… Y la poesía llegó y se quedó
En la belleza del mito que antecedió al logos, que lo descifro haciéndolo transitar por derroteros lógicos, la primavera quedaba inaugurada cuando la bella Perséfone regresaba a la Tierra desde el inframundo donde Hades la tenía secuestrada y con su regreso hacía reventar las flores, florecer la naturaleza toda y exaltar sentimientos y corazones.
[–>[–>[–>Sabemos que el equinoccio primaveral es ese instante en el que se igualan días y noches, pero que pronostica que los días ganaran. Por eso hay luz que vence grises y oscuridades. Por eso los misterios del Sistema Solar han quedado un poco más descubiertos y nosotros comprendemos su presencia sin aprisionar la esencia anímica que nos afecta y le subyace.
[–> [–>[–>Milenios después de los primeros poemas escritos los humanos seres han decidido celebrar casi a la vez la entrada oficial de la Primavera en marzo, mes de Marte (día 20) y el día Mundial de la Poesía (día 21) que con la estación del renacer llenará de palabras florecidas páginas vacías y verá lecturas nuevas de viejos poemas.
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Encontraron quienes investigan las antiguas civilizaciones desaparecidas trozos cerámicos de escritura cuneiforme, jeroglíficos egipcios e inscripciones en piedra, en tumbas y construcciones monumentales. Muchos eran libros de cuentas, anotaciones administrativas, loas a los muertos o recuerdos de hazañas apenas perfiladas de héroes de memoria incierta.
[–>[–>[–>Con el tiempo los cantos de los rapsodas, juglares antiguos, los relatos populares y los cuentos que forjaban las sociedades, recitados en verso para recordarlos mejor, fueron puestos por escrito. La poesía era enseñanza, educación, conocimiento, cohesión social. Los monumentos escritos que asentaron la memoria de los pueblos son poemas. La «epopeya de Gilgamesh» de Uruk tiene más de 3000 años; y, más cercano en el tiempo y el espacio a nuestro entorno, la Ilíada y la Odisea en verso superan los 2700 años. La poesía fue antes que la prosa filosófica o científica; convivió con ella y sobrevivió. La pléyade de poetas y poesías hasta hoy es incontable y lo que la humanidad les debe es demasiado para anotarlo en una tablilla cualquiera.
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Pero realmente ¿son incompatibles la ciencia, la técnica y todas las artes prosaicas con la poesía? En verdad quién no escribió un poema huyendo de la soledad, del desamor o de lo que no nos gusta y quién no cantó a la vida, al amor o a la alegría. Una formación rocosa es objeto de estudio de geólogos, pero nada impide que en su magnitud y majestad nos parezca el «lomo de un dinosaurio»; el amanecer en sus mil colores es descifrado por meteorólogos, pero puede semejar «los dedos rosas de la Aurora». La biología molecular complejísima e imprescindible tal vez pueda describirse en «la vida en cuatro letras» trufada de referencias literarias. Sondea el lejanísimo universo interestelar el telescopio Quijote buscando los sonidos de las estrellas desde el Teide en una poética conjunción astronómica. Ante la adversidad cruel, mientras rugen las bombas, una pareja apasionada puede exclamar aquello de «el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos»… Los ejemplos son incontables y la belleza de las palabras corrientes manejadas con destreza y sensibilidad por los poetas hacen el mundo mejor.
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[–>En un discurso de «retórica judicial» que esa vez fue menos árida que otras, reclamaba el gran Cicerón dos mil años atrás una defensa de la poesía y el poeta, «hablando con mayor extensión de lo habitual sobre la cultura y las letras». Reivindicaba el placer de leer poesía pues «otros placeres no son adecuados a todas las épocas ni a todas las edades y lugares; en cambio estos estudios educan la juventud, deleitan la madurez, realzan lo momentos felices, ofrecen refugio y consuelo en la adversidad, satisfacen en casa, no estorban fuera, velan y viajan con nosotros». Por ello ningún pueblo bárbaro profanó jamás el nombre «poeta» a cuya voz «rocas y desiertos responden».
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Nada en efecto escapa a las palabras entrelazadas de los poemas que dan color y calor a la vida y acompañan las gestas grandes y las vivencias pequeñas. Hasta, escribe Cicerón, el gran Alejandro Magno, que se rodeaba de poetas, exclamó ante la que creía era la tumba de Aquiles: «‘¡Oh afortunado joven que encontraste un Homero como pregonero de tu valor!’… Pues de no haber existido aquella Ilíada el mismo túmulo que cubría su cuerpo, habría sepultado también su nombre».
[–>[–>[–>Y es que la eternidad cabe en un poema igual que la efímera belleza de la rosa: «Con la primavera, portadora de coronas, me dispongo a la delicada rosa, su compañera, con clara voz cantar…». n
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[Cicerón. Discursos. VIII: «En defensa de Aulio Licinio Arquias». Editorial Gredos, 2013; Anacreónticas. CSIC, 1981].
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