Ucrania intenta aislar a Crimea con ataques contra terminales petroleras, infraestructuras y baterías antiaéreas
Fue una dura decisión para el Kremlin; uno de esos gestos que, en un conflicto armado como el de Ucrania, posee la capacidad de modificar percepciones, estados de ánimo e incluso impactar de forma sustantiva en la moral de un país en guerra. Las autoridades de ocupación en la península de Crimea acaban de decidir, entre otras medidas, la evacuación de Artek, el célebre campamento de verano soviético donde en los años 70 y 80 eran educados jóvenes izquierdistas de todo el mundo y cuyas instalaciones el régimen de Vladímir Putin había revitalizado con millonarias inversiones tras la anexión del territorio en 2014. De acuerdo con el decreto firmado por el gobernador de la Administración ocupante, Serguéi Aksiónov, todas las estancias en Artek quedaron canceladas y no se admiten ya nuevas reservas, al menos hasta septiembre.
[–>[–>[–>Crimea, apodada frecuentemente en el espacio postsoviético como la ‘joya del mar Negro‘, es el más preciado de los territorios cuyo control ha adquirido el Kremlin en los últimos años por la fuerza de las armas. «Es un pilar central de la estrategia de seguridad de Rusia», valora el analista Lakhmesh Sharma en un largo artículo difundido por la plataforma SSRN. Tras la ocupación de la península, hace ahora ya más de 12 años, un número no despreciable de dirigentes políticos en Occidente llegaron incluso a asumir los razonamientos históricos esgrimidos por Moscú, mostrándose incluso dispuestos a pasar por alto la violación al derecho internacional que implicaba su integración ‘manu militari’ en la Federación Rusa.
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Conscientes de esta realidad, los mandos militares ucranianos, provistos de drones de medio y largo alcance como los UJ Bober, capaz de destruir un objetivo situado a 1.000 kilómetros, los modernos Lyutyi o hasta los FP-2, dotados de cohetes pesados de aviación S-8, han concentrado en los últimos días sus ataques en objetivos de la península crimeana para dificultar, no solo la vida diaria de aquellos quienes fueron sus ciudadanos en el pasado, sino también para forzar la evacuación de los turistas e infligir un daño irreparable al sector terciario, uno de los pilares de la economía de la región.
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Presión psicológica
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En concreto, durante la campaña de Crimea, se han destruido instalaciones de almacenaje de hidrocarburos, terminales de petróleo, baterías antiaéreas, radares, ferris que cubrían la ruta entre la península y la vecina región de Krasnodar y hasta barcos para el mantenimiento de cables submarinos de telecomunicaciones. «Es una suerte de presión psicológica; todas las noches hay drones y sirenas; no es posible dormir», se lamentó Yúlia, una mujer que no quiere decir su verdadero nombre, a la agencia France Presse.
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Un ataque ucraniano contra un edificio en Crimea, en plena campaña militar. / Sergei Malgavko / Europa Press
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La campaña está produciendo, resultados, al menos sobre el papel. El gobernador Aksiónov, junto a Mijaíl Razvozháev, el gobernador de la ciudad autónoma de Sebastopol, base de la flota rusa del mar Negro, acaba de declarar, en un mensaje distribuido por Telegram, la «emergencia nacional» para poder «garantizar los servicios básicos». El suministro de combustible a clientes privados ha sido suspendido, mientras que la empresa de energía Krimenergo implementaba cortes en el suministro eléctrico debido a los bombardeos. El territorio ha quedado semiaislado del resto de la Federación Rusa, después de que las fuerzas ucranianas atacaran con fruición los puentes de la ruta Rostov-Crimea, una de las tres vías de acceso al territorio, y a los camiones que por esta ruta transitaban. El puente que une la región de Krasnodar con la localidad de Kerch, aunque de gran comodidad para los vehículos, ha sido atacado en repetidas ocasiones. Según datos de las autoridades de ocupación, desde que se inició la campaña aérea contra Crimea, al menos seis personas han resultado muertas como consecuencia de los bombardeos.
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El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, exuda confianza estos días. «La crisis con el combustible, la logística militar y la gobernanza en Crimea está empeorando literalmente cada día», ha proclamado, sin ocultar su satisfacción. «La Administración rusa de ocupación está admitiendo sin ambages que es incapaz de resolver los problemas que le ha planteado nuestros aparatos de alcance medio», ha continuado, antes de hacer hincapié en que toda esta actividad bélica es parte de un plan de 40 días de intensificación de las hostilidades para «forzar» al Kremlin a negociar. Con todo, la estrategia del Gobierno podría no generar los resultados deseados. Denis Volkov, director del Centro Levada de Moscú, la única institución independiente para estudiar la opinión pública en Rusia, admitió a la agencia Bloomberg que «el clima general» era ahora «de mayor inquietud». Pero ello ha generado «un mayor resentimiento y un creciente apoyo a ataques más decisivos y agresivos contra Ucrania», concluyó.
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