Xi recibe a un Trump debilitado por Irán mientras China gana puntos como potencia confiable
Cuando Washington anunció a finales de febrero la cumbre presidencial en Pekín, Donald Trump tenía un problema: cómo negociar desde una posición de fuerza con el país que acababa de derrotarle en la guerra comercial. También tenía una solución: derrocar al Gobierno iraní para restarle un socio en la zona a China y comprometer su seguridad energética. Allá donde no llega el comercio, que lleguen las armas.
[–>[–>[–>Cuando Trump aterrice en Pekín este miércoles, tendrá un problema agravado. El Gobierno iraní sigue ahí y también una guerra a la que se opone el 60% de su electorado. China apenas ha notado las estrecheces gracias a sus reservas de crudo y la transición a las energías verdes. Y, en un giro sarcástico, Washington le implora a Pekín en las vísperas de la visita que le ayude a arreglar el desaguisado de Irán. Lo que debía fortalecerle le ha debilitado aún más. En ese contexto recibe China a Trump ocho años, una pandemia y dos guerras comerciales más tarde.
[–> [–>[–>Ningún analista sensato ve desahogada su posición pero no es peor que la de 2017. Trump llegó con sus índices de popularidad en el sótano, acosado por el FBI, sin un segundo mandato claro (acabó derrotado por Joe Biden) y amenazado por el impeachment. Xi Jinping acababa de ser elevado en el Congreso del partido a la altura de Mao, gozaba de la sumisión del partido y del cariño popular y no se atisbaba el final de su reinado.
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China recibirá confiada a Trump. Agradece cualquier distracción en la política de contención estadounidense y la guerra de Irán se está tragando buena parte de las municiones y recursos militares destinados al Pacífico. Frenar el auge chino es la prioridad estadounidense desde el Giro a Asia de Barack Obama pero las políticas ásperas y erráticas de Trump dinamitan su tradicional red de alianzas. Biden, con todos sus achaques, pudo recomponerla tras el primer mandato de Trump, y al que llegue después del segundo le espera la misma misión.
[–>[–>[–>Peregrinación a Pekín
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No le cuesta a China presentarse como la gran potencia responsable y comprometida con el bien común. No inicia guerras ni las agrava. No provoca crisis energéticas globales, ni interrumpe las cadenas de suministro, ni empuja a una recesión global. Arrima el hombro en la lucha contra el cambio climático y defiende el comercio global. Si Trump castiga a África con aranceles del 10%, China levanta los suyos por completo. Si Trump genera escaseces energéticas en el Sur Global, China les ofrece sus excedentes. Los líderes europeos acuden en romería a Pekín, angustiados por las amenazas contra Groenlandia o sus embates a la OTAN. Algunos vienen, como Pedro Sánchez, con periodicidad anual. Incluso Canadá y la India, tradicionales aliados de Washington, se han acercado a China tras años tumultuosos.
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De todo eso es consciente Pekín. Años atrás ya se popularizó la chanza en internet: Trump hará grande de nuevo a China. Un think tank ultranacionalista asociado a la Universidad Renmin le agradecía recientemente su papel como «catalizador del declive político estadounidense» en un informe titulado «Gracias, Trump». Mencionaba una polarización social que deslizaba al país a una «inestabilidad latinoamericana». Además de pronósticos arriesgados, el informe incluía certezas incontrovertibles: sin sus sanciones, China nunca habría acelerado el desarrollo de sectores clave como los semiconductores y chips. La autosuficiencia tecnológica china es hija de Trump. También sus pulsiones arancelarias han fortalecido el comercio chino con Europa, África o Latinoamérica.
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[–>«Trump necesita una victoria simbólica en estos momentos de baja popularidad y con su partido afrontando a la defensiva las elecciones de medio término. Xi también quiere una victoria simbólica para reafirmar su posición con una economía doméstica endeble», sostiene Jai Ian Chong, profesor de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Singapur. Ha perdido fuelle la economía china, castigada por el débil autoconsumo y la crisis inmobiliaria, pero Xi no pasa por exámenes electorales.
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Ninguna grandeza le ha devuelto Trump a Estados Unidos desde que regresó a la Casa Blanca. La primera potencia mundial fue sometida por la segunda en la guerra comercial y no ha podido con Irán. Le urge salir de Pekín con acuerdos económicos tangibles y sólo cuenta con una palanca, Taiwán, aunque extremadamente poderosa. Los expertos no vaticinan ningún avance relevante. Ni siquiera es seguro que Trump y Xi conviertan en acuerdo la tregua comercial firmada en su reunión de noviembre en Corea del Sur. La única certeza es que, firme lo que firme, Trump cantará victoria. Tras aquella visita de 2017 alardeó de acuerdos comerciales firmados por 250.000 millones de dólares. Muchos de ellos nunca se materializaron.
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