Tailandia investiga al constructor chino del edificio derrumbado en Bangkok por el terremoto

En una macrociudad con 17 millones de habitantes y el firmamento asaetado por rascacielos, un edificio dimitió por un seísmo a un millar de kilómetros. Las autoridades de Tailandia ya han ordenado que se explique ese hecho diferencial y, a la espera de las conclusiones, muchos apuntan al constructor chino. Mientras, la Junta Militar de Birmania elevó este martes el balance de muertos a 2.719 aunque se espera que la cifra final sea muy superior, mientras las organizaciones humanitarias se afanan en atender a los damnificados por el grave terremoto.
El eficio en cuestión bajo escrutinio es la mole de cemento y acero que se levantaba en una de las zonas más concurridas de Bangkok. En él trabajaban un centenar de personas a mediodía del viernes cuando sus 30 pisos repartidos en más de 137 metros se vinieron abajo. Sólo a un puñado de la planta baja le dio tiempo de ganar la calle tras los primeros temblores, 12 cadáveres han sido ya recuperados y el resto sigue en sus tripas.
La primera ministra, Paetongtarn Shinawatra, ha ordenado a un comité de expertos que le informe en una semana sobre la calidad de la construcción, quién aprobó el proyecto y cómo se supervisaba. No cuesta imaginar las dimensiones del drama si, en lugar del centenar de obreros, en el edificio ya concluido vivieran miles de personas. La ley, ha recordado Shinawatra, obliga a diseñar los edificios para resistir seísmos.
Funcionarios del Ministerio de Industria recogían el domingo muestras entre los restos y el Gobierno, respondiendo a la expectación popular, permitió que las televisiones filmaran y retransmitieran en directo su análisis. El ministro, Akanat Promphan, ya había apuntado a la mejorable calidad de las vigas metálicas que fortificaban el cemento y las primeras pruebas detectaron defectos en un pequeño número de las analizadas. Falta por concretar si eso explica por sí solo el derrumbe pero no es un problema nuevo el Tailandia. El Gobierno ha cerrado siete fábricas en los últimos seis meses que producían acero por métodos anticuados y sin la calidad exigible.
Malestar social con China
El edificio era levantado por una ‘joint venture’ formada por un constructor chino, China Railway Number 10, la unidad local de una compañía estatal china, y una empresa tailandesa. Las sospechas deberían repartirse a medias pero los tailandeses sólo miran a los chinos. Influyen varios motivos. Las ubicuas inversiones de China han generado malestar social y muchos culparon al anterior Gobierno del general Prayut Chan-o-cha de premiar a sus empresas con demasiados contratos públicos. El edificio investigado ahora iba a destinarse a, paradójicamente, una agencia anticorrupción gubernamental. El envío reciente de decenas de uigures hacia China, donde les esperan probables calamidades, ha vuelto a subrayar esa sintonía entre Pekín y Bangkok.
También influyen los precedentes, antiguos pero aún vivos en la memoria. China tenía un problema muy serio con la construcción décadas atrás por una mezcla de corrupción y subdesarrollo. Triunfó la brillante metáfora del primer ministro, Zhu Rongji, cuando inspeccionaba en 1998 una zona devastada por las inundaciones y culpó a los «edificios tofu». Son aquellos en los que el constructor y el gobierno local firmaban unos materiales de construcción de alta calidad, usaban una más baja y se repartían la diferencia. El fenómeno quedó descubierto en todo su dramático esplendor tras el seísmo de 2008 que dejó casi 100.000 muertos en Sichuan. Muchas de las escuelas que sepultaron a centenares de niños fueron identificadas como «edificios tofu». Todo aquello es pasado en China pero hay dudas de que sus compañías sean tan escrupulosas en el exterior.
El edificio, de hecho, ya había despertado dudas antes del viernes. Su final del proyecto estaba programado para el próximo año pero acumulaba retrasos y el Gobierno amenazó en enero con cancelarlo si los constructores no espabilaban. Los inspectores habían visto en sucesivas visitas muchos menos trabajadores de los previstos y sospechado de recortes de gastos. «Quizá hubo prisas para completar el proyecto a última hora, lo que pudo causar que los estándares de trabajo bajaran», razonó el vicedirector de la agencia auditora estatal, Sutthipong Boonnithi.
Más de 2.700 muertos en Birmania
Mientras, en la vecina Birmania la Junta Militar ofreció este martes una actualización de las víctimas del seísmo: 2.719 muertos, 4.521 heridos y 441 desaparecidos, según el líder del gobierno, el general Min Aung Hlaing, citado por el medio ‘Myanmar Western News’.
Ahora la preocupación de las organizaciones humanitarias, como agencias de Naciones Unidas o Médicos sin Fronteras (MSF), se centra en la escasez de agua potable, pues la presencia de cadáveres en las calles que han empezado a descomponerse eleva el riesgo de propagación de infecciones y enfermedades. Hace unos meses, varios municipios de Mandalay registraron un brote de cólera, recuerda la Organización Mundial de la Salud.
Según las autoridades, más de 8,5 millones de personas están sufriendo las consecuencias del seísmo de 7,7 grados que golpeó el viernes el país y se dejó sentir en Tailandia, China y la India.
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