“Vendimos todo lo que teníamos y empezamos de cero”
Cuando Pedro José Díaz llegó a Gijón en febrero de 2020 con su esposa y sus dos hijas, apenas conocía la ciudad. “Conocía la existencia del Sporting y poco más”, recuerda. Venían de Venezuela después de vender todas sus propiedades y apostar todo a empezar de cero. Veinte días después estalló la pandemia y los ahorros comenzaron a menguar. Trabajaron de lo que salió -él como ayudante de albañil, ella en limpieza- hasta que decidieron arriesgar lo poco que les quedaba en un proyecto propio. Así nació, en abril de 2021, el locutorio y tienda latina en la calle Río del Oro, en el barrio de El Llano.
[–>[–>[–>Integrarse sin perder la identidad
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“Vimos que había un nicho de clientes que necesitaban un servicio que cubrir, sobre todo emocional”, explica Díaz. El aumento de población venezolana en Gijón y la necesidad de mantener vínculos con el país de origen -envíos, remesas, productos de alimentación- fueron claves para detectar la oportunidad. “Al principio venían dos clientes al día y la incertidumbre era enorme”, admite. Hoy, sin embargo, el negocio vende a toda España, recibe paquetería de grandes plataformas y emplea ya a cuatro personas.
[–> [–>[–>El nombre del local no es casual. “Chamos Majos”. “Chamos” es la forma venezolana de referirse a los jóvenes; “majos”, una palabra muy española. “Queríamos entrelazar las dos culturas y dejar claro que no venimos a imponer nada, sino a integrarnos”, explica. La tienda está decorada con paisajes, colores y referencias del país caribeño, pero con una estética cuidada que huye del estereotipo del locutorio tradicional. “Buscamos un espacio limpio, iluminado, con buena música, que active los sentidos y haga sentir bien a quien entra”, apunta.
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El Llano fue también una elección consciente, puesto que detectaron una importante presencia de población latinoamericana. “Es un barrio dinámico, con servicios cerca y buena calidad de vida”, señala. Para ellos, abrir todos los días de manera continuada es casi una filosofía de vida. “Venimos a recuperar el tiempo perdido. Dejamos nuestras casas, nuestros bienes, todo. La única forma de construir una nueva vida es trabajando”.
[–>[–>[–>Una salida sin billete de vuelta
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La historia familiar está marcada por la emigración forzosa. Díaz salió primero en 2016, pasó por Ecuador y regresó temporalmente a Venezuela antes de dar el salto definitivo a España. “Vendimos todo y apostamos por venir. No veíamos futuro allí, sobre todo teniendo dos hijas, una de ellas con necesidades especiales”, relata. Desde Gijón mantienen un vínculo constante con sus padres, que viajan por temporadas. “No es fácil estar lejos, pero al menos podemos ayudarles económicamente”, explica.
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El crecimiento del negocio ha sido gradual, pero constante. “Primero estaba yo solo, luego se sumó mi esposa y ahora tenemos dos compañeras más”, destaca con orgullo. También aplican conocimientos adquiridos en una gran empresa de ferretería venezolana: control de inventarios, presentación del producto, atención al cliente. “Todo eso lo trajimos aquí y lo adaptamos”.
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[–>El Llano como lugar donde echar raíces
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Más allá del comercio, Pedro observa una integración positiva de la comunidad venezolana en el barrio. “La mayoría viene a trabajar y hay una convivencia muy buena con los vecinos, que nos han acogido con las manos abiertas”, asegura. Una percepción que refuerza su apuesta por El Llano como lugar de vida y de futuro.
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“Es duro, pero también muy gratificante”, resume. Lo que comenzó como una apuesta arriesgada con sus últimos ahorros se ha convertido en un proyecto estable y en un sueño cumplido. Un ejemplo de emprendimiento, resiliencia y arraigo que hoy forma parte del pulso cotidiano del barrio.
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