, me acordé de las últimas palabras que Hamlet le dice a su amigo Horacio antes de fallecer: «Para mí solo queda ya… silencio eterno». Porque a veces, además de inevitable, el silencio es necesario, reconfortante, un refugio frente al ruido que acecha, igual que la muerte.
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