El jazz intenso y atmosférico de «Sumrrá» engancha al Campoamor
Como en el ascensor de tiempo al que se refería Cortázar cuando la sombra de Charlie Parker le inspiró «El Perseguidor», el trío gallego «Sumrrá» hizo ayer algo parecido a lo que aquel Johnny Carter del relato del argentino. Metieron 26 años de carrera en hora y media de concierto hasta acabar dándole la vuelta en el último bis, «El zoom cuántico», composición que surgió de una colaboración con el centro de supercomputación gallego Cesga y que, en directo, es una deliciosa locura de superposición de tempos modos en la que Manuel Gutiérrez (piano), Xacobe Martínez Antelo (contrabajo) y L.A.R. Legido (batería) se desbaratan a sí mismos y se vuelven a rearmar.
[–>[–>[–>Ese final resumió muy bien la evolución de la banda, una de las más veteranas en el panorama nacional, tal y como se había expresado en el repertorio sobre el escenario: desde su disco debut, en un lenguaje de jazz contemporáneo más o menos convencional a «7 Visions», uno de sus últimos trabajos, en el que exploran conceptos científicos y del que ofrecieron «13.700 millones de años después», en un planteamiento mucho más libre, en especial en los recursos desplegados por Legido en su set, incorporando a la batería todo tipo de cacharrería y artefactos sonoros.
[–> [–>[–>El viaje de «Sumrrá» planteó, ya desde la segunda interpretación, las coordenadas que definen a este trío y por las que ayer volvieron a desfilar. Una de ellas radica en la función angular de Xacobe Martínez Antelo al contrabajo. Además de ser el narrador y presentador de la noche, musicalmente el bajo funciona como un timón en la música de «Sumrrá», el abono que hace crecer el piano de Manuel Gutiérrez y que ordena las cabalgadas de Legido. Fiel seguidor de la escuela del menos es más, Martínez Antelo dejó solos muy inspirados de poquísimas notas y, en especial, aportó el ritmo y buena parte de la intensidad contagiosa que la música de «Sumrrá» ofrece a los espectadores.
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La otra coordenada es el sonido atmosférico. La querencia de los gallegos más por el trabajo impresionista de paisajes sonoros que por la velocidad o los fuegos artificiales. Dinámicas largamente desarrolladas e inspiraciones que se transforman en un lenguaje jazzístico no tan evidente, ofrecieron mediada la sesión un homenaje a Coltrane, con «Believe in Trane», de su disco en directo «3 ao vivo», de 2008, que marcó el inicio de otra cosa. Con «4.6» Legido ofreció ya una inspirada deconstrucción del solo de batería, agotándose de las baquetas y acabando a las manos, palpando parches y platos, menguante y bellísimo.
[–>[–>[–>La dialéctica entre los tres componentes siguió progresando con «La Paz», de su disco «Five journeys», bonita balada de trabajo esencialista entre el bajo y el piano boicoteado por un batería dedicado a extraer armónicos perturbadores con un globito. Más salvaje fue «Qiu Jin», interesante composición donde el trabajo polirrítmico acaba traduciéndose (posiblemente una evocación de la tortura y asesinato que sufrió esta intelectual china) en un lacerante repertorio de elementos percusivos donde hubo hasta un taladro. Y así, crecidos en una tormenta vigorosa, lúcida y capaz de evocar hasta un cuarto de siglo de carrera en hora y media, «Sumrrá» dejó la órbita del Campoamor con ovación. Complacidos y felices.
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