la mirada cristiana ante la inmigración
Escribo estas líneas como cristiano, como ciudadano europeo y como presidente de una ONG que trabaja desde hace años con personas vulnerables dentro y fuera de Europa. No lo hago desde ninguna trinchera política. Tampoco desde una ingenuidad sentimental. Lo hago desde el Evangelio, pero con los pies en la realidad social concreta de la España y la Europa de 2026.
[–>[–>[–>La inmigración se ha convertido en uno de los temas más polarizados de nuestro tiempo. Unos la utilizan como arma ideológica; otros como bandera moral incuestionable. Entre ambos extremos, el cristiano corre el riesgo de quedar atrapado: o bien acusado de insensibilidad, o bien de irresponsabilidad. Sin embargo, el Evangelio no nos llama a elegir bando, sino a mirar al ser humano sin dejar de pensar en la sociedad.
[–> [–>[–>Jesús no elaboró políticas migratorias. Pero sí dejó una clave decisiva: «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). El forastero no es una abstracción: es un rostro, una historia, una herida concreta. Para el cristiano, ese rostro no puede ser reducido a una estadística ni instrumentalizado por el miedo. La dignidad humana no depende del pasaporte.
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Ahora bien, reconocer esa dignidad no implica negar la complejidad del fenómeno migratorio. Europa vive tensiones reales: presión sobre los servicios públicos, dificultades de integración, choques culturales, inseguridad percibida. Ignorar estos hechos no es caridad; es ceguera moral. El Evangelio nunca fue evasión de la realidad, sino encarnación en ella.
[–>[–>[–>El cristiano está llamado a sostener dos fidelidades simultáneas: la fidelidad al prójimo concreto y la fidelidad al bien común. Defender una acogida humana, ordenada y responsable no contradice el Evangelio; lo protege de convertirse en ideología. La caridad cristiana no es desordenada ni ingenua: es lúcida, organizada y exigente.
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Por eso, la pregunta clave no es si hay que acoger o no, sino cómo. ¿Con qué políticas de integración real? ¿Con qué exigencia de respeto a las leyes y valores democráticos? ¿Con qué acompañamiento educativo y laboral? Acoger sin integrar genera guetos; cerrar sin discernir genera injusticia. El cristiano no puede aplaudir ni el caos ni la exclusión.
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[–>Tampoco puede aceptar el lenguaje del odio ni del desprecio. Cuando el inmigrante se convierte en chivo expiatorio de frustraciones sociales más profundas —crisis económica, pérdida de sentido, descomposición comunitaria— estamos ante una grave irresponsabilidad ética. El Evangelio no permite justificar el rechazo sistemático al vulnerable.
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Pero tampoco permite abdicar del discernimiento. «Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16). Prudencia y misericordia no se excluyen; se necesitan.
[–>[–>[–>En definitiva, la postura cristiana ante la inmigración no pasa por consignas, sino por una mirada madura: corazón abierto, razón despierta y compromiso real. No desde el grito ideológico, sino desde el servicio silencioso. Allí donde la política divide, el cristiano está llamado a humanizar. Sin miedo. Sin ingenuidad. Sin odio.
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Y, sobre todo, sin olvidar que todos –antes o después– somos extranjeros en camino.
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