la fórmula del desarrollo de China para aumentar su influencia en el mundo
Joseph Nye, académico y padre de la expresión del soft power o poder blando, advirtió recientemente de que China estaba ocupando el vacío de poder dejado por Estados Unidos. Por soft power entendió la capacidad de un país de influir al resto a través de la atracción en contraste con la coerción militar o poder duro. La estrategia del galanteo difiere: Washington vende valores e ideales mientras Pekín propone pragmatismo y progreso. Ocurre que estos están acreditados mientras aquellos, en tiempos de Donald Trump, se tambalean a golpe de muros arancelarios, políticas migratorias xenófobas o pasotismo medioambiental, por hacer la lista corta.
[–>[–>[–>La consecuencia es un cambio de percepción. Un estudio de Nira Data, especialista en la opinión pública global, sentaba este año que en 76 de 96 países, casi un 80%, la imagen de China es más favorable que la de EEUU. En las excepciones abundan países con lazos militares con Washington como Israel, Corea del Sur, Japón, Polonia, Filipinas y Ucrania. El estudio acredita la debacle tras el regreso de Trump a la Casa Blanca. «China es ahora la única gran potencia con una imagen positiva a diferencia de EEUU y Rusia«, concluía.
[–> [–>[–>China ha encontrado en la menguante influencia de Occidente y en la pujante del Sur Global una oportunidad para redefinir la gobernanza global. Tiene la fórmula del desarrollo y está encantada de compartirla con comercio e infraestructuras. Xi Jinping, presidente de un país nominalmente comunista, ha recibido cerradas ovaciones de líderes globales y ricachones en el Foro de Davos con sus reivindicaciones del libre mercado, la globalización, las fronteras abiertas y el resto del arsenal léxico con el que EEUU ha regido el mundo tras la Segunda Guerra Mundial.
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Xi Jinping y el Rey, tras pasar revista a las tropas, en la plaza de Tiananmen, en la recepción oficial de la visita de Estado. / Archivo
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Potencia comercial
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El superávit comercial chino ha superado este año por primera vez el billón de dólares. Esa cota psicológica sugiere que sus elogiables intenciones no siempre se ajustan a sus hechos: Bruselas y Washington encadenan lamentos por las barreras al mercado chino. Pero también reivindica el éxito de las políticas industriales que en apenas unas décadas han convertido un país agrario en la segunda potencia económica mundial e inminente primera.
[–>[–>[–>No son las manufacturas baratas sino la alta tecnología, como semiconductores y coches eléctricos, la que empuja el carro de las exportaciones. Siguen subiendo este año a pesar del derrumbe de las dirigidas a EEUU, su principal socio comercial, por el efecto de los aranceles. Esa caída la han absorbido mercados como Latinoamérica, África o el Sudeste asiático, que disfrutan de tecnología a precios módicos.
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A ese desembarco ha contribuido Trump sin desmayo. La Nueva Ruta de la Seda era un conjunto de vaporosos proyectos e intenciones hasta que el millonario neoyorquino pisó por primera vez la Casa Blanca con su estrategia de «América, primero». En aquella iniciativa se volcó Pekín para liderar el comercio global y atraer las simpatías de un mundo espantado por el advenimiento proteccionista. La dinámica sigue vigente: Trump ve los tratados comerciales como trituradoras de empleos estadounidenses mientras Xi defiende las puertas abiertas; EEUU adelgaza sus compromisos en organizaciones internacionales mientras China acentúa una arquitectura alternativa con los BRICS o la Organización de Cooperación de Shanghái.
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[–>Energía verde, problema o solución
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También en el medioambiente, otro asunto tradicionalmente liderado por Washington, el contraste es sangrante. EEUU se ha retirado de los Acuerdos de París, faltó este año a la conferencia anual del cambio climático de la ONU y ha cancelado los incentivos fiscales a las energías renovables. China ya ha alcanzado la producción de energía limpia prometida para 2030, logrará el pico de emisiones en ese mismo año y la neutralidad de carbono en 2060. Es una apisonadora en el sector de las renovables. Produce el 60% de las turbinas eólicas y el 80% de los paneles solares globales. El 74% de todos los proyectos planeados en el mundo en ambas energías son chinos mientras EEUU cuenta con el 5,9%.
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Para Trump el sector verde zancadillea la economía; para China es un émbolo. Más de la cuarta parte de su crecimiento económico del pasado año llegó de la energía eólica, la solar y las baterías, según el Centro de Investigación de Energía y Aire Limpio. Lidera China la revolución verde y, según los más optimistas, su producción masiva de baratísimos productos ha terminado con el tradicional dilema entre desarrollo económico y cuidado medioambiental. El sur global tiene acceso a vehículos eléctricos asequibles y buena parte de Asia planea espectaculares incrementos de energía solar con paneles chinos.
[–>[–>[–>Siempre naufragó China en el poder blando, percibida sin más como una atroz dictadura que atropella derechos humanos a diario. Las mayores interacciones, gracias al auge del turismo y las visitas de influencers, han revelado a muchos un país de cultura milenaria y gastronomía inabarcable, infraestructuras epatantes y gentes alegres. Tiktok, Shein los labubus y ciudades futuristas como Shenzhen o Chongqing la han convertido repentinamente en cool, trendy y fashion. Nada le deben esos logros a la inepta y mohosa propaganda china.
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