Daniel Lumera presenta ‘Como si todo fuera un milagro’: «La atención humana se ha convertido en una materia prima económica»
Daniel Lumera, referente internacional en bienestar y conciencia, presenta ‘Como si todo fuera un milagro’. Invita a recuperar la presencia y la maravilla en un mundo acelerado.
Biólogo naturalista, escritor superventas y referente internacional en ciencias del bienestar, Daniel Lumera lleva más de dos décadas investigando cómo la meditación, la gestión emocional y la conciencia pueden transformar la vida individual y los sistemas sociales. Discípulo de Anthony Elenjimittam (alumno directo de Gandhi), ha desarrollado el método My Life Design®, aplicado hoy en escuelas, hospitales, empresas y centros penitenciarios de Italia y España. Su trabajo une tradición indovédica, neurociencia y sociología para abordar un mal contemporáneo: la inflamación mental crónica que genera estrés, desconexión y pérdida de sentido.
En su nuevo libro, ‘Como si todo fuera un milagro’, Lumera propone recuperar la capacidad de asombro como antídoto frente a una cultura acelerada y adictiva. Hablamos con él sobre integridad, atención, cárceles, inteligencia artificial y la urgencia de una educación emocional que devuelva al ser humano a su centro. Su mensaje es claro: » La vida es un milagro irrepetible. Y hemos olvidado mirarla así «.
Bekia: En el libro planteas que cada día perdemos pequeñas partes de nosotros por el estrés, las relaciones o las decepciones. ¿Cuál fue el momento en tu vida en el que te diste cuenta de que necesitabas iniciar tu propio proceso de sanación?
Daniel Lumera: En mi caso, todo empezó por una indicación de mi maestro. Fue él quien me pidió hacer un listado de 3.000 personas: todas las personas que había encontrado en mi vida, sobre todo aquellas con las que tuve una relación más intensa o profunda. Me pidió reordenar ese listado de forma cronológica, del último al primero, y después iniciar un proceso de recapitulación: revivir conscientemente los acontecimientos pasados con cada una de ellas (los que la memoria me ofreciera) aplicando una técnica especial de respiración que sirve para integrar las vivencias.
Fue un proceso meditativo de unos tres años. Y fue ahí cuando me di cuenta de la increíble importancia de integrar la vida de cada uno de nosotros : de cuántas heridas, cuántos procesos compensatorios del ego y cuántas dinámicas inconscientes repetimos a diario, como patrones, sin darnos cuenta de que están influyendo en nuestro destino. Comprendí lo necesario que es purificar, tomar conciencia y liberar todas estas dinámicas, porque de ellas dependen comportamientos cíclicos, errores que seguimos cometiendo y situaciones de sufrimiento que continuamos atrayendo y creando. Y también entendí que es posible salir de esa rueda inconsciente.
B: Hablas de «recuperar la integridad» como si fuera volver a un estado original. ¿Qué significa exactamente esa integridad y cómo se manifiesta cuando la recuperamos?
D.L: Ser íntegros tiene varios niveles de comprensión. La integridad es un estado de conciencia y, en primer lugar, tiene que ver con el pasado: integrar tu propia historia, todo lo que ha acontecido, todas las cosas que quedaron pendientes, las heridas que no han sido sanadas, las situaciones que permanecen abiertas y sin resolución, y las enseñanzas que aún no hemos aprendido de lo que vivimos.
Esa es una parte. La segunda tiene que ver con vivir coherentemente con tus propios valores : con aquello que realmente merece la pena en esta vida. Ser consciente de tus valores reales, (no los que la sociedad o la familia te han impuesto) sino los que corresponden a la parte más auténtica de tu ser. Y vivir en coherencia con ellos, celebrándolos a través de tus elecciones, decisiones, proyectos y comportamientos.
La tercera parte de la integridad consiste en vivir conscientemente. Significa estar presente en ti mismo, lúcido, con claridad y autoobservación constante. Ser consciente de las dinámicas emocionales, instintivas, egóicas e inconscientes que se manifiestan a través de ti, y no convertirte en producto de esos mecanismos compensatorios del ego. A estos tres aspectos: integrar tu pasado, ser coherente con tus valores y vivir conscientemente, se suma un cuarto: abrirte a tu idea noble.
Cada uno de nosotros tiene una: para algunos es la belleza, para otros la verdad, la justicia, el poder, el amor, la compasión o la armonía. Esa idea noble nos inspira y nos acerca al aspecto más elevado y divino de la existencia. La integridad también implica estar disponible para esa idea, estudiarla, celebrarla y convertirla en una brújula presente en nuestra vida diaria.
De estos cuatro aspectos se compone el estado de conciencia de la integridad : una persona que ha integrado su pasado, que vive coherentemente con sus valores, que está presente y consciente del milagro de la vida, y que se orienta siempre hacia lo más noble, elevado y divino de la existencia.
B: El título, ‘Como si todo fuera un milagro’, sugiere una mirada distinta hacia lo cotidiano. ¿Qué te llevó a elegirlo y qué idea querías transmitir con él?
D.L: Como si todo fuera un milagro» son palabras que escuché por primera vez de un monje que más tarde se convirtió en mi maestro, cuando yo tenía 20 años. En aquel momento no entendí del todo lo que quería decir; tuve que meditarlo, profundizarlo y dejar que ese concepto penetrara en mí. Con el tiempo comprendí que se refiere a mirar la vida con los ojos de un niño: alguien que no da nada por sabido, que se entusiasma, que se maravilla ante todo.
La maravilla es un ‘medicamento’ natural que influye incluso en la neuroplasticidad del cerebro y nos permite ser conscientes y presentes ante el hecho de que estamos sumergidos en un milagro irrepetible llamado existencia. Vivir desde ahí —desde la sorpresa, desde la humildad de quien reconoce que no sabe— transforma por completo la manera en que habitamos el mundo.
Por eso me parecía tan potente transmitir esta idea: recuperar la capacidad de maravillarnos, despertar cada día dentro de un milagro único que es la vida. Elegí este título para recordarnos que volver a esa pureza infantil es esencial, y para que no olvidemos que lo que estamos viviendo es una oportunidad irrepetible que no volverá.
B: En el libro explicas cómo el desgaste mental se instala casi sin darnos cuenta. ¿Cuál dirías que es el primer síntoma al que deberíamos prestar atención?
D.L: El primer síntoma es la pérdida de conciencia. Por eso propongo poner siete despertadores a lo largo del día, sin saber exactamente cuándo van a sonar. Y cuando suenan, simplemente observar si nuestra mente está presente: si somos conscientes de nuestra presencia, de lo que estamos haciendo, si realmente estamos en el acto.
Es un ejercicio muy sencillo que demuestra algo que la ciencia ya describe: la mente humana adulta es wandering, una mente vagabunda. Pasamos aproximadamente un 47% del día pensando en cosas que no están sucediendo. Es decir, vivimos la mitad del día en procesos de imaginación total, sin estar presentes en lo que acontece.
Y esa desconexión es la base de muchas enfermedades, de la falta de sentido, de la insatisfacción y de la sensación de que no estamos viviendo la vida, sino pensando una vida. Por eso empezaría por ahí: con un ejercicio práctico, simple, que lo cambia todo.
B: Propones un camino accesible para cualquier persona. ¿Qué es lo primero que alguien puede hacer hoy mismo para empezar a salir de ese estado de tensión constante?
D.L: Yo propongo la regla de los dos minutos. Es una regla muy sencilla que consiste en cerrar, a primera hora de la mañana, todas las cuestiones pendientes que puedan resolverse en dos minutos : una llamada, un correo, un mensaje. Esas son las primeras acciones que deberíamos hacer, porque liberan energía, cierran programas biológicos que consumen atención y creatividad, y nos permiten afrontar después las tareas más importantes con más foco, más reserva cognitiva y más vitalidad.
La segunda recomendación es la meditación. Lo primero que una persona debería hacer al despertarse es practicar meditación y, después, comenzar el día. Pueden ser 12, 15, 20 o 30 minutos, según cada uno, pero es fundamental iniciar la jornada con ese ritual meditativo. Es una inversión muy poderosa para desinflamar la mente, centrarnos y mejorar la salud, el bienestar, la longevidad y la calidad de vida.
B: Una parte importante de tu trayectoria está vinculada al sistema penitenciario italiano. ¿Qué te llevó a trabajar en prisiones y qué encontraste allí que no habías visto en otros contextos?
D.L: Lo que me llevó allí fue darme cuenta de que la vida está gobernada por procesos de interconexión e interdependencia. Cuando una persona está mal, su dolor (sea yo consciente o no) afecta a mi vida, a mi mente y a las personas que amo. Estamos todos interconectados. Y cuando uno comprende esa unidad fundamental, lo más coherente es transformar esa comprensión en actos, decisiones y proyectos que reflejen esa coherencia.
Por eso decidí llevar a las prisiones las herramientas que a mí me habían transformado: herramientas que me dieron paz, claridad y dirección. Quise ofrecerlas en los lugares donde más se toca el dolor: cárceles, hospitales o incluso escuelas, donde se juega una parte esencial de la educación.
En las cárceles encontré una humanidad muy profunda. Encontré dolor, frustración, tristeza… muchas historias que necesitan apoyo, cuidado y compasión. Y también encontré grandes maestros: en presos, en asesinos, en ladrones, en pedófilos. Personas que me enseñaron a no juzgar, a tener paciencia, a cultivar la compasión. Me enseñaron el valor de escuchar, de acoger, de comprender que ellos representan una parte de todos nosotros, de una sociedad que probablemente ha fallado en distintos ámbitos educativos y sociales. Ellos me recuerdan que son parte de nosotros, que representan lo que somos y que necesitan apoyo para sacar lo mejor que llevan dentro, porque muchos de ellos nunca tuvieron una oportunidad real.
B: La «Sala de Meditación» en la cárcel de Pagliarelli ha generado mucho interés. ¿Qué impacto real habéis observado en los internos que participan en estos programas?
D.L: El impacto es psicométrico. Cuando entramos en una cárcel para crear una sala de meditación y realizamos un retiro con los internos, observamos cambios medibles: disminuye el estrés, baja la ansiedad y también se reducen los niveles de violencia, conflictividad, inflamación y cortisol.
Todos estos parámetros descienden. Mejoran las relaciones entre ellos, aumenta la capacidad de autoobservación, de integrar el pasado y de vivir con más presencia y conciencia de los impulsos que, dentro de la cárcel, suelen derivar en violencia. También disminuyen las sanciones disciplinarias entre los internos. Estos son los indicadores con los que empezamos a trabajar y donde vemos un impacto real.
B: También has colaborado en estudios científicos sobre gratitud, perdón, ira y bienestar psicológico en población reclusa. ¿Qué descubrimiento te sorprendió más de esa investigación?
D.L: Lo que más me sorprendió fue comprender que la cárcel es un sistema transversal y complejo. No se puede trabajar solo con la persona presa sin trabajar también con la policía penitenciaria, con su familia, con la familia del interno y con la comunidad que tendrá que readmitirlo e integrarlo. Es un trabajo sistémico.
Mi mayor descubrimiento fue el nivel de interconexión. Igual que cuando una parte del cuerpo enferma, por ejemplo, el hígado, no es solo un problema del hígado, sino de la alimentación, la genética, las emociones o el estilo de vida, en la cárcel sucede lo mismo: nada funciona de manera aislada. Trabajando en prisiones entendí con absoluta claridad la necesidad de un enfoque transversal. Todo está conectado y cualquier transformación real debe incluir a todas las partes del sistema.
B: En tus proyectos señalas que el mindfulness no siempre funciona igual para todo el mundo. ¿Qué condiciones deben darse para que una práctica de este tipo sea realmente beneficiosa?
D.L: En mis proyectos hago una distinción muy profunda entre mindfulness y meditación. El mindfulness no es meditación: es un estado previo. Los resultados más importantes los hemos obtenido estudiando protocolos reales de meditación con raíces en la tradición indovédica e indovedántica.
En nuestro último estudio analizamos científicamente tres protocolos distintos de meditación, conocidos como Stress, Anxiety and Cortisol Fast Reduction. Y descubrimos algo muy relevante: tanto en personas que meditaban por primera vez como en quienes llevaban 20 o 30 años meditando, estos protocolos eran igual de eficaces. Reducían de forma muy significativa los niveles de cortisol, y por tanto la inflamación, el estrés y la ansiedad. Por eso es fundamental escoger la práctica correcta, la práctica meditativa adecuada. La que utilizamos en nuestros proyectos funciona como una clave universal.
B: Dices que muchas personas viven como si la calma fuese una excepción. ¿Qué crees que ha cambiado en nuestra sociedad para que el estrés se haya convertido en un estado de fondo?
D.L: Es un tema cultural. Vivimos en un entorno distópico que ha colonizado nuestra mente como si fuera un terreno económico fértil. Las big tech han entendido que la atención humana es una materia prima de altísimo valor, y por eso han creado tecnologías persuasivas diseñadas para captarla: imágenes, sonidos y estímulos pensados para que permanezcamos el máximo tiempo posible en ciertos espacios digitales, donde compramos, invertimos o simplemente dejamos un ‘like’.
Este impacto sobre nuestra atención ha generado un contexto profundamente distractor. La ciencia mide que, de media, pasamos solo 47 segundos en un contenido antes de que algo nos distraiga y nos lleve a otro. Abrimos el ordenador o el móvil y, en menos de un minuto, ya hemos saltado a otra cosa. Esto es muy disgregante, muy inflamatorio y activa el circuito dopaminérgico, que es el circuito de la adicción.
Por eso el entorno en el que vivimos rápido, saturado de información fast, lleno de estímulos inmediatos, es un contexto que inflama y, al mismo tiempo, genera adicción. Es un entorno muy disgregante, muy enfermo y muy tóxico.
Foto promocional de Daniel Lumera con motivo de su libro ‘Como todo fuera un milagro’ | Foto: Daniel LumeraB: ¿Por qué crees que ahora, más que nunca, necesitamos herramientas de gestión emocional que antes parecían reservadas a contextos espirituales o terapéuticos?
D.L: Ahora todo está acelerado. El contexto ha cambiado por completo y, con la inteligencia artificial, por primera vez el ser humano percibe que existe una tecnología capaz no solo de superarlo en inteligencia, sino incluso de dominarlo en varias áreas. Esto nos está empujando hacia aquello que constituye nuestra verdadera unicidad: las formas de inteligencia que la tecnología puede imitar, pero no reproducir de manera auténtica. Hablo de la inteligencia emocional, la inteligencia existencial, la empatía, el sentido… todo lo que nos hace irrepetibles.
Esa es una de las razones por las que el ser humano busca hoy estas herramientas. La otra es que vivimos en un estado de inflamación crónica: nuestra mente gestiona unos 72 gigas de información al día sin saber cómo procesarla. Es demasiada información y no existen espacios ni tiempos reales de metabolización. Por eso necesitamos contextos de regeneración. La meditación y el trabajo emocional se han vuelto esenciales para sostener el estilo de vida actual.
B: ¿Qué papel deberían tener las instituciones, escuelas, empresas, administraciones.. en la educación emocional?
D.L: Creo que las instituciones, especialmente en el ámbito educativo, deberían introducir la meditación, la gestión emocional y la conciencia como parte de su formación. Estos aspectos no solo impactan en la salud, el bienestar y la calidad de vida, sino también en el desarrollo de las habilidades cognitivas. Es, por tanto, una inversión en la salud de las nuevas generaciones y, al mismo tiempo, en sus capacidades creativas, lógicas e intuitivas.
Por eso es fundamental comprender el papel de la práctica meditativa: son verdaderos laboratorios de valores. Valores como la constancia, la humildad, la paciencia, la perseverancia, la pasión, la dedicación o el amor. Estas prácticas ayudan enormemente a nivel de relación con uno mismo —en el mundo interior—, en el desarrollo de relaciones externas, en la reducción del acoso, de la agresividad y de la violencia.
B: En el libro hablas de volver a la luz interior. ¿Qué es lo que más nos aleja de ella en la vida adulta?
D.L: En la vida adulta estamos demasiado sumergidos en roles y deberes. Intentamos ocultar heridas, huir de nuestras debilidades y fragilidades, y funcionamos de manera excesivamente operativa, gobernados por lógicas de conveniencia. Todo esto impide que podamos entrar en profundidad, dejar que entre luz dentro de nosotros y ver esas heridas para sanarlas, amarlas, aceptarlas y volver a ser más humanos. Vivimos en un contexto que no ayuda en esa dirección: un sistema programado para responder a exigencias de mercado, que trata a cada uno como parte de una ‘prostitución productiva’ que no respeta los ritmos, las unicidades, la vocación, los talentos ni los valores de cada persona.
B: ¿Qué te gustaría que el lector sintiera al cerrar la última página de ‘Como si todo fuera un milagro’?
D.L: Me gustaría que el lector se sintiera a sí mismo. Que este libro pudiera inspirar un contacto más vivo con la propia intimidad; que al cerrar la última página sintiera esperanza, ligereza y claridad. Y, sobre todo, que sintiera amor por la vida y por el milagro que es y representa.
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