Una velada imperial
El concierto del pasado martes tardará en ser borrado de la retina y los tímpanos de los melómanos ovetenses, seguramente mal acostumbrados a espectáculos de primer nivel que, en nuestro país, tan sólo se pueden disfrutar en ciudades como Madrid o Barcelona. Mantener a la capital del Principado a la vanguardia en las programaciones de música clásica -con un presupuesto ajustado y entradas infinitamente más baratas que en las urbes anteriormente citadas- merece un reconocimiento a la Fundación Municipal de Cultura -representada en cada cita por su presidente, David Álvarez- y a la dirección artística y organización del ciclo, en la figura de Cosme Marina, erigiendo Oviedo en una referencia absoluta y a la música clásica en uno de los puntales sobre los que debería recaer el proyecto de la Capitalidad Cultural.
[–>[–>[–>La ópera en tres actos «Giulio Cesare in Egitto» de Händel, con libreto de Nicola Francesco Haym sobre texto de Giacomo Francesco Bussani, revela toda la riqueza -melódica, tímbrica y armónica- del periodo barroco dominado por los códigos de la retórica musical; es decir, por evidenciar a través de la música las ideas expresadas en el texto. De este modo, su interpretación supone un reto mayúsculo que tan sólo un elenco de excepción podría afrontar con unos resultados aceptables. No fue el caso de los artistas de la cita musical del martes, ya que todos ellos ofrecieron unas prestaciones extraordinarias que el público, completamente en pie tras la función, agradeció con aplausos y ovaciones.
[–> [–>[–>El papel de Giulio Cesare fue interpretado magistralmente por Jakub Józef Orlinski, contratenor polaco que no tuvo problemas en sobrepasar a Il pomo d’Oro y en lucir una tesitura muy amplia, con graves convincentes. Pletórico en la proyección, su aria «Va tácito e nascosto» dejaría unos balances impecables y un exquisito diálogo con las trompas naturales. La otra protagonista de la velada era la soprano Sabine Devieilhe, quien encarnó a una Cleopatra superlativa, con una afinación impoluta y un arsenal de recursos técnicos al servicio de una mayúscula musicalidad, dejando momentos de gran expresividad, como en «Se pietà di me non senti» -interrumpido al final por un grito de «¡impresionante!» desde el anfiteatro- o en el célebre «Piangerò la sorte mia», íntimo y doliente hasta conmover al Auditorio.
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Las mezzos fueron otra de las revelaciones de la noche. Beth Taylor (Cornelia), con una voz corpulenta, exhibió un lirismo extraordinario, coloreando cada intervención con su redondeado timbre -mención especial para su «Nel tuo seno», fundiéndose completamente con la formación orquestal-, mientras que el Sesto de Rebecca Leggett, con una voz más incisiva y afilada, destacó por su ligereza (no exenta de carácter como en «L’aure che spira»), añadiendo algunas variaciones a sus «da capo» de bella factura melódica.
[–>[–>[–>El contratenor Yuriy Mynenko encarnó a Tolomeo con mucho acierto, resolviendo los complejos e incómodos pasos entre los registros de pecho y cabeza y exhibiendo solvencia en la proyección, mientras que Nireno (confidente de Cleopatra) fue desempeñado por Rémy Brès-Feuillet, de timbre algo gutural pero muy teatral y con gran trabajo actoral. Alex Rosen fue un Achilla rotundo, de agudos ligeramente apretados, pero con un registro central caudaloso y homogéneo que contrastaba a las mil maravillas con las voces más agudas. Igualmente, el personaje de Curio (sin tanto protagonismo), interpretado por Marco Saccardin rindió a buen nivel a lo largo de las tres horas de velada musical.
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Sobre Il pomo d’Oro recayó buena parte del éxito de la jornada. No resulta nada sencillo arropar con tanta precisión y en un repertorio específico como el barroco -repleto de contrastes y matices- a un elenco tan homogéneo, pero los pupilos de Francesco Corti -con una dirección espléndida y elegante-, supo extraer todo el partido posible a la partitura de Händel, gracias a sus 30 músicos, dejando momentos de singular belleza (delicioso el aria «S’in Fiorito, ameno prato»), y equilibrando la sonoridad entre secciones, con una cuerda tersa y unos vientos aterciopelados que aportaron una tímbrica muy particular. Una velada imperial de las que marcan la temporada.
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