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Un grito para dejar sordo a Sánchez

Un grito para dejar sordo a Sánchez
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  • Publishedenero 8, 2026



Más de medio centenar de feministas socialistas gritan a la puerta de Ferraz. Quieren dejar sordo a Pedro Sánchez. Ayer sacaron un manifiesto que no es un texto más. Es la carta que queda antes de cerrar la puerta. No contiene lemas publicitarios. Es algo más bien incómodo para el secretario general. Se trata de memoria. Cuando un partido que ha hecho del feminismo una seña de identidad empieza a escuchar a sus propias mujeres decir que han pasado de protagonistas a «espectadoras» -e incluso a «compañeras de viaje incómodas»- ya no estamos ante un matiz ideológico, sino ante una grave ruptura de la maquinaria socialista.

El documento está escrito con la tranquilidad de quien sabe que tiene razón. Y repasa cuarenta años de políticas de igualdad, no por nostalgia, sino para poner de relieve lo que se ha roto en el camino: el vínculo entre el PSOE y el feminismo organizado. Antes, explican los firmantes, hubo debate. Y ahora, lamentan, sólo hay un silencio incómodo cuando las críticas vienen desde dentro. El feminismo socialista -ese que planteó cuotas, leyes y consensos- denuncia que ya no decide. El reproche más demoledor no es que se hayan cometido errores en la detección del «caso Salazar» y el resto de escándalos de acoso sexual, sino que se hayan manejado magníficamente. Les da igual que Sánchez haya asumido el error «en primera persona» porque nada ha cambiado. «No basta con indignarse, es necesario hacer autocrítica», afirman.

Traducido: no basta con rasgarse la ropa cuando estalla un escándalo de abuso o comportamiento sexista si luego se actúa tarde, mal o mirando al techo. El feminismo no pide pureza moral, nunca la ha pedido, pide coherencia política. Y el PSOE, que durante décadas supo leer ese lenguaje, hoy parece haberlo olvidado en algún cajón de Ferraz.

Los firmantes, entre los que destacan los nombres de Elena Valenciano –ex número dos del PSOE– y Amelia Valcárcel, también formulan una amenaza electoral directa al corazón de la preocupación socialista: si las mujeres dejan de confiar en el PSOE, el PSOE pierde su ventaja competitiva. El famoso «voto diferencial» de las mujeres no se mantiene a base de «hashtags», camisetas irónicas, discursos de resistencia épica o vídeos calculados en «TikTok» con recomendaciones de libros y canciones desde el sillón de la Moncloa. Sigue siendo creíble.

Y la credibilidad no se decreta, se construye escuchando incluso a quienes incomodan a la gente. Lo que estas mujeres dicen, básicamente, es que el partido corre el riesgo de confundirse como adversario: mientras lucha con la derecha y la extrema derecha, parece descuidar el terreno en el que se encuentra.

El manifiesto es también un elegante desafío a la política de los atajos. De esa tentación tan contemporánea de gobernar sin intermediarios, sin organizaciones sociales, sin debate previo, como si la legitimidad emanara directamente del Consejo de Ministros sin rendir cuentas a nada más. Los firmantes recuerdan algo elemental y hoy casi subversivo: las grandes leyes feministas no nacieron del monólogo del poder, sino del conflicto social. Sin feminismo organizado no hay política feminista sostenible.

La petición final –una conferencia sobre Igualdad en 2026 en Ferraz– es, en realidad, una última llamada de emergencia. No es una rebelión, es una advertencia.

Las feministas socialistas no amenazan con irse; Advierten de lo que sucede cuando quedan fuera. Y lo hacen desde dentro, con una mezcla de lealtad y cansancio que resulta especialmente incómoda para una dirección acostumbrada a cerrar filas con cada estornudo del presidente y convertir toda crítica en ruido exterior. Ya sabes, aplausos, incluso si el barco se hunde.

En verdad, el PSOE se equivocaría si leyera este texto únicamente como un ajuste de cuentas. Aunque hay algo de eso detrás, esto es algo más grave: un recordatorio de que el partido que mejor se relacionaba con el feminismo puede dejar de serlo si confunde disciplina con silencio y liderazgo con sordera. A veces, el mayor acto de resistencia no es aguantar, sino rectificar. Y esta vez, el mensaje no proviene de la oposición ni de la derecha mediática, sino de la memoria viva del propio partido. Eso es lo que lo hace tan peligroso. Y necesario.



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