Todas las almas merecen un descanso digno, sin importar en qué lado lucharon
Alexei carraspea sin que su rostro apenas exprese un solo gesto. Una neblina blanquecina vela sus ojos, mientras sostiene una porción de cráneo. Y segmentos vertebrales que se deshacen en su mano. No emite palabra. Tan solo observa. En cuclillas, sacude con sus guantes azules el uniforme militar que un día albergó a un hombre. La chaqueta y el pantalón conservan todavía su figura. Pero el interior es vacío. Aire. Rescata de pronto de uno de los bolsillos un pedazo de papel ajado y manchado. ‘Andrei. Moscú’, lee en alto, liberando por primera vez su voz. «Hay un número de teléfono inscrito. Bien. Nos ayuda a situar la procedencia», dice. Quien quiera que fuese, fue un soldado ruso.
[–>[–>[–>De nuevo, impera el silencio. Alexei y su grupo de voluntarios Platzdarm encaran una labor compleja. Delicada. Deben identificar los cuatro cuerpos que han recuperado del frente. «Si yo muriese, desearía que me buscasen, que me devolviesen a casa», confiesa Alexei exhalando cierta ternura, sin perder detalle de la faena. Alexei conversa con lo inerte, quien le habla a su manera, ofreciéndole pistas para reconstruir una posible identidad. La historia de ese cuerpo al que el tiempo y la muerte, en alianza, han desintegrado. Cientos de moscas aletean excitadas, trazando círculos infinitos. Se sienten inevitablemente atraídas por el hedor que desprenden los restos que yacen sobre la lona blanca, ahora enmarronada. Gotea putrescina. Ácidos.
[–> [–>[–>Salvo esa nota, un cinturón oxidado y unas botas ennegrecidas parcialmente reventadas por una mina, lo demás se ha desvanecido. «Vlad, por favor», clama Alexei a su compañero voluntario, quien le acerca, siguiendo el procedimiento de siempre, una pizarra para reflejar con rotulador la información extraída. Alexei enumera. Vlad anota, y un tercer voluntario fotografía secciones valiosas del cuerpo, iluminándolas con el flash. Por ahora, la identidad del cadáver se reduce a un puñado de palabras inconexas, y a una cartulina que le asigna un número. La cifra de soldados caídos recuperados por Platzdarm asciende ya a 1.500.
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Los buscadores de cadáveres en la guerra de Ucrania / XIMENA BORRAZÁS
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El recurso del disfraz
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Los otros tres cuerpos, algo más enteros y viscosos, esta vez, también pertenecen a soldados rusos. Un blíster de ibuprofeno, unas gafas sin su cristal izquierdo, una tarjeta de crédito, un tatuaje en la espalda, o una mugrienta cinta de Georgiev -que representa de manera nostálgica el patriotismo de la «Madre Rusia»- desvelan sus orígenes. Sin embargo, la duda siempre juega un rol esencial. Es el caso del último cadáver, que aún conserva los pies, cubiertos con unos calcetines del Ejército de Ucrania. Alexei susurra algo a su compañero en ucraniano y comparten impresiones hasta resolver parcialmente el enigma: «sí, es ruso. Formaría parte de un equipo de sabotaje. Posiblemente ocupó una base militar y se vistió con ellos». Alexei aclara que, en ocasiones, «si no estamos seguros, anotamos «desconocido» para que refuercen las pruebas de ADN». Es habitual que tanto soldados rusos como ucranianos «se disfracen para recortar posiciones».
[–>[–>[–>Encontrarse con cuerpos de ambos bandos es algo habitual en el frente de guerra. Los restos se amontonan tras la batalla. «Nuestra labor previa a la identificación es limpiar el perímetro de combate. Bosques o páramos donde se mezclan sus líneas y las nuestras. Peinamos la zona desde el primer hasta el último árbol», matiza Alexei, mientras recuerda una de las misiones que más le ha impactado en estos años.
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Ocurrió en Klishchiivka, al sur de Bakhmut. «Nunca había visto algo así, tal cantidad de cuerpos desperdigados. He visto muchas cosas, pero no esto. Toda la ladera estaba cubierta de cuerpos, ni siquiera había espacio para poner un pie, se habían acumulado cadáveres de combatientes de 2022, 2023 y 2024», relata Alexei. Son situaciones psicológicamente extremas, en las que, además, el peligro siempre acecha. Platzdarm llega adonde nadie más lo hace. Cargando con cuerpos de soldados caídos durante kilómetros, bajo la letal cúpula que envuelve el frente de guerra, custodiada por huestes de drones-verdugo.
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Los buscadores de cadáveres en la guerra de Ucrania / XIMENA BORRAZÁS
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La ‘zona de muerte’
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En apenas un año, la situación es infinitamente más peligrosa. La llamada ‘zona de muerte’ abarca cada vez más terreno y apenas hay sectores seguros. Su logística se ha visto radicalmente alterada y se valen de la niebla para trabajar, porque entorpece algo la visibilidad de los drones. Casi haciendo un pacto con la bruma «esperamos el momento de entrar», cuenta Alexei. En ese instante, quizá, tienen una oportunidad para recuperar el cuerpo.
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El compromiso de Alexei y su equipo es tal que archivan la angustia y el sobrecogimiento en un hondo compartimento de su mente, al que solo recurren una vez se quedan a solas con sus pensamientos. Es lo que les ha sostenido todo este tiempo. «Para mí es muy importante que todas esas almas tengan un último descanso digno. Que sus familias puedan despedirse en un entierro, dedicándoles las palabras que quizá nunca pudieron expresarles en vida y que puedan acudir a un lugar sagrado para honrar su memoria», argumenta Alexei, que lleva lleva más de 20 años como «buscador de cadáveres».
[–>[–>[–>Empezó siendo apenas un adolescente, porque ya entonces sintió que era su deber. «Hasta 2014 nos dedicábamos a buscar a los caídos de la Primera y Segunda Guerra Mundial y a las víctimas de las represiones políticas», recuerda. «Encontrábamos fosas donde habían sido fusiladas personas por los nazis o por el NKVD. Eran soldados soviéticos, alemanes y aliados. Les dábamos sepultura, enviábamos sus restos a asociaciones funerarias o los repatriábamos si surgía contacto con familiares. Los devolvíamos a casa», cuenta.
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Los buscadores de cadáveres en la guerra de Ucrania / XIMENA BORRAZÁS
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Trato directo con la familia
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Y no es tarea sencilla, reconoce. Ellos también lidian con el desgarro. «Es muy doloroso. Mucho. Ver un destino destruido. Un destino humano. Sientes por los muertos algo que nunca creíste poder llegar a sentir. Es difícil de explicar y depende también de quién sea el fallecido, en especial, si lo encuentras tú, tras mantener trato directo con sus padres y haber conocido el camino de esa persona desde el principio hasta su último aliento. La pena pasa por ti, porque te conviertes en parte de esa familia», cuenta algo cabizbajo, descubriendo su interior.
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Alexei y su equipo no dejan de ser una suerte de vínculo entre la vida y la muerte: «Es muy difícil, porque eres portador de desdichas, de una verdad terrible con la que las familias tendrán que vivir por siempre. Deberán comprender que jamás volverán a ver ni a abrazar a esa persona que ya se ha ido».
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Pero Alexei, con el paso de los años, ha logrado encontrar algo de alivio. Una motivación, incluso compartida por los suyos. Sus hijos y su mujer, quien también ha participado en varias búsquedas. Lo que les ayuda a seguir adelante: «para nosotros es un honor si conseguimos devolver a alguna familia a su hijo, marido, hermano o padre. Significa que el esfuerzo ha merecido la pena». Y no importa la nacionalidad. Ni en qué lado lucharon. Ya sean ucranianos. Ya sean rusos. Para el grupo de voluntariado Platzdarm todas las almas son iguales. Blancas. Que necesitan avanzar sin culpa ni rencor que les atrape en este mundo.
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Alexei defiende por encima de todo la importancia de mantener intacta su humanidad, pues es algo que ya de por sí las guerras arrebatan. Y reflexiona: «La guerra me ha enseñado hasta qué punto una persona puede llegar a convertirse en un no-humano. En algo peor que un animal. Porque en la guerra la vida humana no vale nada. La guerra muestra el blanco y el negro, sin matices». Quizá, añade, «sea demasiado estúpido. Y no termino de entenderlo o no quiero hacerlo, pero hasta que la gente no comprenda que todos somos habitantes de este mismo planeta, nada cambiará». Aun así, Alexei tiene un sueño: «Que todo termine. Para todos. Las consecuencias son terribles. Las heridas, físicas y psicológicas se sufrirán por siempre. Y muchos, demasiados, ya nunca volverán».
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