Trump, el sheriff de «Sin perdón»
Donald Trump cabalga de nuevo por la pradera global como el sheriff de “Sin perdón”: estrella brillante en el pecho, Colt al cinto y una sonrisa torcida que promete justicia al tiempo que reparte culatazos. Representa el papel del alguacil tosco de la película de Eastwood en su versión bravucona y pendenciera, convencido de que la ley es una extensión del dedo índice. La norma no se cumple: se impone. Primero dispara y luego pregunta.
[–>[–>[–>En este pueblo polvoriento que llamamos mundo, la gente no duerme tranquila por culpa de los cuatreros de siempre —Maduro, Putin y otros forajidos con polvo y sangre en las espuelas—, pero especialmente por el tipo que asegura venir a protegerlos. Porque este sheriff no distingue entre orden y capricho: multa, amenaza, sanciona y dicta la ley a su conveniencia.
[–> [–>[–>El Far West vuelve a estar de moda y, como entonces, todo gira en torno al botín. Hoy no se trata de vetas doradas, sino de tierras raras: las nuevas pepitas de la globalización que prometen poder, chips y supremacía. Quien controle la mina manda, y Trump lo sabe. Por eso levanta aranceles como cercas, dispara decretos como balas y decide quién bebe agua y quién mastica polvo.
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La ironía es que el defensor de la ley se ha convertido en el pistolero que desenfunda más rápido No busca paz, sino duelo. Y mientras el sheriff presume de orden, el pueblo aprende una vieja lección del Oeste: cuando la justicia depende del humor del que porta la placa, más vale esconder el oro… y rezar para que no te pille la ráfaga en la calle.
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