Una tarde de un viernes de este mayo
Por ciertas razones, hacía tiempo que Elena y yo no íbamos a pasar un fin de semana a Llastres. Tras descargar los bártulos, salgo a dar una vuelta. Son las siete y cuarto de la tarde. De los dos bares que se encuentran cerca de nuestra casa, ya hacia el centro del pueblo, uno está cerrado, el otro no.
[–>[–>[–>Entro en él. Ha cambiado por completo. Se ha jubilado su antiguo dueño y ahora lo lleva una persona que desconozco, relativamente joven, de origen, probablemente, de la Europa oriental, como otros propietarios de bares y restaurantes hoy del pueblo. Pero lo más notable no es el cambio del local ni del dueño: me encuentro solo, no hay un solo parroquiano, igual que no he encontrado a nadie hasta aquí.
[–> [–>[–>Y me invade una sensación de pérdida. Antes del cambio, conocía al patrón, amigo, y siempre había unos cuantos parroquianos, habitualmente los mismos. Intercambiábamos saludos, nos preguntábamos, de forma vaga, por cómo iban las cosas y, con más o menos intensidad, con bastante discreción, hablábamos del presente -del fútbol, la política, un incidente o accidente-, recordábamos aspectos del pasado de conocimiento común, lo hacían entre ellos de anécdotas que se remontaban tiempo atrás; acaso, se tiraban burlonas puyas, bien resistidas o mejor devueltas.
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Mi soledad no es ahora por ser el único cliente, lo es porque ha desaparecido todo un mundo, de amigos, de conocidos; un mundo de unas claves o unos supuestos que todos compartíamos o conocíamos.
[–>[–>[–>Salgo a la calle y llego a la plaza del centro. Solo encuentro una persona, que me saluda (a la vuelta, en el mismo lugar, encontraré una mujer, con la que también intercambio saludos). Es el dueño, también de la Europa oriental, de un restaurante, que se dirige a abrir.
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Bajo hacia el puerto, por la carretera, paralela al Cantábrico. Hay tres tabernas, a la puerta de las cuales me saluda un vecino. No baja ningún coche, a la subida transitarán dos o tres. En el puerto, el restaurante está cerrado, reposan los barcos de pesca y las canoas. Los barcos dedicados a la pesca son apenas una decena; los deportivos, cientos. Hoy, a estas horas no hay movimiento, mañana, sábado, y el domingo, acaso más: la mayoría espera el período vacacional.
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[–>No recuerdo con precisión si es ese viernes, último de mayo, por cierto, o el sábado, cuando veo en la TPA el programa De Romandela. Está dedicado a Llastres. Salen dos coros, el Coro San Roque de Llastres y el Coro Marinero Manín de Llastres. Se entrevista también a un grupo de llastrines, que evocan y cantan. Todos, ellos y ellas, son un poco más jóvenes que yo o tienen mi edad. Pertenecen a aquel mundo que poco después, en el mismo programa, evocará el empresario Eutimio, un mundo lleno de barcos con ocho industrias conserveras donde trabajaban cientos de mujeres, las calles estaban pobladas de gentes, de niños que corrían, jugaban y gritaban; en el que algunas mujeres, caldero a la cabeza con pescado, salían a ganar el pan a los concejos vecinos. Ese mundo ha desaparecido, en lo relativo al empleo, a las fábricas, al trabajo y a la población activa numerosa. Hay actualmente en Llastres tres oficinas conserveras y los negocios y empleos más abundantes son los restaurantes y viviendas vacacionales.
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Vuelvo al hogar. Las casas de mi entorno que no son de uso turístico están casi todas, si no todas, cerradas, el silencio es total, como la ausencia de gentes. Sus propietarios vendrán más tarde, en junio avanzado, julio y agosto, cuando el número de turistas sea también un chorro continuo.
[–>[–>[–>Y me acuerdo, antes de meter la llave en la cerradura, de una conversación de hace poco tiempo, con mi vecino. Su casa, contigua, que ahora, según confesión, visita poco, es la casa de sus padres, pescador él; ella, de aquellas que, caldero sobre la rodiella y esta sobre la cabeza, atravesaban El Fitu para ir a vender el pescado a los valles de la otra parte de la sierra.
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–Esto va a quedar como Marbella -su esposa al lado, asiente-: segundes residencies y turistes. Camareros, xubilaos y restaurantes, no va haber otro.
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Y yo pienso en el comienzo de la tarde. No solo ha sido el mundo objetivo de hace décadas el que ha desaparecido, con sus características y sus quehaceres. Es que también ese mundo del que compartíamos recuerdos, con el que hilábamos conversaciones, del que recordábamos personajes, de Llastres, de Asturies, de España o del mundo, con sus valores y sus prejuicios, con sus emociones y sus pasiones ha desaparecido para las generaciones presentes, nada queda de él, nunca ha existido. Lo guardamos nada más aquellos que lo vivimos, aquellos que aparecemos en las pantallas de la televisión o nos acodamos -con la misma edad- en la barra del chigre o compramos ante el mostrador de la tienda, y con nosotros, poco a poco, uno a uno, se va borrando, hasta no dejar constancia de su existencia más que en fotogramas o películas que nada dicen, más allá de su pura evidencia visual.
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