una investigación de Ana María Díaz Marcos, catedrática gijonesa en Connecticut
Ana María Díaz Marcos (Gijón 1968) es catedrática de literatura española en la Universidad de Connecticut (EE UU). Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo y posteriormente se doctoró por la Universidad de Massachussets. Es experta en la vida y obra de Rosario de Acuña, pionera del feminismo. “Yo soy devota de Rosario de Acuña, es mi patrona”, añade con humor. Sus investigaciones se mueven en el ámbito de los estudios de mujeres y de género. Es autora de varias obras, entre ellas la muy elogiada “Salirse del tiesto: escritoras españolas, feminismo y emancipación” (Ed. KRK, 2012), que está basada en su tesis doctoral. Y ahora acaba de publicar su cuarto libro: “Ernestina González, un pulso antifranquista” (Ed. Espuela de Plata), en el que traza una biografía de esta bibliotecaria burgalesa que, en su exilio en Estados Unidos, se convirtió en la única mujer española que fue víctima de los procesos de “caza de brujas” del Comité de Actividades Antiamericanas. Pese a la relevancia pública que Ernestina González alcanzó en su época en Estados Unidos –el FBI la tuvo siempre en el punto de mira por su activismo político– apenas era conocida en España. Este martes 17, a las 19 horas, Ana María Díaz Marcos presentara su biografía de Ernestina González en la librería La habitación propia de Gijón. Mañana miércoles, día 18, lo hará en la librería ovetense Kafka&Co.
[–>[–>[–>–¿Cómo se encontró usted con Ernestina?
[–> [–>[–>-No soy historiadora, pero cuando se te cae encima una historia así, te dices: esto tengo que escribirlo. Yo tenía una especie de beca para ir Nueva York a trabajar en la Biblioteca Pública con un periódico republicano que se publicó en español durante nuestra guerra civil. Se llama “La Voz”. Lo había encontrado hace años y quería volver a él, pero no había tenido la oportunidad. Había llegado a él a través de un congreso que hizo Antonio Insuela sobre el exilio. Es un periódico pro republicano, contra Franco, dirigido por un gallego, Severino Barbazal. Así que estoy con esa idea de ir a Nueva York y, de repente, llega la pandemia. Me tengo que quedar en casa, pero intentando trabajar en ese proyecto. Aunque la Biblioteca Pública de Nueva York estaba cerrada, un bibliotecario que trabajaba un día o dos allí, me empezó a mandar pds de las páginas dedicadas a la mujer en ese periódico. Y en uno de esos pdf’s apareció un discurso de Ernestina González titulado “Mujeres a la lucha”, que ella dio en el teatro Royal Windsor en diciembre de 1937. Era un discurso político, como mucho poderío. El teatro lleno, mucha gente se había tenido que quedar fuera. Pero yo no tenía ni idea de quien era aquella mujer. Me dije: me considero una académica feminista y, por lo menos, el nombre debería de sonarme. Pero no la conocía. Busqué y menos un artículo que había escrito una bibliotecaria sobre ella y su hermana, ambas bibliotecarias, el silencio era total. Nada. Y por ahí empecé a tirar del hilo. Luego me di cuenta de que podía haber escrito mal el apellido y comencé a buscarlo con erratas, a propósito. Y de repente di con una foto en la que aparecía Ernestina liderando una manifestación de 3.000 mujeres hispanas en Washington. Habían llegado en tren a intentar hablar con Eleanor Roosevelt, con los políticos, a desfilar por las calles de la capital…
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-Era una figura.
[–>[–>[–>-Ahora puedo decir que es la líder activista hispánica antifascista más importante de los años 30 y 40 en Nueva York. Fue una líder con una trayectoria internacional, estuvo en Francia, era amiga de Pasionaria, publicó en “Mujeres Libres” en Francia… A partir de ahí fui siguiendo su pista.
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-Pues cuénteme quién fue Ernestina González.
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[–>-Era una bibliotecaria de Burgos que nació Medina de Pomar en 1896. Fue alumna de Unamuno en algún momento en Salamanca. Acabó estudiando Filosofía y Letras en Madrid, tanto ella como la hermana pequeña. Eran varios hermanos, de una familia de clase media. Pero quedaron huérfanas jóvenes, así que el dinero no debía de sobrarles. Por eso buscaban estabilidad económica así que, tanto ella como su hermana, prepararon oposiciones en la Residencia de Señoritas. Las dos sacaron las oposiciones. Ernestina las sacó a la vez que José Moreno Villa, el poeta y dibujante. Eran grandísimos amigos. Los dos vinieron para Asturias. Ella, al archivo de Hacienda en Oviedo. Él, al archivo del Real Instituto Jovellanos. Estuvieron muy poco. No les gustó nada el tiempo. Moreno Villa lo cuenta con mucha gracia y dice que estuvo en chanclas y que estuvo lloviendo 90 días seguidos. Él era malagueño, ella era castellana y ambos venían de Madrid, de las tertulias de la Residencia de Estudiantes, donde eran amigos de Lorca, de Buñuel, Dalí… Esa era su pandilla. Entiendo no se encontraran en Asturias. En cuando pudieron, volvieron a Madrid.
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-¿Y una vez allí?
[–>[–>[–>-Luego Ernestina consigue una beca para ir a trabajar a los archivos en Paris y hacer allí el doctorado. Pero al final, entre 1926 y 1927, consigue una plaza para irse de lectora a Estados Unidos. Marcha a Lincoln (Nebraska), donde estuvo trabajando un año como lectora de español. Pero ella aspiraba a otros lugares más atractivos. En cuanto pudo marchar, se fue a Nueva York. Ahí tenemos un vacío hasta 1929, cuando empezar a trabajar en el periódico “La Prensa” que era de José Camprubí, el hermano de Cenobia (esposa de Juan Ramón Jiménez). Quizá la conexión para que Ernestina entrase a trabajar en el periódico pudo ser Cenobia. Y, también, en algún momento de esa época, Ernestina conoció a un ingeniero químico norteamericano llamado Leo Fleishman. Se enamoraron, se casaron y en 1933 se mudaron a Madrid. Él hablaba perfectamente español porque había estado en minas en Latinoamerica. Él tenía dinero, provenía de una familia de mucho dinero. En Madrid, Ernestina tenía una hermana pequeña, también casada. Leo, parece ser, se adaptó muy bien a la vida en España.
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Ernestina González, la primera de la izquierda, durante una de sus protestas en Estados Unidos a favor de la Segunda República. / Spanish Relief Association Records, Rare Books & Manuscript Library, Columbia University. Spanish Information Bureau.
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-Eligieron el peor momento para quedarse Madrid
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-Sí, estaban sentados sobre un avispero. Ellos eran defensores de la República. En Madrid se acercaron al comunismo. Cuando estábamos cerrando el libro, apareció una carta de Pasionaria donde prueba que Ernestina era militante del partido.
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-¿Cómo les fue en Madrid?
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-Pues el marido de Ernestina murió en octubre de 1936. Es el primer norteamericano muerto siendo voluntario en la guerra civil española. Murió en una explosión en una fábrica de armas que dirigía su amigo Faustino Cordón (farmaceútico y biólogo experto en la teoría evolucionista, entonces jefe de armamento en el bando republicano). El marido de Ernestina quedó muy herido y tardó unos 15 días en morir. Ellos siempre dijeron que fue un sabotaje. Ernestina queda desolada. Hay una carta que lo prueba. La hermana y el cuñado la animaron mucho a irse con la suegra a Estados Unidos y a dedicarse a la propaganda (en defensa del bando republicano).
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–Y se va.
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-Llega a Nueva York en la Nochebuena de 1936. Y desde ahí fue un no parar, nunca. Participó en infinidad de actos. Discursos, propaganda de todo tipo para conseguir dinero para apoyar a la República.
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– Y ahí es cuándo el FBI y mete en su foco.
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-Creo que desde muy al principio. En 1940 ya está claro. Era todo este asunto de lo que luego llamaron “antifascistas prematuros”. Prácticamente desde el momento en que llegaron estaban bajo el ojo del FBI. Ernestina era una de las muchísimas personas que estaban bajo escrutino. Había un montón de antifascistas y antifranquistas españoles estaban todos bajo la mira por conexiones con la izquierda. Ella ya tenía al FBI la puerta prácticamente desde 1940, hablando con el portero, revisando su correspondencia…
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-¿Y cómo descubrió usted todo eso?
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-Un día, hablando con una colega, me animó a pedir documentos al FBI. Escribí. Pensé que podía tardar siglos en llegar. Y, de repente, recibo 600 folios del FBI. No todos eran sobre ella. Había sobre mucha gente. Estaban monitorizando toda esa red de españoles vinculados con la República. No había tantos en Nueva York, ya estaban muy restringidas las leyes de inmigración. Muchos habían ido para México. Uno de los motivos por los que la vigilaban a Ernestina era que ella alojaba a españoles que iban de paso para México.
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-¿Qué fue lo que más le sorprendió de toda esa documentación del FBI?
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-Pues que para ellos todos eran rojos. En el bando republicano había distintas tendencias, pero el FBI a todos los consideraba comunistas. Y la verdad es que Ernestina lo era, pero había otros que no. Por ejemplo, se referían a “La Voz” como “el periódico comunista” y no lo era. Era un periódico pro-republicano y democrático, pero no era comunista. Ernestina los tenía a la puerta porque el FBI quería saber cuáles eran esas conexiones con México. Y además ella tenía a una hermana en la Unión Soviética. Después se exiliarse en Francia, su hermana pequeña terminó en la Unión Soviética y su marido en México.
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-¿En esa época, Ernestina se dedicó a algo más que al activismo? ¿De qué vivía?
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-Toda su vida estuvo dedicada al activismo en favor de la República. No tenía ningún problema económico, había heredado de su marido. Y vivió todo el tiempo con su suegra, una persona de muy buena posición económica, que también era activista en asociaciones antinazis. De hecho, un cuñado de su suegra, un tío de Leo Fleishman, era el famosísimo abogado antinazi Samuel Untermyer. Eran personas de muy buena posición social, la flor y la nata.
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La portada del libro sobre Ernestina González. / .
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-¿En qué derivó esa vigilancia?
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-Pues, hasta donde yo sé, Ernestina es la única mujer española llevada a juicio por el Comité de Actividades Antiamericanas. Por trabajar en un grupo que de ayuda a los refugiados españoles. Intentaban sacar a gente de los campos de concentración en Francia hacia México y otros países que admitían a los refugiados. Los llamaron a declarar y les pidieron que entregaran los papeles de la asociación. Se negaron. Había nombres de donantes, de presos políticos, tenían miedo de que hubiera a represalias contra las familias en España. Era una cuestión moral. Se plantaron. Dijeron: nosotros no damos nuestros documentos, nosotros no nos chivamos de otras personas. Esto es casi paralelo al famoso caso de “los 10 de Hollywood”. Al final, todos fueron a la cárcel. También Ernestina. Los condenaron por desacato al Congreso.
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-¿Cuánto tiempo?
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-Estuvo tres meses. Era cuestión de marcarlos. Uno de ellos, por ejemplo, era profesor de alemán en Columbia y al día siguiente perdió su trabajo. El problema era que esa gente no podía trabajar. Lo mismo le ocurrió, por ejemplo, a Dalton Trumbo, el guionista de “Espartaco”. Se podía hacer otra película similar a la que se hizo con Trumbo, pero con este caso de Ernestina. Eran puramente presos políticos.
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-¿Y qué pasó después?
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-Luego, en algún momento, en plena caza de brujas, se va a vivir México. Está harta de tantas persecuciones. Y posteriormente se atreve a volver a España. Todavía durante la dictadura de Franco. Pelea para conseguir ser admitida como bibliotecaria y recuperar su plaza, que había sacado por oposición, tanto ella como su hermana. ¡Y reclamó los atrasos! Y el Tribunal Supremo le dio la razón. Luego lo donó todo a la ciencia, para ella no era una cuestión de dinero. Cuando volvió, estuvo en las bibliotecas populares y luego la pasaron a un archivo en Madrid, pero fue nada, muy poco tiempo, se reincorporó para jubilarse. Muere en 1976, en Madrid. Le dejó su piso a la hermana, que salió de Rusia y vino a Madrid. De su tiempo en España sé muy poco. Hay muy pocos datos. Sólo sé de una persona que la conoció.
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-¿Quién? ¿Qué le contó?
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-Elena, una de las hijas de Faustino Cordón, me habló de ella. La recuerda con mucho sentido del humor. Contaba que la conoció cuando era adolescente y que le encantaba cuando Ernestina iba a comer a casa, por la gracia que tenía. Podía haber sido una persona amargada, a la que se le murió el marido a los cuatro años de casarse, pero no. Ernestina era morena, muy menudita, apacible y elegante. Pero todo decían que cuando se ponía a hablar de la República y de España se producía una metamorfosis. Algo se encendía. Mantuvo un compromiso político total, dispuesta a darlo a todo. La vida si hacía falta.
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-Supongo que en ese viaje que usted hizo de la mano de Ernestina González a los años 30 y 40 del siglo XX leyó sobre muchas cosas que ahora parece que vuelven a repetirse.
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-A mí me hacen hasta la broma. Me dicen: ya está, ya va a decir lo de siempre. Y lo que yo digo es: esto ya pasó, esto yo lo leí, lo estoy reviviendo. Porque yo estuve unos años viviendo en aquella época. Otra vez lo mismo: los regímenes totalitarios o la gente joven que respeta o comprende el franquismo, en el caso de España.
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-¿Se siente cómoda en Estados Unidos?
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-Yo solo puedo hablar a nivel personal: esta es mi casa, mi vida está aquí, yo llevo 20 años en Estados Unidos, soy ciudadana. Este es el país que me ha dado todas las oportunidades. Uno no deja de querer su casa porque haya un gobierno con el que tú puedes no estar de acuerdo. Obviamente, millones de ciudadanos no están de acuerdo con la política migratoria o con la política exterior, o con muchísimas cosas. Pero también veo a gente manifestándose, ayudando, defendiendo, protegiendo, etcétera. Veo todos los días cosas que me entristecen y que no me gustan, lógicamente. También me pasa en España. Voy a España y también veo cosas. Porque yo soy de los dos de las partes. Sobre todo, veo esta polarización, que está en todas partes. Esta polarización tan enorme. La veo en Europa también. Y el auge del autoritarismo. Y como ves que estas cosas ya pasaron, es normal que le preocupe a cualquier persona. A veces lo pienso: ¿qué diría Ernestina? A nosotros, que vimos llegar una democracia a España, que vimos caer el Muro de Berlín, ahora nos llega todo esto. Creo que hay mucha gente que está abrumada.
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