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The Silent Route: por la famosa ruta motera del Maestrazgo | Escapadas por España | El Viajero

The Silent Route: por la famosa ruta motera del Maestrazgo | Escapadas por España | El Viajero
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  • Publishedmayo 29, 2026



Hace 30 años, por los páramos y barrancos fantasmales del Maestrazgo de Teruel no se aventuraba más que José Antonio Labordeta con su mochila. Se adentraba en la comarca caracoleando con un traqueteante Nissan Patrol de seis cilindros entre las cuchillas gigantes de los Órganos de Montoro, se enteraba mientras comía en el Hotel de la Trucha de que este establecimiento de Villarluengo había sido hace siglos la primera fábrica de papel moneda de España —“había 24 burros en nómina para transportarlo a Madrid”, le contaba el dueño, “y echaban 27 o 28 días de viaje­”— y se arrimaba a pie al nacimiento tumultuoso del río Pitarque canturreado una jota y rezongando fuera de guion: “¡Jodó, qué caminatica!”. Gente veía poca, muy poca. Solo masoveros naufragando con sus decrépitas masías, curas abrumados por el peso monumental del patrimonio artístico a su cargo y vecinos que se escondían para no salir en televisión: “Los escasos habitantes que quedan no tienen ningún interés en hablar con los forasteros, ni ganas siquiera de hacerlo entre ellos mismos”. Turistas, ni uno.

En cambio, hoy, un día cualquiera entre semana, cientos de moteros recorren arriba y abajo los 54 kilómetros de la carretera A-1702, la ondulante espina dorsal que vertebra esta comarca alta, abrupta y solitaria, desde Venta La Pintada, en Gargallo, hasta el puerto del Cuarto Pelado, muy cerca de Cantavieja, la capital del Maestrazgo. The Silent Route la llaman, porque cuando paran sus máquinas no se oye nada en absoluto. Desde que fue elegida como la mejor ruta nacional en los Premios Mototurismo 2022, no ha dejado de crecer a lo largo de ella el ruido de los vehículos y de las cajas registradoras. Los moteros no han descubierto nada, pero han traído animación a una comarca que no es que esté vaciada: es que parece que no ha sido nunca habitada. Ahora hay monumentos moteros, restaurantes para ellos, carteles que atiborran con las pegatinas de sus clubs y miradores para que se hagan las fotos de rigor con la visera del casco alzada. A rebufo de las motos, van llegando también coches y autocaravanas llenos de un público menos pendiente de sus vehículos y más del paisaje, que está deseando aparcar y alejarse del asfalto.

Desayuno típico y calórico en Venta La Pintada

Llegamos al bar, restaurante y hotel Venta La Pintada, en Gargallo, a las 9.00. Y nos alegramos de hacerlo en esta ocasión en coche porque fuera hace cinco grados. “Tranquilos”, nos dice la ventera al vernos entrar tiritando, “que enseguida el termómetro marcará 20”. Para ir entrando en calor, recomienda desayunar un par de huevos fritos con conserva. En Teruel, la conserva no es nada enlatado, sino lomo, costilla y longaniza de la matanza fritos en aceite de oliva virgen extra y envasados en tarros. Desayunar más (unas 800 calorías) por menos (10 euros) es difícil. “Y para comer, si vais a volver por aquí, os sugiero la especialidad de la casa: judías blancas con chorizo, oreja y morro”. Otras 800 calorías. “Si desayunáramos y comiéramos todo eso”, bromeamos, “iríamos más calentitos en el coche que Javi Cantero en su moto o que Marc Márquez en MotorLand Aragón”.

Estando en estos coloquios con la ventera, vemos entrar en el bar a un motero grandullón con el casco bajo el brazo y con evidentes ganas de pegar la hebra. Hugo, que así se presenta, nos explica que ha recorrido 20 veces la Silent con sus cuatro motos —una BMW K 1600 Grand America, una Vespa de 1988, una vetusta Dnepr soviética con sidecar y una Honda X-11 de 140 caballos, que es la que ha traído hoy— y se ofrece a guiarnos yendo con su burra delante de nuestro coche los primeros kilómetros, aunque el camino es imperdible. De hecho, la carretera A-1702 arranca ahí mismo, enfrente de Venta La Pintada, y para más señas hay en su inicio un cartel atestado de pegatinas que reza: “Bienvenido Rutas Aragón Slow Driving, The Silent Route”. Se supone que es una ruta para hacer sin prisa, pero lo cierto es que a Hugo lo perdemos de vista en cuatro curvas —“los moteros aceleramos en ellas para mantener la tracción”, nos ha advertido—.

Ejulve: monumentos y bares moteros

Antes de perder de vista a nuestro guía, hemos reparado en que hacía un gesto a todos los moteros con los que se cruzaba, una especie de señal de la victoria con el brazo izquierdo extendido hacia abajo en un ángulo de 45 grados, como avisando de que detrás de él venía un caracol, algo muy lento y voluminoso, refiriéndose tal vez a nuestro coche. Pero en el área de descanso que hay en el kilómetro 9 de la A-1702, justo antes de entrar en la población de Ejulve, descubrimos que su gesto era y es el habitual entre moteros, de pura camaradería. Allí está él sentado con otros al sol en la peana escalonada del monumento del Saludo Motero, obra de Architecnica Creativos que muestra una mano gigante enguantada haciendo la susodicha uve, aunque aquí apuntando hacia el cielo para que luzca mejor en los selfis.

Al atravesar Ejulve vemos anunciadas —y tomamos nota para la vuelta— dos terrazas para moteros: la de El Portal de la Silent (673 19 11 27) y la del Bar La Carretera (978 07 52 88). Y en el puerto de Los Degollaos, que está 11 kilómetros más adelante, encontramos otra área de descanso y otro monumento emblemático de esta ruta, en el que aparece una cabra montés —animal que ocupa un lugar destacado en la pirámide ecológica del Maestrazgo, justo por debajo del buitre leonado— encaramada en una cumbre picuda, avizorando el panorama inmenso y desolado del sudeste de Teruel. Es el logotipo monumental de The Silent Route, delante del cual todos los moteros se retratan con sus monturas y comparan estas con las de los que están delante y detrás en la cola para sacarse fotos. “La tuya debe de tirar como una bestia, ¿no?”, le pregunta por preguntar algo a nuestro guía el último de la fila. Aritz Saratxaga, que así se llama, tampoco lleva una mala moto, una BMW F 800 GS Adventure con la que, según cuenta, ha recorrido hace poco la Transpirenaica y ha tardado 20 horas en llegar aquí desde su Bilbao natal. En realidad, podría haber empleado solo cinco, pero ha parado 20 veces para repostar, ir al baño, estirar las piernas, llamar a casa, dormir en una posada, desayunar huevos fritos con conserva y hacerse fotos como esta.

Unos órganos de piedra y una antigua fábrica de papel

A partir del puerto de Los Degollaos, la ruta se vuelve más interesante, más sinuosa. Siete kilómetros después, la carretera se retuerce como una culebra de escalera al atravesar un desfiladero cuyas paredes semejan cuchillos puntiagudos, altos como rascacielos. En tales cuchillos —en realidad, estratos calcáreos del Cretácico Superior, plegados durante la orogenia alpina hasta quedar en posición vertical, y luego quebrados y erosionados por el viento, la lluvia, el hielo y las aguas del río Guadalope, que parte el cañón por la mitad—, la imaginación popular ha preferido ver los tubos de unos órganos colosales. Por eso, y por hallarse en las vecindades de Montoro de Mezquita, una minúscula pedanía de Villarluengo, se los conoce como monumento natural de los Órganos de Montoro.

Tras rebasar el mirador de los Órganos, el asombro no disminuye, sino que se acrecienta. Varias revueltas y un túnel excavado en la pura roca permiten a la carretera descender rápidamente a las profundidades por las que corre el río Pitarque, afluente del Guadalope. Es como si, al atravesar el túnel, se llegara a un lugar muy distante: con vacas y orbayu, podría pasar por una garganta de los Picos de Europa. Y a un tiempo muy lejano, porque de pronto se descubren Las Fábricas de Villarluengo, un complejo industrial de 1789 donde con la fuerza del río se hizo papel continuo antes que en ningún otro sitio de España y donde había viviendas, capilla y escuela para más de 200 familias. Ahora es un hotel rural de cuatro estrellas, La Trucha, con comodidades impensables en estas asperezas: tiene piscina de verano, restaurante distinguido con un Solete Repsol y, lo que más importa a los moteros, aparcamiento cubierto.

Río Pitarque: nacimiento milagroso

Un kilómetro y medio más adelante, se desvía a la derecha la angosta carretera que conduce al pueblecito de Pitarque. Los moteros se quedan en los túneles que hay al poco de avanzar por ella, haciéndose fotos bajo los arcos esculpidos con pico y barrena hace más de 70 años y llenando con las pegatinas de sus peñas y clubs el panel informativo de un coto de pesca, del que ya no puede leerse una sola palabra. Más allá de los túneles, no se les ha perdido nada. Nada que puedan visitar con sus monturas.

Quienes viajan en coche, en cambio, pueden darse el gusto de continuar prácticamente solos por la misma carreterilla hasta Pitarque, que está 2,8 kilómetros después de los túneles, y aparcar en este pueblo olvidado del mundo para seguir el sendero que lleva hasta el nacimiento del río homónimo. El SL-TE 30 —un itinerario bien señalizado de poco más de 10 kilómetros y tres horas, incluida la vuelta por el mismo camino— permite adentrarse en el cañón donde el río brota de golpe con un caudal de hasta 1.500 litros por segundo, formando cascadas y pozas cristalinas. Si el Pitarque naciese en el Pirineo o en la Cordillera Cantábrica, sería uno más entre un millón de ríos. Pero como surge de sopetón, con un chorro tumultuoso, en el corazón de una de las comarcas más áridas, ásperas y peladas de España, es un prodigio, el mayor –del Maestrazgo de Teruel. Es como si la roca caliza de estos cortados de casi 200 metros de altura se licuase bajo su propio peso, se hiciese agua. El folleto y el track de este sendero se pueden descargar en rednaturaldearagon.com.

Recuerdos de forasteros acróbatas y de maquis

De regreso en la carretera A-1702, la ruta continúa bordeando precipicios y bonitos pueblos de casas colgadas como Villarluengo y Cañada de Benatanduz. En el primero, vale la pena asomarse al Balcón de los Forasteros, un mirador con vistas sobre el cañón del río Cañada, afluente del Guadalope que rodea como un foso el enriscado caserío. Su nombre, según los vecinos, se debe a un forastero que, perseguido por una de las vaquillas que se sueltan en fiestas por estas calles vertiginosas, saltó al vacío, librándose de una castaña tremenda al agarrarse in extremis a las piedras del borde. El que no tuvo tanta suerte y cayó balcón abajo fue el animal.

En el kilómetro 50, a cuatro del final de la ruta, moteros y automovilistas se apean de sus vehículos para subirse en El Caimán de las Montañas, una simpática réplica del autobús de línea de color verde —de ahí, su nombre— que recorría a diario esta carretera hace ya 90 años, yendo de Alcorisa a Cantavieja. Ahora da mucha risa retratarse asomados a las ventanillas de este autobús de pega. Pero no se reían los viajeros cuando el de verdad fue asaltado por unos maquis el 17 febrero de 1948, cerca del puerto de Los Degollaos. Los guardias civiles que escoltaban el autobús no pudieron impedir que desvalijaran a los pasajeros, ni que al dueño del mismo, que además era teniente de alcalde de Villarluengo, lo tirotearan, dejándolo medio muerto y medio ciego, o sea tuerto.

Del puerto de Cuarto Pelado a Mirambel

Cinco minutos y 32 curvas después, llegamos a una encrucijada próxima al puerto de Cuarto Pelado, donde un cartel anuncia el final —o el principio, según se mire— de The Silent Route y otro que es un Lugar de Interés Geológico, con un clima periglaciar que no invita a oxigenarse con un maillot de licra, como hacen muchos ciclistas. Aquí Hugo dobla a la derecha para dirigirse por Fortanete y el puerto de Valdelinares hacia su pueblo, Mora de Rubielos, del que comenta orgulloso que es alcalde. Seguir a Hugo Arquímedes Ríos —el nombre completo de este regidor motero que nos ha servido amablemente de guía— es muy tentador, porque Mora de Rubielos forma parte de la Red de Pueblos Gastronómicos, donde más y mejor se come de España. Pero también es grande la tentación —y esta, al final, nos vence— de tirar a la izquierda para bajar a Cantavieja, que es uno de Los Pueblos Más Bonitos de España.

Cantavieja, la capital del Maestrazgo, está también al borde de un cortado, como Villarluengo y como Cañada de Benatanduz. Destaca en ella por su monumentalidad la porticada plaza de Cristo Rey. Y por su curiosidad, el museo de las Guerras Carlistas, que recuerda que esta fue la capital carlista de España y el cuartel del general Cabrera, El tigre del Maestrazgo. Al este de Cantavieja, queda La Iglesuela del Cid, pueblo medieval cuya estampa más típica es la torre almenada de los Nublos recortándose sobre la plazuela que comparten la iglesia, la casa de la Villa y el palacio Matutano-Daudén. Y al norte, Mirambel, otro de Los Pueblos Más Bonitos de España y el primero del país que recibió el Premio Europa Nostra, en 1981, por la acertada restauración de su patrimonio arquitectónico. Medio siglo antes, en la novela La venta de Mirambel, Pío Baroja había comparado este pueblo amurallado con un fósil, con “un animal muerto de su concha”, y los cerros de piedra caliza que lo rodean con “ruinas de inmensos palacios y castillos, de ciudadelas de cíclopes o de gigantes”. El escritor había visitado Mirambel en 1930, en un Hispano Suiza conducido por su sobrino Julio. A Pío Baroja, que iba siempre con su boina, su bufanda y su raído abrigote de paño oscuro, cuesta imaginarlo en una moto y más haciendo el saludo motero. El Maestrazgo que vio no cuesta imaginarlo. Sigue siendo casi el mismo.





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