Tiempo de estrecheces
Al principio de esta última guerra, estábamos muy preocupados por las víctimas civiles. ¿Se acuerdan de aquel colegio iraní en el que murieron más de cien escolares en un bombardeo? Israel negó su participación y Estados Unidos aseguró que lo investigaría, pero que no creía que fuera cosa suya. A día de hoy, ni siquiera sabemos el número exacto de muertos, no sabemos más que lo que nos mostraron las imágenes de un multitudinario funeral que hacía pensar que las víctimas fueron considerables.
[–>[–>[–>Al principio de la guerra, vimos a un Donald Trump compungido –aunque sin ni siquiera descubrirse– recibiendo a los seis primeros soldados que volvían a casa en ataúdes, envueltos por la bandera de las barras y estrellas. La imagen debió de causar tal impacto que no se ha vuelto a repetir. No porque no hubiera más víctimas estadounidenses, que las ha habido, sino porque resultaría insoportable para el pueblo norteamericano y poco conveniente para su presidente, el autoproclamado «presidente de la paz».
[–> [–>[–>Apenas ha pasado un mes desde la matanza del colegio de primaria iraní o de la repatriación de los cadáveres en la base de Dover (Delaware), lugar destinado a este tipo de ceremonias desde la década de los cincuenta. Sin embargo, ya se habla cada vez menos de las víctimas de la guerra. Ocurre con todas las guerras. Incluso algunas se estancan y desaparecen de la actualidad informativa ¿A qué lugar, entre los puntos de interés, hemos relegado la invasión rusa de Ucrania?
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Por un lado, vivimos en una sociedad voluble. Nos cansamos de los temas con una asombrosa volatilidad. También es verdad que, a medida que avanzan los conflictos, los contendientes se vuelven más secretistas y ocultan los daños, no vayan a ser síntoma de debilidad. Así, Irán sólo reconoce 3.000 muertos, aunque organizaciones independientes hablan de muchos más. Estados Unidos reconoce trece, pero apenas menciona a los centenares de heridos. A estos hay que sumar los de Israel, Líbano y hasta un total de dieciséis países directamente afectados.
[–>[–>[–>El interés sobre las consecuencias de la guerra ha mudado en cuanto hemos empezado a padecer, en nuestra vida cotidiana, las estrecheces económicas –nunca mejor dicho–, motivadas por el conflicto. El protagonismo ahora lo acapara el estrecho de Ormuz, un accidente geográfico que hace unos días apenas sabíamos situar en el mapa y del que ahora hablamos con una familiaridad pasmosa.
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Apenas ha pasado un mes desde el inicio de la guerra y nos encontramos en un callejón sin salida. Cuesta creer que Donald Trump tenga una mente tan estrecha, que le pillara por sorpresa la posibilidad de que Irán estrangulara, como está haciendo, la economía mundial. Le ha bastado con cerrar el muy angosto paso, cuya anchura oscila entre los 39 y los 97 kilómetros. Ormuz no es un estrecho cualquiera, es el la puerta por la que pasaba el 20 por ciento del petróleo que se consume en el mundo.
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[–>Que Donald Trump es un inconsciente era sabido hace tiempo por todos, excepto por los casi 80 millones de estadounidenses que le votaron hace poco más de dos años. Sin embargo, parecía imposible que pudiera cometer tamaños errores, que no hubiera nadie cerca que le advirtiera de las terribles consecuencias de sus disparatadas decisiones.
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Creía el presidente que la guerra iba a ser corta y todo hace indicar que se va a enquistar, Creía que iba a contar con los aliados occidentales después de haberlos despreciado y se ha quedado sin más apoyo que Israel. Creía que iba a poder manejar a su antojo a Netanyahu y todo hace indicar que es al revés. Había subestimado el poder militar iraní y resulta que los ayatolás no sólo son unos fanáticos religiosos con sayones que castigan a las mujeres por no llevar velo. Creía que los norteamericanos iban a aplaudir su arrojo y resulta que ya sólo el 42% le apoya, tras comenzar su mandato con un respaldo del 52%.
[–>[–>[–>Demasiados errores de cálculo. O su simpleza no conoce límites o está rodeado de consejeros que están deseando que se estrelle. Son muchos los analistas que empiezan a vaticinar que esta crisis económica va a tener consecuencias mucho más graves no ya que las derivadas de la invasión de Ucrania, sino que las de 2008. ¿A quién pediremos responsabilidades por nuestras estrecheces? Pero, sobre todo, ¿a quién se las pedirá el pueblo iraní por sus muertos y por la destrucción de su país? Sus libertades, utilizadas como excusa para este sinsentido, son hoy menores que antes de que se disparara el primer misil.
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